Nacional

Cuernavaca hace poco más de medio siglo

Por domingo 31 de diciembre de 2017 Sin Comentarios

CARLOS LAVÍN FIGUEROA

Corría la primera mitad de los años cincuenta, la todavía provinciana ciudad se situaba entre las dos barrancas y del Calvario a Las Palmas, aunque surgían algunas colonias, en ese espacio de cuatro calles de ancho por una docena de largo se desarrollaba la vida social, política y económica. Todo se encontraba en unas cuadras, cines, mercados, zócalo, comercios, hospitales; hoteles, cantinas y restaurantes atendidos con amablilidad por migrantes españoles. Todos nos conocíamos y nos saludábamos; en las banquetas, los menores, como una forma de atención y respeto, teníamos el deber de dejar caminar a los mayores del lado de las casas.
Muchos adultos todavía usaban elegantes sombreros que de manera cortés se quitaban al saludar a las señoras. Había finas sombrererías como la de Matamoros casi esquina con Arista; boticas y droguerías donde se preparaban las medicinas al momento; alpargaterías, forrajearías como la de La Rinconada que estaba en la trunca calle Lerdo de Tejada -esquina con Comonfort- que todavía no tenía salida a la Av. Morelos y después se pasó a No Reelección, era propiedad de los Sedano una de las familias más antiguas de Cuernavaca al igual que los Lavín.
Por todas las calles se veían comerciantes con sus jumentos y borricos cargando leña, carbón, leche, pulque, y otros de a pie ofreciendo de puerta en puerta y a gritos, productos lácteos, aves de corral, de ornato y cantoras; no faltaba el zapatero remendón; el afilador con su flauta; el del bote con ruleta en la tapa colgado al hombro con una cinta de cuero anunciando con un triángulo de percusión sus delgados barquillos de harina y miel, y el panadero con su gran canasto a modo de sombrero haciendo equilibrio en bicicleta.
Algunas calles en pleno centro, como Galeana al sur de Cuauhutemotzin y Netzahualcóyotl al sur de Motolinía eran todavía de terracería, cuando llovía olía a tierra mojada; Francisco Zarco estaba empedrada y la mayoría estaban más torcidas que ahora por tener origen en veredas prehispánicas que las autoridades se han empeñado en mal alinearlas. Esas y la mayoría de las calles del centro fueron pavimentadas hace alrededor de 70 años, algunas sobre el empedrado, obras realizadas por mi padre Carlos Lavín Oliveros.

Acequias -prehispánicas y coloniales- corrían a lo largo de calles bajo las banquetas, llevaban agua cristalina para regar las huertas traseras de las casas.
De Las Palmas hacia el sur, y la hoy Avenida Palmira eran angostas carreteras rurales; la actual Plan de Ayala era el viejo camino a Cuautla. La estación del ferrocarril estaba en apogeo, desde la madrugada era una romería, traía y llevaba, carga; ganado mayor, menor, de corral, y
pasajeros, principalmente de la Ciudad de México y de cualquier parte del país hasta Iguala y Balsas, y así era diariamente.
El cielo de Cuernavaca, esplendorosamente azul era de admirarse -como lo sigue siendo- lo decía mi tía Chelo cuando venía a visitarnos, tres décadas atrás lo había dicho también en sus esplendidas narraciones el diplomático y poeta Miguel Alessio Robles, el paisaje era transparente, se apreciaban las escarpadas montañas de Tepoztlán hasta los esplendidos volcanes.

La Flor del Maizal era mejor la pozolería y la de más tradición, estaba en un estanquillo de lámina con bancas corridas al frente y a los lados, ubicado a medio arroyo y sobre el empedrado de la calle de Zarco frente a donde ahora está una universidad.
Los alumnos de primaria íbamos caminando solos a la escuela, en la Colón -cuando estaba en calle de Salazar- nos daba clases en tercero de primaria el insigne y querido maestro Estanislao Rojas Zúñiga quién todavía imponía orden con la famosa, larga y delgada vara de membrillo, él, nos narraba que el túnel que estaba afuera de ese salón era para defensa de los tlahuicas, después de los conquistadores y que llagaba a catedral pasando por el Palacio de Cortés con diversos ramales entradas y salidas.
De otras formas nos castigaba mi entrañable maestro Agustín Güemes Celis -en la Escuela Evolución- ambos habían sido maestros de mi padre. En aquel entonces los jefes de familia aceptaban los castigos a sus hijos y hasta los ampliaban, los dos mentores eran vecinos en la última calle “de” Guerrero. El maestro Güemes era quien nos decía que esa calle originalmente se le llamó así por los comerciantes del vecino estado que ahí llagaban a vender sus productos, aunque posteriormente se oficializaría con el nombre del héroe Independentista.
Qué tiempos
P.D. Hasta la próxima

*Cronista de Cuernavaca e historiador

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