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BETO, EL ATREVIDO

Por lunes 31 de agosto de 2015 Sin Comentarios

Por: Nicolás Avilés González

beto el atrevidoEstaba Beto entrado en años cuando cruzó el umbral de la puerta de mi consultorio.
-Médico vengo a que me dé una revisadita
-Desde luego, siéntese por favor- con el añoso en la silla le pregunté
-¿Cuáles son sus molestias?
-Mire, tengo un compromiso y se me ha bajado la potencia, ahora las erecciones son poco firmes; quiero saber si me puedo favorecer con esas pastillitas azules que están tan de moda
-A ver, déjeme examinarlo- enseguida fui haciéndolo de manera meticulosa, paso a paso, al terminar le ordené algunos exámenes de laboratorio, radiografías del tórax y un electrocardiograma para complementar el estudio.

Un día después regresó
– Aquí traigo lo que me encargó
-Déjeme verlos- los analicé uno a uno con gran detenimiento
-Todo bien, puede usar la pastilla, sólo le voy a advertir lo siguiente-
-A ver, dígame-
-No le terquee, no se avorace, haga lo que el cuerpo le pida, no se force, ya que podría tener algún riesgo
-No se preocupe así lo haré- me contestó al despedirse.

Un mes después regresó, pero venía acompañado de la dama en turno; era una mujer de cuatro décadas aproximadamente, de buen ver, pero con mirada brava. Beto se miraba feliz, pleno, pero había necesidad de interrogarlo.

-¿Cómo se ha sentido?
-Muy bien médico- Me fui al grano- ¿Contestó la pastillita?, me refería si había logrado una buena rigidez peneana
-Pero como no, si es maravillosa la azulita, la compañera permanecía en silencio
-¿Ha seguido mis instrucciones de no forzarse y únicamente hacer lo que el cuerpo pida?
-Claro, he seguido el mandato de mi cuerpo, no me paso, pero le diré que no dejo la noche por dos. Claramente se refería a las copulaciones logradas en la penumbra de su alcoba.
-¡Ah!, se me hace mucho, creo que debiera ser menos ambicioso, una o dos ocasiones a la semana me parece adecuado para su edad- El hombre estaba alcanzando los setenta años
-No médico, si le digo que no me forzó, eso es lo natural- en ese momento intervino la morena que había permanecido callada durante toda la consulta
-¡Que dos ni que dos, si quiere toda la noche, pero nomas esos le doy! Al decirlo denotó una mirada pícara, llena de ironía. Al escucharla inmediatamente el hombre recompuso la figura, enderezó el torso y sacó el pecho indicando poderío físico. Para ahondar más en el tema le interrogué
-¿No le falta aire al hacer el esfuerzo?- no, no siento nada, inmediatamente intervino la compañera
-No se afoga doctor, además quiero decirle que quiere más- era alabanza pura, con esto alimentaba el ego del sexagenario, pero claramente pretendía algo más que resaltar la buena salud, la masculinidad manifestada a través de un apetito sexual voraz. Quería lograr un mayor atrevimiento de Beto, un mayor esfuerzo. El viejo no dejaba de sonreír, lucía pleno, lleno de vitalidadencandilado con lo que aseveró la morena. En esos momentos para mis adentros me dije:
– ¡Ya lo enterraste, cayó en la trampa! Esa tarde abandonaron mi oficina abrazados. Tres meses después, una noche de tantas Beto murió, la viuda se quedó con los bienes que alguna vez fueron de los hijos y de la primera mujer. Ahora se le ve a la morena con un plebón como de veinticinco años disfrutando los pesos, las casas, las tierras, los autos que alguna vez fueron del viejo lurio; de Beto el atrevido.

* Médico y autor

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