Estatal

Manuel El Loco

Por domingo 24 de abril de 2011 Sin Comentarios

Por Nicolás Avilés González*

Estaba Manuel ya entrado en años cuando se volvió loco, dicen que la causa fue que perdió una fortuna considerable. Esto lo empujó desde Guadalupe de los Reyes en Cosalá a vivir al Costa Rica de las ilusiones en el municipio de Culiacán

Las mismas que trajeron a todos al pueblo ¡vivir mejor! Así llegaron cuerdos y locos y todos caminábamos por las mismas calles, sólo que Manuel lo hacía de diferentes maneras. Algunas con traje y corbata y otras, descalzo y con el torso desnudo.

Estos episodios, al principio se alternaban poco, pero con el paso del tiempo se fueron haciendo frecuentes los segundos, por lo que se las más de las veces se le veía descalzo y con el torso desnudo.

El tema de su locura; la guerra fría, tenía la incertidumbre de ser secuestrado por los soviéticos.

Y aunque la mayor parte del tiempo se mantenía sumido en profundos silencios, en ocasiones se tornaba agresivo, justo cuando le gritábamos; ¡Manuel el loco! ¡Manuel el loco! … No le gustaba aunque su estado mental era evidente.

Les voy a contar una vez que decidimos hacerlo entrar en un episodio de furia. Y le jugamos una travesura. Fuimos hasta uno de los estanquillos de madera que estaban frente a la Sección 106, casi pegados a la casa de don Nacho Aguiar, el dueño de uno de los dos molinos de nixtamal que existieron en Costa Rica.

Esa tarde dormía junto al taller de bicicletas de Chago Niebla, le arrimamos papeles a sus pies y le prendimos fuego. No tardó mucho en hacer su efecto la lumbre; el loco se levantó de un brinco y, buscaba en su mente confusa algo que le dijera lo que le había sucedido, abría sus ojos desmesuradamente tratando de localizar a algún culpable. Al hacerlo denotaba sorpresa, mirada que pronto se tornó en rabia, y esta era tanta que sus ojos despedían un brillo extraño parecido a las llamas de la fogata que minutos antes lo había despertado.

En esa búsqueda desesperada de respuestas, nos ubicó dada nuestra algarabía, por lo que enseguida se abalanzó hacia los que le gritábamos en forma frenética ¡Manuel el loco!, ¡Manuel el loco! Corrimos en desbandada y él detrás. Para hacer difícil su propósito de atraparnos, optamos por abrimos en abanico, cada quien con su suerte y por su rumbo. Me le escondí bajo los lavaderos públicos, aquellos que estaban cerca de los estanquillos, casi frente a la casa donde vivían doña Elena y el Chino Moncayo; la misma casa con láminas de cartón y muros de enjarres de lodo, la misma donde hacían limpias, curaciones mágicas, leían las cartas y jugábamos lotería.

Bajo uno de éstos permanecí todo el tiempo que el loco rondó buscándonos. Desde allí escuche los gruñidos de rabia que lanzaba el orate tratando de encontrar a los vagos que la habían jugado tan pesada broma, al mucho rato, y después de no encontrar a nadie suspendió la búsqueda.

Cuando me aseguré que ya no estaba decidí salir de mi escondite, abandoné los lavaderos, en los cuales muchas veces siendo niño nadé y escuché de boca de las mujeres de los obreros los mitotes que andaban de moda en aquel entonces, chismeaban mientras lavaban la ropa.

Al hacerlo lo divisé caminando rumbo al sindicato. Después de este episodio regresó a sus delirios a sus silencios en los que pasaba días y noches enteras. Uno de tantos se marchó, seguramente sin rumbo, dado lo extraviado de su cabeza o quizá sí se lo llevaron los rusos y nunca me di cuenta. Jamás regresó al Costa Rica de la ilusiones.

*Docente. Facultad de Medicina / UAS.

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