Nacional

La amistad y la música en diciembre

Por domingo 26 de diciembre de 2010 Sin Comentarios

Por Mario Arturo Ramos*

A finales del año, la temporada nos permite hacer un ejercicio de memoria donde se recuerdan los mo­mentos agradables, las situaciones difíciles y a los amigos que han partido en el viaje sin retorno. Este final de 2010, mis recuerdos están inmersos en una dinámica llena de amistad y de afecto a un músico sinaloense con el cual com­partí días inolvidables: Mario Patrón Ibarra. Mi tocayo fue una de las gentes con talento a raudales que durante una buena cantidad de tiempo me permitió entender y disfrutar el mun­do musical mexicano. Originario del puerto de Mazatlán, Si­naloa, nació en la década de los 30 del pasado siglo, falleció el 21 de diciembre de 1982 en la ciudad de México a los 48 años cumplidos. Su historia es un inmenso caudal de anécdo­tas, un currículo de éxitos aunado a una férrea disciplina para mejorar su percepción estética y su posibilidad de expresión artística, elementos salpicados por un punzante ingenio que utilizaba para fustigar a los improvisados y para ensalzar a los virtuosos.

La madrugada de aquel inicio del invierno, sonó el timbre del teléfono en mi madriguera avisándome que la agonía de un músico incomparable entraba en su etapa álgida. Sandra amiga de la familia me comunicó que el Sanatorio Escandón, ubicado en el viejo pueblo de Tacubaya D F las últimas horas de Mario se diluían consumidas por un sed ancestral que trató todo el tiempo de apagar con rones y lo que tuviera virtudes etílicas. Con el dolor del que sabe que cuando muere un ami­go muere parte de dios, partí a la cita final con un artista al que admiré por su capacidad creativa, por su humor persona­lísimo que obligaba a sus escuchas a sonreír con sus puntadas en territorio nacional y más allá de las fronteras. Basta citar que a su paisano Pablo Beltrán Ruiz con gesto pícaro le llama­ba Pablo Beltrán “Liszt” y agregaba con mueca seria, “toca­yo” debo reconocer que “El Millonario mochiteco” es el único director de orquesta que dirige de espaldas a la orquesta, eso demuestra que se puede dirigir con la espalda o con la parte donde esta pierde su honorable nombre. En el camino de la casa al hospital recordé su trayectoria incomparable: Pianis­ta, orquestador, compositor, director de orquestas sinfónicas entre otras la Milán, Italia; triunfador junto a otros músicos mexicanos del Festival de Jazz de Newport; director musical de José José, María Victoria, Pedro Vargas, Guadalupe Trigo, Alberto Ángel “El cuervo”, Gualberto Castro, María Medina, Carlos Lico, Estela Núñez, Emanuelle, Rosario de Alba, Mona Bell, Aldemaro Romero, Pérez Prado, Luis Alcaraz tal y tal; iniciador del rock nacional, musicalizador de filmes y, organi­zador/ director de importantísimas agrupaciones jazzísticas.

Conocí a Patrón a inicios de los 70, en su hogar ubicado en San Ángel, en el viejo camino del Desierto de los Leones, cer­ca del Panteón Jardín, donde reposan los restos mortuorios de compositores y afiliados a la Asociación Nacional de Actores; ahí se encuentran la tumba de Pedro Infante entre otras lumi­narias. Trigo me condujo hasta el estudio del músico, la cita programada tenía que ver con la realización de un nuevo disco de Guadalupe que contenía textos míos y que el talentoso ma­zatleco orquestaría. Con el primer saludo nació nuestro afecto, el humor ácido de Mario formó rápidamente una corriente de simpatía que todavía continua cuando le recuerdo en los di­ciembres. Cuando sentado frente a su piano despertó las armo­nías, mi simpatía se convirtió en admiración y respeto; la vida me daba la oportunidad de estar enfrente de un ejecutante de los que hay pocos. Aun cuando rápido el, disparó una frase la­pidaria para calmar mis elogios: Tocayo, músico Beethoven.

Los siguientes años nuestra amistad creció como los robles, participamos en festivales de canciones, compartimos oficinas y tareas en empresas disqueras, desveladas y bohemiadas, reuniones familiares; hicimos canciones, realizamos criticas despiadadas a aquellos que como señalaba, con sus dizque ac­tividad artística envenenaban la mente y las emociones: Creo que nunca olvidaré aquella tarde cuando mordazmente me dijo: Mario Arturo el veneno en el estómago se puede curar, el de la mala música ese no se alivia porque envenena el alma. Por lo tanto categóricamente aseguraba que así como existe la Procuraduría del Consumidor para demandar a los pésimos proveedores de alimentos, así también debería existir una de­pendencia para enjuiciar a los compositores y ejecutantes que creen que el arte sonoro se limita a tres notas y siete palabras repetitivas “do,re,do y, te amo, te amo, te amo, amor” ya encarrilado soltaba: la mayoría de las canciones populares naciona­les, tocayo, están en primera, segunda y reversa, refiriéndose a las notas con la que se construyen las melodías. Algunas veces cuando alguien quería enjuiciar su enfermedad alcohólica co­mentaba con sus ojillos encendidos.: “A mí lo borracho se me quita pero a mis cuestionadores lo pen… nunca”.

Termina el 2010 y por esas cosas de la vida, pasé por su tie­rra natal, en el malecón contemplé el atardecer sinaloense que desde siempre me ha embrujado; cuando el sol se oculta des­pacito muy despacito, regresa mi memoria su último día, cuan­do su diástole y sístole dejó de marcar en el monitor cardiaco que lo acompañó hasta el final. Tengo grabada su petición de que no se le avisará a nadie de su fallecimiento, porque decía convencido lo más seguro es que hablen los que me deben di­nero por mis arreglos; no lo pude complacer y atendiendo la so­licitud de su viuda, Elenita Patrón, llame al programa televisivo de Guillermo Ochoa, el cual pasó al aire mi aviso de su muerte, con el cansancio a cuestas por la noche en vela, me senté en la cama, no había pasado ni cinco minutos de mi anuncio, cuando entró al programa la voz de Pérez Prado ofreciendo sus condo­lencias, sentí que se sentaba a mi lado y con su tono corrosivo decía: le dije que no avisara, dígale a “Cara de foca” que me pague los 7 arreglos de la última grabación que me debe. Son los primeros días de un nuevo invierno, el 28 sin Mario Patrón y todavía lo extraño cuando escucho un pianista desafinado o limitado, porque sin lugar dudas, diría: Tocayo hay músicos que nacen con una muela en lugar del tímpano. Cuando llegan las noches invernales, pienso en él y en voz baja repito un texto que escribí al poco tiempo de su muerte: Calla música, que ya paró el canto. De Mario Patrón músico estoy hablando, de sus manos tejedoras de sonidos…

*Autor e investigador

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