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EXTRAÑO MOMENTO EN LA CITÉ

Por sábado 15 de febrero de 2020 Sin Comentarios

PRIMAVERA ENCINAS

¿ Te comenté que conocer París estuvo siempre en mis sueños más profundos? Posiblemente no es algo que se le confiese a una hija, pero lo haré como una forma de compartir este viaje, lo cual fantaseo experimentar alguna vez contigo. Hemos aterrizado en La Ciudad luz. Así la bautizaron porque los edificios del centro tienen más o menos la misma altura y permiten que los rayos del sol iluminen de forma armoniosa. Cuando visites esta capital debes ir al Arco del triunfo, la Ópera Garnier, los Campos Elíseos, el Monumento de los Inválidos y sobre todo a la torre Eiffel, que nos ofreció un magnífico juego de luces.

Todo ha sido fabuloso, pero debo comentar que hoy tuve una vivencia de lo más extraña. Estuve en La Cité, una isla en medio de París, a la que accedes al cruzar el río Sena. Históricamente es la parte más antigua de la ciudad, pues allí se protegían de los bárbaros, y a partir de ella fue creciendo, cuando en el año 987 Hugo Capeto fundó su dinastía.

Hay tres edificios que me hicieron sentirme en el medievo: El castillo, la Iglesia de Notre Dame y la Santa Capilla. Ese castillo es el que habitó Felipe el Hermoso protagonista de la saga de los Reyes Malditos, ¿recuerdas? La que nos gustó tanto. Se dice que fue un monarca fuerte, inteligente y sobre todo ambicioso. Se enemistó con los templarios, privándolos de su riqueza, por lo que el gran maese maldijo a su estirpe desencadenando la guerra de los Cien Años.

Muy cerca está la Santa Capilla, obra maestra de la arquitectura gótica. Juro que me hizo cuestionar mi identidad cuando subí las escaleras que llevan al segundo piso, donde están los famosos vitrales de quince metros del siglo XIII. Posteriormente caminamos hacia la Catedral de Notre Dame, que terminó de construirse en 1345. Tiene tres portadas, con veintiocho estatuas y las famosas gárgolas que parecen vigilarlo todo. Lo que más sobresale son sus coloridos rosetones, en los que se representan escenas bíblicas. Las altas columnas me sobrecogieron, generando un estado semi hipnótico.

Entre el incienso y el hambre, de pronto me mareé, y llegó un momento que ya no me sentía en el siglo XXI, sino en el quince, entre caballeros a punto de partir a la guerra, mientras los relinchos de caballos y cornetas se escuchaban en el exterior. Vi hombres altos y fornidos, gritando en francés, mujeres cargando niños hambrientos, asumiendo lo que implica la batalla, sacerdotes bendiciendo a los soldados quienes ajustaban sus armaduras y blandían sus espadas frente a mis ojos.

Sentí el cosquilleo del conflicto bélico. Quizás porque deseaba escuchar a Juana de Arco, la dama de Orleáns, a quién imaginé en otra iglesia motivando a sus hombres que entre vítores, la aclaman como la salvadora de Francia; y aunque no hablo el idioma, me uní a la turba contemplando cómo tomaban sus caballos y se disponían a salvar sus vidas. Los seguí por varias jornadas, sin importar que fuera de día o de noche.

–¿Qué puedo hacer para ayudar? –cuestioné sin obtener respuesta.

Una niña pequeña me miró. Era rubia, desnutrida. Las duras condiciones habían mermado la expresión de su rostro.

La gente me observaba con desesperanza, ¿realmente acabaría la guerra? Miles de seres habían nacido durante la lucha armada y morirían sin ver su final. ¿Sería el caso de esa niña? Yo caminaba entre ellos como si fuera una pueblerina preocupada por llevar un plato de sopa a sus hijos. De pronto tenía hambre, dolor de huesos, vestía en harapos.

Volteé hacia el cielo. Se podían ver numerosas aves de rapiña. Había demasiados cadáveres por los caminos. Ellos no distinguían entre carne inglesa o francesa, debían ganar la partida a los gusanos y otros carroñeros que olisqueaban orificios sin ninguna mesura. Eso me llevó a cuestionar la razón de la existencia y la voracidad humana. ¿Por qué el hombre llegaba a ser tan ambicioso y cruel?

El relincho de los caballos me despertó de mi estupor. Si no me quitaba eran capaz de arroyarme. Llevé mis brazos a mi pecho, temí por mi vida. Eran soldados con inagotable sed de sangre. Cuando bebían podían ser letales. Llegaba un momento en que desquitaban su furor hasta con las mujeres o niños.

Agotada, y un tanto enferma por habitar en las peores condiciones, me hinqué para rezar. Para estas alturas, ya oraba en francés antiguo, no lo tengo muy claro. El hecho es que había experimentado la Edad Media en uno de sus peores momentos, sólo nos faltaba la peste, la cual amenazaba con aparecer.

Cerré los ojos con fuerza. Había escuchado sobre los torneos de los nobles, donde finamente vestidos, disputaban su honor. La guerra no se parecía a esto. Implicaba más que choques de espadas. Aquí las heridas eran mortales, se incendiaban aldeas enteras, los huérfanos corrían por el campo sin un futuro preciso.

Fue entonces que comenzó una lluvia de flechas. Me había acercado imprudentemente al campo de batalla o éste me alcanzó a mí. Volví a cerrar los párpados. Era el final. Me hice un ovillo, invocando a los santos.

Un dolor en la espalda me sacó del trance. Seguía en Notre Dame, mi compañero periodista me hablaba en español. Observé hacia la puerta, no había caballos, pordioseros, y mucho menos soldados. Regresar al siglo XXI debió ser un alivio, sin embargo, al sentir cierta tensión en el aire, no fue así.

* Licenciada en Psicología

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