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Valentina Vázquez Ramírez, una coronela en la Revolución

Por domingo 12 de febrero de 2012 Sin Comentarios

Por Eva Luz Álvarez Galván*

Hace tres meses tuve la suerte de recibir de una persona amiga, varios ejemplares atrasados del Semanario La Voz del Norte, cuya lectura he disfrutado con especial deleite; ello debido (además de la calidad del contenido) a que en algún lugarcito de Sinaloa se quedaron mis raíces.

En el número 40 del 27 de febrero, llamó mi atención el artículo “Valentina Ramírez Avitia”, después de leerlo cuidadosamente consideré prudente, sin ánimo de entrar en contradicciones, plasmar estas letras para relatar lo que el destino me deparó en torno a la coronela Valentina Vázquez Ramírez, al tenerla como huésped muy apreciada durante varios años, desde principio de 1972 hasta 1984.

En aquel entonces yo ejercía mi profesión de química en el laboratorio de mi propiedad y mi esposo era médico cardiólogo. Un día, éste me llamó a un sanatorio particular, ya que estaba atendiendo a un general revolucionario de nombre Francisco Mendoza, apodado “El Borrao” por sus ojos grises. Dicha persona acababa de sufrir un infarto y yo debía practicarle unos análisis urgentes. A pesar de estar concentrada en mi tarea, podía sentir la presencia de una persona más en aquel cuarto de hospital. Al concluir mi trabajo volteé y entonces la vi; ese momento quedó grabado en mí para siempre. Se trataba de una mujer de mucha edad, vestida de militar cuyos ojos negros penetrantes, ansiosos, me hicieron sentir que dudaba de mi capacidad. Mi esposo me la presentó con emoción “es la coronela Valentina Vázquez Ramírez, veterana de la revolución quien luchó al lado de Pancho Villa”. Ella se puso de pie, extendió su mano y sus ojos de cuarzo negro, brillantes, vivos, buscaban taladrar mi cerebro para saber si podía confiar en mí. La invitamos a quedarse en nuestra casa el tiempo que deseara, ya que recién había llegado de Mexicali. Al paso de los días el general mejoró y fué dado de alta. Y ella continuó como un miembro más de nuestra familia.

La coronela visitaba regularmente al general Mendoza, al que llamaba hermanito, ya que decía que cuando él apenas tenía 18 años, se había unido a la tropa que ella dirigía. Yo la llevaba a visitar a otros revolucionarios; recuerdo a unos esposos, ella había sido la corneta de orden y él, sargento primero. No recuerdo sus nombres, solamente la veneración que tenían hacia la coronela. Recién la conocí, hice un comentario desafortunado “Usted es Valentina, la de la canción”. Su respuesta fue tajante “¡No!, la canción se refiere a la Valentina de Navolato, una mujer muy hermosa, lo cual yo nunca fuí; además ella era soldadera, de las que siguen a la tropa, mientras que yo era soldado. Yo dirigía a mi gente y siempre iba armada y con las cananas cruzadas –mire- me mostró su tórax, aquí están grabadas” y en efecto la marca perenne no dejaba lugar a dudas.

En otra ocasión, me dijo que Pancho Villa había nombrado generalas a tres mujeres: a ella, a Juana Gallo y otra cuyo nombre olvidé. Al finalizar la revolución, en el ejército no había mujeres con ese grado y por ello, quedaron como coronelas. Respecto a la canción, a ellas les dedicaron la que dice “coronelas… coronelas… o leri, o leri, o leri, leri o…”.

Solíamos conversar sobre sus hazañas, pero sus respuestas iban acompañadas siempre por aquella mirada inquisitiva. Entonces, decía tener 96 años y haber nacido en un pueblito michoacano. Sobre su nombre, me dijo que se llamaba Valentina A. Vázquez Ramírez y que la A era por el apellido de su padre, un individuo que no merecía ser nombrado y por ello usaba el de su madre: Vázquez Ramírez o Vázquez o Ramírez.

Las anécdotas que atesoro sobre ella son muchas. Viajaba constantemente a Mexicali y a algunos ranchos de Maneadero, en Ensenada; siempre lo hacía en vehículos militares. En una ocasión, llegó trayéndome su carabina 30-30, una daga y una minúscula pistola; estas dos últimas las llevaba en sus botas de batalla. A mediados de 1972, cumplió años y perteneciendo yo a un grupo de servicio de mujeres profesionistas y de negocios, organizamos un festejo en su honor. Ella correspondió con una comilona de carnitas que ella misma cocinó.

En una ocasión se ausentó casi por un año y a su regreso nos anunció que había construido una casa a la orilla del arroyo en el poblado Francisco Zarco, en el Valle de Guadalupe, Ensenada; y que por ello se iba a llevar las pertenencias que me había confiado, para guardarlas en esa nueva casa. Sucedió lo inesperado, una lluvia inusual en la región hizo crecer el arroyo, que a su vez cubrió la casa; allí se perdieron todas sus valiosas prendas.

Algo digno de ser relatado, es cómo en una reunión política entablé conversación con una compañera de Mexicali a la cual comenté “las mujeres de Mexicali deben estar orgullosas de que la coronela Valentina resida largas temporadas en esa ciudad”; su respuesta me dejó anonadada “Ah… sí… es una viejita loca que dice haber participado en la revolución al lado de Pancho Villa, no le hagas caso, a lo sumo fué una de tantas mujeres que se acostaban con él”. A lo cual respondí “te voy a sacar del error, ya te diré cuando”.

En una de sus visitas, estando solas la coronela y yo, le comenté lo que tanto me inquietaba; muy tranquila me respondió que lo que yo creyera era lo que para ella contaba. Le pedí autorización para presentarla en el Auditorio de la Sociedad Médica, previas constancias de médicos especialistas sobre sus cicatrices de guerra. Lo único que me indicó fué que contara primero con la autorización del jefe militar de la región, un general de cinco estrellas. Éste consintió y me dió algunas indicaciones además de confirmar que él mismo y otros militares estarían presentes. Me extendió una constancia de la personalidad de la coronela como militar retirada y distinguida revolucionaria.

Durante un mes, la coronela se sometió a exámenes físicos, químicos y radiológicos, hasta reunir un grueso expediente. Al término de ello, en un 20 de noviembre, ante la presencia de militares, médicos, periodistas, químicos, mujeres de diversas agrupaciones de servicio social y mi familia. Ah!…. y por supuesto mi amiguita de Mexicali. El auditorio estaba repleto; la coronela en el centro de todos en un espacio amplio, ocupaba un banco alto; iba vestida con uniforme de gala y sombrero tejano. Después de las presentaciones, procedí a leer hoja por hoja, el expediente. Lo primero fué la certificación del jefe militar de la región, autentificando la personalidad de la coronela. Todos los asistentes puestos de pie, la ovacionaron.

Intentaré referir como transcurrió la velada. Primero hice referencia a los hechos relatados por la coronela y enseguida leí las constancias respectivas haciendo circular los resultados de análisis, radiografías y fotografías. En referencia a los dichos de que la coronela fué una de tantas mujeres de Pancho Villa, leí un certificado médico ginecológico, que brevemente concluía: Himen intacto. Posteriormente mencioné diversas fracturas en piernas y brazos, comprobándolo con radiografías de las mismas. Muy relevante fué su relato de haber sido atrapada por las fuerzas contrarias, colgada y haber recibido el tiro de gracia. Los médicos examinaron fotografías y un certificado de huella de quemadura en la nuca, probablemente producido por la soga en un colgamiento; cicatriz de orificio de entrada de un proyectil de arma de fuego por el parietal izquierdo, mismo que circuló el cráneo sin tocar el cerebro; con cicatriz de salida por el parietal derecho.

Ella afirmaba haber recibido un balazo en el corazón, al respecto, la constancia del cardiólogo con electrocardiograma y radiografía avaló una cicatriz de entrada de proyectil de arma de fuego en el músculo cardiaco, con salida por la espalda, sin tocar parte vital del corazón.

Acerca de un machetazo en la pierna derecha dejando el hueso al descubierto, ella afirmaba haberse tratado únicamente con cortes de carne fresca. El certificado médico decía: cicatriz de 15 x 10 cm a lo largo del miembro inferior derecho, ocasionada por arma punzocortante.

La coronela afirmaba que también era enfermera y que en tal carácter, al finalizar las batallas atendía a los heridos y a las parturientas.

Al término de la presentación los médicos la rodearon, examinaron e interrogaron sobre sus métodos de curación. Ella con toda calma les contestaba y al final daba un doble sentido a sus respuestas. Finalmente, los galenos la felicitaron por haber sido una buena enfermera y partera de acuerdo con sus circunstancias.

Al término del evento, presenté a la coronela con la mexicalense que dudaba de ella y la coronela la saludó con sorna.

Muchos son los detalles que omito por razón de tiempo y otros porque ya los olvidé. Ahora, a mis 80 años de edad, estoy deshaciéndome de todos mis escritos, pero guardo la esperanza de encontrar tan apreciado expediente para rescatarlo. La última vez que vi a la coronela, fué en 1984, después la vida me llevó por senderos que me apartaron de ella.

Deseo que mi relato, del cual quedó mucho en el tintero, despierte el interés hacia una persona tan querida y admirada por mi, como lo fué la coronela Valentina A. Vázquez Ramírez. Hace algunos años, cuando la SEDENA abrió al público su museo, sentí gran alborozo al ver por televisión en un lugar preponderante su fotografía y sentí que en algo se había premiado su entrega a una causa social y justa como lo fué la Revolución.

*Química farmacobióloga.

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