CRUELDAD: INHUMANIDAD, FEROCIDAD, BARBARIE

Por: Faustino López Osunacrueldad

A mediados de la Segunda Guerra Mundial, Antonio Osuna, originario de El Verde, Concordia
y avecindado en Villa Unión, propietario de la mejor sala de cine en esa sindicatura mazatleca, compró la casa de Juan José Gárate en mi pueblo, Aguacaliente de Gárate, abriendo en ella el “Cine Osuna”, al aire libre. Construyó en la barda del fondo del patio, apuntalado con contrafuertes desde la calle de atrás, un altísimo muro para la pantalla monumental, techada, sólida y elegante.

Casi en el centro del solar hay un tiro (pozo artesano) hecho desde el origen de la casona en 1862, cuyo brocal se derribó y sus escombros fueron arrojados al mismo, sellándose para aprovechar el espacio. En los extremos, con buena madera, se construyeron las galerías y se mandaron a hacer con Ramón, el carpintero, las bancas para luneta.

Hacia los costados de la pantalla, se levantaron los sanitarios para damas y caballeros. Lamentablemente, por conflicto de negocios con Rodolfo Valdés Valdés, “El Gitano”, funcionó muy poco tiempo el cine.

Lo abandonó Antonio Osuna, bajo amenaza. Ahí quedó como mudo testigo la cabina de proyección en el corredor de la casa. Con los años, a la intemperie y sin mantenimiento, se pudrió y se desplomó el techo de la pantalla.

Por mucho tiempo todavía sirvió el foro para festividades de alumnos de la Escuela Primaria de la comunidad. En los hoyos de los muros donde hubo vigas, empezaron a anidar pichones, que nadie molestaba. En 1975 compré en semirruinas la casa y la reparé para mis padres, quienes vivieron en ella hasta su fallecimiento, en 2001, él, y 2006, ella. La mansión estuvo sola casi diez años, pues tuvimos que cuidar, en Mazatlán, de mi madre, quien me insistía que la vendiera. Contradiciéndola en su memoria, en 2010, al quedar sin empleo, volví al encuentro de los recuerdos y a vivir nuevamente bajo su techo.

Encontré el antiguo portal saturado de golondrinas que ahí se reunían a dormir desde tiempo inmemorial y, adentro, sobre la pantalla del cine sin techo, la colonia de pichones, criando sus polluelos en los nidos en los socavones de los muros y arrullando todo el día con su característico rumor amoroso, desde el amanecer.

Aquí vivían, anidaban y dormían y solamente a ciertas horas de la tarde se sumaban a otro grupo de pichones que anidaban en la torre de la iglesia, para sobrevolar juntos formando una magnífica sinfonía visual de plumas vertiginosas en perfectos giros acrobáticos, festejando, a su manera, la vida.

Hace casi un año, ya lo escribí aquí mismo, el 30 de enero, faltando dos días para el festejo de la Candelaria, aprovechando que ese día tuve que pernoctar en Mazatlán, un grupo de adolescentes locales, al amparo de las sombras de la noche, con palos, cohetones y diábolos, hicieron una matanza de cientos de golondrinas, dejando el piso del portal alfombrado con sus cuerpecitos y sus alas en V ensangrentados.

(Por coincidencia, justo en esos días leí un magnífico artículo del admirado columnista porteño Guillermo Osuna Hi sobre la Ley que sanciona la crueldad contra los animales, víctimas inocentes de depredadores que gustan de la sangre, lamentando yo lo sucedido en el portal de la casa donde, en 2011, compuse, para gloria de nuestra tierra, el Himno Oficial de Sinaloa). Jamás regresaron a dormir en el portal las horrorizadas golondrinas que sobrevivieron. Al menos, me dije a mí mismo, quedan los pichones amorosos.

Pero sucedió que, apenas hace una semana, se pintó la iglesia de la Candelaria para las fiestas en su día el 2 de febrero y para que no la ensuciaran los pichones que anidaban en la torre, a alguien se le ocurrió envenenarlos. Remojaron en veneno grandes cantidades de granos de maíz milo y se los arrojaron en el atrio del propio templo. Al día siguiente, en todos los patios de Aguacaliente de Gárate amanecieron muertos cientos de pichones (que diariamente sobrevolaban el pueblo festejando la vida).

Ese día, para mi mal, visité la casa y, con inmensa indignación, soporté el dolor de ver desparramados, muertos, ocho pichones que alcanzaron a llegar hasta el patio que siempre los protegió y donde quedaron abandonados en sus nidos sus polluelos, también condenados a muerte al perder, sin culpa, a los que los alimentaban.

Por más que intento desechar de mí la congoja, la mente me lleva a recordar que de niño presencié alguna vez a “El Gitano” dispararle con un potente rifle (cerrojo), a casi 500 metros de distancia, a una pareja de burros que de manera natural, como es su costumbre, se apareaban en una loma. Cuando de grande comprendí las cosas, no me pude explicar el placer que Rodolfo experimentaba matando al macho estando montado sobre la hembra. Lo mismo hacía con parejas de perros en situación idéntica.

Y pienso, avergonzado: si la crueldad es enfermedad, algo no anda bien en donde nací. Y me pesa concluir que, en este punto, son un fracaso tanto la educación religiosa como la laica, pese a golpes de pecho y desgarre de vestiduras condenando la falta de valores humanistas en las nuevas generaciones.

Algunos estudiosos llaman a esto doble moral o simplemente hipocresía. Y no se crea que ello es cosa moderna. Cuando se ejemplifica sobre la crueldad, se cita como un tirano cruel y despiadado a Domiciano como paradigma de ello. (Tito Flavio Domiciano, nació en el año 51 y murió en el 96 de nuestra Era, emperador romano del 81 al 96, hijo de Vespasiano y hermano de Tito. Persiguió a los cristianos y fue el último de los Doce Césares).

Cruel, dice el diccionario, es despiadado y sus sinónimos son desalmado, feroz, brutal. Del verbo traslativo “inhumano” se define como aficionado a la sangre, que hace sufrir. El adjetivo y sustantivo Deicida, lo resume universalmente, pues lo forman las palabras latinas: Deus, Dios, y caedere, matar. Aunque provoque espanto, significa Matar a Dios.

Los judíos que mataron a Jesucristo, fueron deicidas. ¿No será que después de esa Crueldad de Crueldades heredada, nos volvimos insensibles e indolentes ante el asesinato de tantos miles de mexicanos a diario por criminales enfermos de crueldad? Y si los humanos no cuentan ya, ¿contarán los pichones y las golondrinas de Aguacaliente de Gárate?.

* Economista y Compositor

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