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TEHUACÁN, GERÓNIMO Y EL CHARRO AVITIA

Por jueves 31 de marzo de 2016 Sin Comentarios

Por: Alberto Ángel “El Cuervo”

tehuacan 2 Era la segunda vez que participaba en el Festival Cultural de Tehuacán… Hacía ya muchos años que me había tocado formar parte del elenco yendo con mis dos grandes amigos y compañeros Humberto Cravioto y Valente Pastor bajo el concepto de ¨Los Tres Tenores Mexicanos¨. En esa ocasión, cantaríamos cada quién dos arias de ópera, un par de canciones napolitanas entre los tres y para la segunda parte cambiaríamos el atuendo al traje de charro mexicano para la interpretación de nuestra música tradicional acompañados del mariachi de Osvaldo Vázquez. Ahora, muchos años más tarde, regresaba para un concierto con un formato similar pero yo solo. La gente de Tehuacán, llenó el teatro al aire libre donde se lleva a cabo el festival y desde el recibimiento, la emoción fue muy grande.

El Maestro Juan Carlos Rodríguez, talentoso músico tehuacanense egresado de mi querido Conservatorio Nacional de Música, me acompañaba al piano. Pero para mi sorpresa, justo en el momento de llenar los pulmones para comenzar mi primer aria que era Una Furtiva Lágrima, el encargado de iluminación y efectos especiales, tuvo la bendita ocurrencia de soltar un chorro de humo que sentí como si hubiera aspirado arena de la que se utiliza para construcción. Ya no podía hacer nada, a menos que hubiera decidido interrumpir… Con alfileres, logré terminar la primera sintiéndome muy frustrado pero pensando que para mi segunda aria, podría reponerme tomando varios tragos de agua…

Por si fuera poco, precisamente en ese momento de llenar los pulmones para comenzar a cantar E Lucevan Le Stelle de la ópera Tosca, tal vez pensando que había tenido una idea magistral, el amigo de los efectos volvió a enviar hacia mi aparato respiratorio un nuevo chorro de humo más abundante aún… ¡El acabose! Pensé… Y la angustia se apoderó de mí pero logré terminar de la misma manera esta segunda aria. Llegó el turno de cantar el brindis de Traviata a duo con la maestra… Una excelente soprano a quien el público se entregó con bella emoción. Finalmente, pasó el susto… La voz pudo sortear el incidente gracias a las casi tres botellas de agua que bebí y a la mirada de pocos amigos que envié al efectista quien casi a nivel de metacomunicación entendió que no debía poner más humo. Después del concierto, hubo que decidir el regreso a la ciudad debido a la contingencia. Nos llevó cerca de media hora el encontrar un lugar abierto dónde cenar, Tehuacán no es un lugar que tengtehuacana mucha vida nocturna en ese sentido y ya era más de media noche. Mientras cenábamos, llegó un niño con un aparato que parecía juego electrónico y me recordaba aquellas cajitas de cantina para dar toques eléctricos al borracho en turno que pagara por sufrir… Martín y yo sentimos curiosidad al ver que ese cubo traía unas bocinas y una entrada para las llamadas memorias usb…

—¿Puedo…?
—¿cómo…?
—que si puedo cantar…
—No, ya vete a dormir, no estés molestando a los
clientes…

Casi al unísono, Martín y yo llamamos al niño haciendo caso omiso de la prohibición de la que parecía ser jefa del lugar…

—Oye, hijo… Ven, no te vayas… ¿cantas?
—Sí, cuál quiere que le cante…
—Y ese aparatito ¿es para acompañarte, traes tus pistas
ahí?
—Sí, cuál quiere que le cante…
—Y cómo lo controlas, a ver, déjame verlo…
—Con esto… Cuál quiere que le cante…

Comprendimos que para el niño el charlar con nosotros era perder tiempo preciado de su chamba así que le preguntamos cuáles traía… Y después de darnos una lista de las, tal vez más comunmente solicitadas, escogimos “La Mochila Azul”… Una vocecita fingida y una actitud aprendida quizá a fuerza de la dura vida que se palpa ha llevado, se dejaron ver en un intento de superar el cansancio más que el deseo de cantar al mismo tiempo que miraba hambriento las tortas que estábamos degustando… “La de la mochila azuuuuuuul… La de ojiiiiitos dormiloneeeeeees… Me dejo gran inquietuuuuuuu… y malas calificacioooooneeeees…” Algunas veces parecía atinarle a la melodía quizá haciendo una segunda voz y la mayor parte del tiempo iba fuera de tono, de melodía, de ritmo… Solamente se palpaba el sentido de la obligación y un gran fastidio por tener qué ganarse el pan de esa manera… Con gran destreza manejaba su cajita de pistas… “¡Bravo! ¿Cuál otra sabes…?” y el repertorio era repetido con un aire de profesionalismo que nunca logró ocultar el cansancio que para esa hora ya traía su cuerpecito de siete años…

—¿Quién te enseñó a cantar?
—Mi papá…
—¿De dónde eres… Vas a la escuela… Dónde vives…?
—De aquí rumbo a la sierra… ahí me quedo en la iglesia… Sí, he ido a la escuela a veces…
—¿A veces? Cómo es eso… ¿sabes leer?
—Sí, he ido creo que dos veces a la escuela… Poquito, sé leer poquito… hasta como el veinte más o menos…

El dolor se incrustaba en el vientre a medida que nos enterábamos de la manera injusta y cruel que a Gerónimo le ha tocado llevar la vida… “Me llamo Gerónimo” “¿tienes hambre, Gerónimo…?” “sí… un poco…” Después de ordenarle un par de tortas le preguntamos cuánto se le debía y ante su “no sé…” por respuesta, un poco quizá intentando expiar nuestras culpas, le dimos entre Martín y yo 200 pesos… Y sus tortas y refresco que fue tal vez lo que le hizo más feliz… El dinero y las tortas llegaron acompañadas de la petición casi autoritaria porque ya se fuera a descansar… Martín y yo nos vimos mutuamente y ambos teníamos los ojos a punto de lágrima… Nos subimos a la lujosa camioneta que nos llevaría de regreso a la Ciudad de México…

Y el silencio hablaba de los sentires y pensares generados por ese compañero trovador de la cajita de pistas… como a dos cuadras de distancia, vimos a Gerónimo tal vez ya rumbo a la iglesia donde nos dijo que se quedaba a dormir… Su figura se empequeñecía ante las calles de Tehuacan solitario de madrugada ya… “¡Adiós, Gerónimo…” “sí, adiós…” y levantó la mano con la bolsa de tortas a manera de despedida… Igual que el charro, pensé… Igual que el charro Avitia en la historia que me contó… Francisco “el charro” Avitia, una de las figuras del canto tradicional mexicano, concretamente en lo que a corridos se refiere… Todo un personaje, parecía todo hecho de ficción… Tuve la fortuna de conocerle y convivir con él muchas ocasiones dentro y fuera del escenario y los micrófonos y cámaras de distintos programas… “¿Cómo comenzó la carrera del Charro Avitia…?” “Pues allá en mi rancho… Cerca de Juárez, cantando con mi guitarra en las cantinas… Tenía yo como ocho o nueve años… Y un día un señor que era gallero y apostador, me oyó en la cantina y me dijo: chamaco, cantas bien, deberías de irte conmigo a México para hacerte artista…”

—Amá… Orita regreso, voy a México con un señor que me va a hacer artista…
—¡Ay m’ijo, pero no se tarde mucho porque luego me quedo con pendiente…!
—No, amá, orita vuelvo…
—Tápese bien, porque ya está cayendo el sereno…

Y Pancho se fue a la capital… A hacerse “artista”… A los ocho años… A los ocho años todo es aventura y así lo aventaron en La Alameda Central de la Ciudad de México… “Ahí es la alameda, en esa calle derechito está la estación de radio, la XEW, ahí ve a cantar en la puerta y búscate el modo… Nos vemos, chamaco, cuídate…” Primero me asusté, confesó el charro… “No sabía qué hacer pero me junté con unos que boleaban zapatos y limpiaban carros y cargaban cajas ahí en la Mercé… ya después iba todos los días a la radio y me ponía a cantar en la puerta y los que salían y llegaban pues me daban mis centavitos y de a’i sacaba para comer… “ Uno de tantos días, alguien de los famosos, le dijo que cantaba bien y lo recomendó con el Maestro José Pierson, que había sido el formador de grandes de las voces de México entre ellos Jorge Negrete, José Mojica y el Doctor Ortiz Tirado entre otros… El Maestro Pierson, era una persona muy bondadosa según platican los que le conocieron… Y al escuchar a Pancho, lo tomó como su pupilo y le protegió hasta que consiguió que lo escucharan en plan profesional en la W y la carrera de Francisco “El Charro” Avitia, bautizado así por el popular locutor y compositor Pedro de Lille… El mismo Pancho, me comentó que Joaquín Pardavé fue su gran padrino artístico y que tuvo el apoyo y cariño de muchos compañeros… Pasado el tiempo regresó a su rancho… “Amá, ya regresé…” y por respuesta, la señora al verlo cayó desmayada después de pensarlo muerto dados los años transcurridos… La historia de El Charro Avitia, fue la realización de un cuento de hadas… Pero ¿cuántos Gerónimos hay en las calles de nuestro México Lindo y qué herido en busca de mitigar el hambre y la sed y sin saber bien a bien ni siquiera dónde van a dormir…? La carretera en la madrugada se llenó de fantasmas, de temores, de cólera, de impotencia… Y supo la noche de mis lágrimas de impotencia pensando en si Gerónimo había podido disfrutar sus tortas y ya estaba dormido en algún rincón de esa iglesia de Tehuacán…

*Pintor, intérprete, autor

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