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La casona de Cortés –III-

Por sábado 28 de febrero de 2015 Sin Comentarios

Por Carlos Lavín Figueroa*

La Casona de Cortes1Hernán Cortés era muy rico en propiedades, pero pasó sus últimos años en España enfrentando un juicio y sin dinero líquido;los negocios de su marque­sado en la Nueva España estaban en descuido y con escasa producción, había contraído grandes deudas, tanto por sus expediciones, como para mantener sus numerosas haciendas, representantes, administrado­res, agentes y criados y esos procesos en su contra;en los últimos meses de su vida empeñó las pertenencias más valiosas que tenía en su casa de España para sol­ventar esos gastos, muere en Sevilla en 1547.

En junio del 1549 el rey Carlos 1º de España y 5º de Alemania autorizó la solicitud, para que se hi­ciera un inventario de sus bienes; La Real Audiencia de Nueva España, comisionó al escribano Francisco Díaz para hacerlo y se decidió comenzarlos por su casa de Cuernavaca y sus pueblos cercanos.

A la marquesa su viuda, doña Juana, altiva y hosca, no parecieron agradarle estos actos testamen­tarios promovidos por su hijo Martin heredero del marquesado y mayorazgo, no se dignó a hablar con el escribano ni permitió el paso a sus aposentos en la parte superior de la gran casona, que por ser muy re­ligiosa era la habitación que estaba arriba de la capi­lla en la esquina sur-poniente, viendo a la placeta de armas–hoy Pacheco-, misma que siglos después sería despacho del emperador Maximiliano y de goberna­dores, muros donde por las noches todavía resuenan los gemidos del gozo, la concepción y de los fuertes dolores por parto de sus hijos-, ni consintió que en­traran al inventario sus joyas y ropas personales. Doña Juana se limitó a comisionar a su camarera, Lucía Paz -tal vez pariente de Cortés- para que guiara al escriba­no y le mostrara las pertenencias del difunto Marqués del Valle.

Doña Juana, no tuvo relaciones pacíficas con su hijo don Martín por cuestiones de dinero, y varias veces sus desavenencias llegaron a los tribunales. Los rendimientos de sus empresas eran reducidos por es­tar en semi abandono, y debieron agotarse por las exi­gencias de don Martín.

De ahí que no pudieron cumplirse muchas de las disposiciones del testamento de Cortés, como las pensiones a sus hijas y parientes, la construcción del convento y escuela de Coyoacán; un legado para el Hospital de Jesús en la Ciudad de México, que él mis­mo fundó y que funciona hasta nuestros días en cuya capilla se encuentran sus restos, dejó una serie de le­gados a sus allegados.

Lo que la marquesa permitió ver e inventariar, fue sólo lo de la parte baja y da una idea de lo que debió ser aquella casona. Su mayor riqueza parecen ser 21 tapices puestos en paredes a la usanza europea, probablemente flamencos, mas ocho antepuertas también de tapiz y 14 alfombras. De los muros pendían 15 guadamecíes pintados que eran cueros repujados en relieve y coloreados de origen árabe que se produ­cían y hasta la fecha en Córdoba España. La decoración la completan dos espadones, un jaez (adorno) para ca­ballería, cuatro doseles (pabellones para los mosqui­tos) para el caso de que llegaran a la casa invitados, va­rias sillas de cadera, sillones y bancas y tres cofres uno de ellos de Flandes, había objetos de arte plumario y otras obras de arte indígena que Cortés apreciaba.

Doña Juana pleiteó desde 1548 con su hijo el Marqués por cuestiones de herencia, dotes, alimentos y pensiones a sus hijas; en 1567 por la pensión vitalicia que obtuvo para su hermano fray Antonio de Zúñiga y en 1568 sobre bienes del marquesado. En 1550 la hija natural del conquistador Catalina Pizarro -su con­sentida-fue despojada de su herencia por su madras­tra doña Juana con la complicidad del Juan Altamirano primo y administrador de Cortés, quitándole sus pro­piedades heredadas como la cría de caballos en Tlalti­zapan, y fue internada en el convento de San Lucar de Barrameda en el sur de España por el resto de su vida.

La plata que mostró el repostero Francisco de Tordesillas al escribano, no muestra tampoco la rique­za esperada; 61 piezas en total, incluía objetos para el culto religioso, no mostró vajilla alguna.En la cocina la camarera Lucía Paz mostró trece trastos, en su mayo­ría de cobre.

Desde la toma de Cuernavaca, Cortés decide tener su residencia en esta poblacion con esta vista a los maravillosos volcanes y las escabrosas montañas de Tepoztlan

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La armería estaba bien provista: 112 armas portátiles: arcabuces, escopetas, lanzas, ballestas, es­padas y escudos; diez cañones o tiros de hierro y otros de bronce; piezas de armaduras, accesorios y materia­les navales y militares, herramientas de taller, caseras y para labores agrícolas, y nueve costales y barriles de pólvora.

Esta armería y polvorín, estaba dentro de la propiedad,donde ahora está un restaurante frente al palacio, y al lado, donde inicia la calle Hidalgo estaba -hasta finales del siglo XIX- la entrada a la propiedad con dos arcos, por ello se llamó Calle del Arco. Allí también se guardaban 16 sillas cordobesas de cadera y once bancas nuevas, quizá recién llegadas. A un lado había 52 puercos.

En la huerta y el molino de pan (trigo), conti­guos a la casa, había nueve esclavos negros y dieciséis esclavos indios, hombres y mujeres con sus hijos, la mayor parte de los indios con oficios varios: sastres, hortelanos, cordoneros y cocineros.

Hernando Mirón, el caballerizo de Cortés, guardaba siete caballos, dos de ellos “muy buena per­sona de caballos”, como se decía, 17 potros, dos mulas de silla y varios aparéos y jaeces (arreos) de caballería.

El taller del herrador estaba provisto de 20 herramientas. Todo hace notar una gran casona de carácter rural, y no un palacio, menos un castillo como recién le quieren endilgar desde la Cuidad de Mé­xico, en ella Cortés atendía sus negocios de producción agrícola y ganadera.

Lo que fuera hogar de Hernán Cortés y su familia formal estuvo aban­donado largo tiempo, sirvió de criadero de ganado menor, bodegas y curtiduría, durante la colonia fue cuartel del 700 de infantería. En 1885 se hicieron reparacio­nes al edificio de la Colecturía. Se utilizó como cárcel, José María Morelos estuvo ahí preso rumbo a su fusilamiento. Fue sede del gobierno federal cuando Cuer­navaca fue Capital de la República, y del nuevo estado de Morelos hasta los años sesenta del siglo pasado. Hoy, el llama­do Palacio de Cortés, alberga al Museo Cuauhnáhuac.

*Cronista de Cuernavaca.

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