Humano, demasiado humano: Una conciencia despierta

Por Iván Escoto Mora*

Friedrich Wilhelm Nietzsche fue un importante intelectual del siglo XIX que influyó de manera decisiva el pensamiento moderno desde su muy peculiar mirada, siempre cargado de ideas demoledoras, a veces más cercanas a las del oscuro literato que a las del filósofo estructurado.

Nació en Prusia en 1844 y murió en Sajonia en el año 1900. Coincidió temporalmente con figuras imprescindibles de la cultura universal como Wagner, Rilke y Lou Andreas Salomé. Su vida fue tan peculiar como su obra. Sus escritos, considerados por algunos profanos y por otros reveladores, lo llevaron al centro de la discusión en los más diversos círculos, incluso hubo quienes, en la primera mitad del siglo XX, producto de interpretaciones torcidas, vieron en sus conceptos el fundamento de totalitarismos insostenibles.

¿Genialidad o delirio?, esta pregunta ha asaltado a muchos de los que han volteado al pensamiento nietzscheano, que parece haber cruzado todas las fronteras de la creatividad, pasando de la música la poesía, de la filología a la filosofía, de la cátedra universitaria al pabellón psiquiátrico.

Es mucho lo que podría decirse sobre el célebre autor y sus textos. A continuación me refiero brevemente a sólo uno de ellos.

En “Humano, demasiado humano”, Nietzsche se habla de la tensión entre el dolor y el placer que posibilita la lucidez dentro de una desgastante condición que permite el análisis de la realidad en sus múltiples complejidades.

Señala el autor que la locura o la muerte, son estados deseables porque permiten el olvido y con él, el descanso; pero, en lo que llega el eterno reposo, lo que hay es vida y el goce que representa. Así, vida y muerte, saber y sufrimiento, son parte de un círculo que se desea y repudia interminablemente, son parte de esa realidad compleja que el hombre trata de entender y sufre porque escapa a su comprensión.

Se aprecia en Nietzsche una relación entre: sufrir, conocer y entender; relación que forma una liga que lleva implícita la ruptura de los estereotipos enajenantes de la moral, la impostura y el engaño. Existe en la experiencia humana una tensión crítica entre la sensación del sufrimiento y la conciencia de la que surge el entendimiento.

Nietzsche plantea la posibilidad de abandonar las falsas morales, los “fárragos de la absurda erudición”, para redescubrir al hombre en la existencia de lo real, en el aquí, en la vida, en el espacio singular donde surge el ser y su desarrollo.

Con esta conciencia, el filósofo desacraliza al mundo y se lo devuelve al hombre, que ya no es el burdo reflejo del ideal perfecto e inalcanzable, sino la expresión de lo que es humano, imperfecto y por tanto, real.

En “Humano, demasiado humano”, Nietzsche pone en jaque a las concepciones de ideales castrantes, así, corre de la razón prefabricada al despertar del espíritu libre, para tomar posesión de sí mismo en un retorno que lo regrese a la lucidez del entendimiento, reconociéndose como propietario de su pensamiento y en este camino, estar en condiciones de ejercer su facultad de aprender y apropiarse de la realidad, lejos del oscuro velo del temor, la dominación o el dogma.

Es la naturaleza del hombre libre seguir su razón para entender al mundo y seguir su instinto para sentirlo, para experimentarlo en su imperfección, en sus desgracias, en su dolor y en sus vacíos, para sufrirlo, para palparlo incluso en aquello que resulta horrible porque, finalmente, en la conjunción de los contrastes se halla la vida, el acontecer humano que navega en la amarga y dulce realidad, en esa dualidad que se destruye y se construye perpetuamente.

Nietzsche se encuentra a sí mismo en el sufrimiento, inmerso en el dolor en el que halla la conciencia de su finitud y, en esa conciencia, el cambio que le permite transformarse para pensar. En su ensayo expresa: “Jamás he mirado en mi interior con tanto gusto como en los períodos más morbosos y más dolorosos de mi vida”.

Así, quizá podamos decir que, lo humano, lo demasiado humano, es aquello que duele, que arde, pero en medio del malestar, abre paso al placer, al conocimiento, a la posibilidad de experimentar la vida tal como se manifiesta en su más clara proximidad.

*Abogado y filósofo/UNAM.

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