Lupita la novia de Culiacán

Por Nicolás Avilés González*

Mi primer encuentro con “Lupita, la novia de Cu­liacán” fue alguna de las pocas veces que mi pa­dre me llevó a esa ciudad, estaba con el antebrazo fracturado y era visita obligada con un médico de esa localidad. Y aunque Costa Rica esta cerca, entonces había proble­mas con la posibilidad de que co­incidieran los tiempos y había muy poco dinero, situaciones que hacían parecer a la capital de Sinaloa en el otro lado del mundo. Esta vez no había de otra y se hizo el esfuerzo.

El taxi en el que nos desplazába­mos circulaba por la única avenida que cruza de norte a sur la ciudad, recuerdo pocos autos y que se en­contraba despejada. El semáforo marcó luz roja justo frente a la ca­tedral erigida en honor de San Mi­guel Arcángel, de pronto atraviesa frente a mis ojos una imagen fan­tasmagórica, era una mujer vesti­da de novia con ojos miel, sobre su cabeza un velo de tul blanco que dejaba ver su cara huesuda, las ce­jas y la boca intensamente maqui­llada.

Aquello fue terrible para mí como niño, de momento creí que era un fantasma, un ánima en pena. Me dio miedo, seguramente el taxista notó el tamaño de mis ojos ante la sorpresa y me dijo-“No tenga miedo Mi’jo, es Lupita La no­via de Culiacán.

Mucho tiempo resonó en mis oí­dos: “Lupita la novia de Culiacán” Guadalupe Leyva Flores caminaba a diario por las calles del centro en el viejo Culiacán, portando su hermo­so traje de novia. La encontrabas en La Casa Grande, en Almacenes García, en la calle Hidalgo, en la Ángel Flores y en el pórtico de Ca­tedral. No pocas veces la escuché gritar con voz en cuello solicitando una entrevista con el señor obispo, para que sirviera de intermediaria entre ella y el Papa con el objeto de revelarle el encargo que recibió de la virgen de Guadalupe para re­cuperar el tesoro de la Divina Pro­videncia. Lo pedía con una voz aguda, chillante que taladraban mis oídos. La más de las veces emitía so­nidos guturales ininteligi­bles y después se sumía en silencios prolongados.

Cuando pasaba por la calle Hidalgo frente a la Preparatoria donde cursa­ba mi bachillerato la toma­ba del brazo y caminaba desde la Andrade hasta la Paliza, ahí lograba soltar­se. La invitaba a que fué­ramos a casarnos. Después avanzaba hacia catedral. A esas horas se notaba fresca ya que sólo llevaba cami­nada dos cuadras desde el Hospital del Carmen donde residía.

La gente murmuraba que se había vuelto loca ya que le mataron al novio a la entrada de catedral. Contaban que fue un tal Ernesto quien era su ena­morado desde adolescen­tes y nunca se lo dijo, pero el día en que le pidió ma­trimonio su amado Jesús fue a co­municarle la buena nueva al amigo. Este no pudo ocultar su desasosiego por tan infausta noticia y enseguida se atrevió a decirle los sentimien­tos que guardaba para ella. Lupita le contestó que el amor que sentía por él era el mismo que se siente por un hermano. Y que ya se había dado su palabra y lo invitaba de pa­drino de bodas, cosa que el joven aceptó de mala gana.

Pronto llegó la fecha de la boda. En la puerta de la Catedral la es­peraban Ernesto y Jesús y muchos invitados, instantes después llegó Lupita acompañada de amigos y fa­miliares. Venía vestida de novia y se miraba hermosa. Al ver a Jesús esperándola en el quicio del Portón de Catedral se abalanzó hacia él y se fundió en un abrazo que selló con un beso apasionado en la boca. Los ojos de Ernesto despedían fue­go; los celos y la rabia lo cegaron y de entre sus ropas sacó un revólver y sin más se lo vació en el cuerpo de su amigo. Jesús cayó al suelo y al poco tiempo murió en brazos de su amada. Ernesto viendo esta es­cena de terror no aguantó e inme­diatamente se pegó un balazo en la cabeza muriendo al lado de sus amigos. Lupita perdió el juicio y así a partir de ese trágico momento so­portó vestida de novia durante más de treinta años el calor sofocante de los veranos en Sinaloa. Lo hizo hasta su muerte el 12 de Mayo de 1982.

Ahora, parece que aún camina por las calles del centro de Culia­cán, que platica con su amado en prolongados soliloquios y que ora por el tesoro de la Divina Providen­cia en el pórtico de catedral de Cu­liacán.

*Docente/Facultad de Medicina UAS

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