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LA MUERTE DEL CONCEPTO DECLARACIÓN UNIVERSAL POST-PANDEMIA

Por sábado 31 de octubre de 2020 Sin Comentarios

FRANCISCO TOMAS GONZALEZ CABAÑAS

En una suerte de declaración jurada, que se pretenda general, debemos poner en palabras, la condena a muerte de la misma. Confinada a la perpetuidad de reducirse a estar por detrás del mero existir, la prioridad de la salubridad, devela la sentencia que ya no importan las preguntas, se descartan las conjeturas y en el afán de sobrevivir, determinamos el mutilamiento de nuestros deseos de comprensión. Lo que suceda será bueno, en tanto y en cuanto, no se lo cuestione, no se lo interpele, no se lo indague, sino que simplemente exija de nosotros, que se lo ratifique, que se lo acompañe, con un mero voto expreso o con la inercia de nuestros cómplices silencios. Dejamos constancia de que no estamos de acuerdo. Afectados por este mal, sin vacuna, cura o remedio, todos los otros, que nos someten a la distancia y el confinamiento, como por los venir (colapsos sociales, políticos, económicos y estructurales) son y serán meros síntomas, de nuestro abandono a la posibilidad de razonamiento. Queremos seguir diciendo, por más que el mundo, condene las palabras y las traduzca a valor número, cómo símbolo del dios muerto, resucitado, suicidado, existente en lo consciente o inconsciente, pero como prenda de cambio de un tiempo sin concepto.

Nos los existentes, del mundo nominalizado Universo, reunidos en una porción de espacio físico, por voluntad y decisión de nuestro libre albedrío, en cumplimiento de preocupaciones profundas, con el objeto de constituir la unión de los particulares, afianzar la libertad, consolidar la verdad, proveer el espacio necesario al saber, promover un movimiento cultural de vasta amplitud y asegurar los beneficios del bien como fin último: Para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del Universo que quieran participar de este movimiento; ratificando la irrevocable decisión de constituir un mundo socialmente armónico, económicamente independizado de la voluptuosidad de las representaciones que puedan sujetar el espíritu y políticamente locuaz acerca de una idea que persiga al saber e invocando la protección de toda divinidad o de ninguna, exclamamos, brindamos y establecemos este texto para toda la inconmensurable cantidad de seres humanos.

Una vez aclarado el fin, los medios no sólo se justifican, dejan de tener real importancia, real importancia ya que pierden o menguan su valor al verse subyugados por ideas conducentes, imperecederas, que en definitiva fundan, sostienen, crean y forjan grandes elucubraciones. Son éstas las que en forma secundaria o aleatoria diseñan sus perspectivas referentes al medio de alcanzar el álgido punto, al cual todos por necesidad abocan sus determinados rumbos sin que muchos, paradójicamente, logren develar, dilucidar o por lo menos ser capaces de teorizar con relación a un tema tan lacerante como engalanado. He aquí, el lugar reservado para el factor social. Al que alguna vez osaron llamar Estado público, sistemas financieros, y demás indecencias lingüísticas, estrictamente relacionadas con superfluas exterioridades que con verdadera violencia quebrantaron las definiciones, por sólo nombrar un aspecto fundamental de la devastadora debacle, al punto tal en que hoy no existen medidas como para comparar nuestro arriesgado emprendimiento, arriesgado sólo por el hecho de la perfección estructural y de la aceptación global, y el advenimiento de lo que antes se denominaba utopía.

Serenidad, concepto tan alejado de lo tortuosamente teórico como cercano a lo útilmente práctico. La actitud de manifestarse en forma seria y adecuada ante los seductores tentáculos que momentos anteriores hubo de ofrecer la condición humana. En el reino de la Satisfacción, tal como el vulgo lo había apodado, la condición de existente estaba vinculada con la naturaleza de las limitaciones. De esta manera, y gracias a la productiva relación con la técnica (cuando hablamos de productiva, rescatamos el fundamental hecho de equilibrar las relaciones de fuerza del hombre para con sus logros externos, o producciones artificiales) se estableció un beneficioso artilugio social, conocido como estado de derecho en la antigua civilización, antes del develamiento del Ser. El concepto de interés ocupa el espacio de los vetustos y anacrónicos conceptos de familia y amistad. No dentro de una visión materialista, si en frecuencia con un entendimiento espiritual. Concordancia plena, convergencia real no realizada, unión imperecedera, ya que ésta no considera el ilusorio concepto de trascendencia. Las rebuscadas estipulaciones acerca de las ficticias sociedades, que sobre la base de la falsa unión de la sangre siquiera por ósmosis puede llegar a generar algún tipo de contacto certero o espiritual, sólo pavorosas uniones de tipo jerárquico o formal, que detentan contra el valor fundamental de las expresiones de corazón (en sentido real y figurado) de cada individuo.

Al Principio el Ser era todo, de lo demás siquiera pensarse podía. La luz llegó cuando se dividió al Todopoderoso concepto en cinco fragmentos que combinados establecieron una frontera con las demás entidades, las cuales destinaron sus pretensiones a imitar la pentagonal conformación. El Firmamento se produjo cuando se concibió al Ser como un compuesto capaz de sufrir accidentes, animado por las potencias, consumado por los actos, dirigidos por una causa final y respetada por una adquisición de identidad. La Tierra firme se concretó en el momento en el cual se halló una vinculación entre el Ser y el atributo razón, este adquirió un preponderante papel cuasi fundador que asentó o permitió el asentamiento, contundente, de determinadas definiciones. Los Astros en el cielo llegaron, luego de imponérsele críticamente al Todopoderoso los límites del todo de su poder. Los Seres vivientes aparecieron al concretar dentro del Ser un concepto pleno de conciencia, el cual podía adquirir atributos múltiples, hasta espirituales, llegando incluso a un absoluto. El Hombre y la Mujer fueron creados al cabo de una larga y pésima interpretación del Ser, con la función de brindarle, a éste, un sentido, certero y real, por tanto único.

Abaddon. Su llegada en cuerpo masculino, artífice propio de la desigualdad de géneros, fustigó sólo el ideal diurno de los vampiros de la existencia. La tenaz formación de sus ideas, estigmas sapienciales de por medio, derribó los claroscuros de los que se apañaban en las oscilaciones del sol y la luna. El callar de su pluma, resguardando lo virginal de la voz, arremetió contra los libertinos ditirambos de un sonar sin sentido. Lo marginal de su pensamiento, escudo emblemático de los más fuertes, finiquitó el libre albedrío de los débiles de razón. La pureza de su andar, tinte marcado y verdaderamente aristocrático, sedujo a los creyentes de lo material. El hervor de su pasión, fuego incandescente y dominable, soterró el despreocupado andar de los animales pretenciosos de raciocinio. Su rigurosa soledad, la más fiel de las compañías, dividió el compromiso hipócrita de los cobijados en la amistad. La turgencia de su corporalidad, cualidad difícil de mantener, destrozó a los admiradores de la estética en sí. El Clamor de su verdad, el grito más lúgubre de la voz, ocluyó el vano afirmar de los sicarios de la humanidad.

Salida

La impersonal identificación por intermedio de nombres, no podía representar siquiera la nominalidad de los existentes. El número vasallo bizarro de los pragmáticos fue utilizado en pos de una organizada clasificación aunque más no fuese cuantitativa. Seis mil millones eran en total los individuos, descendientes de infatigables cópulas, que formaban la Tierra. El poder global lo ostentaba subrepticiamente un joven tecnócrata. El dijo o tipeó a su pueblo: «El mundo próximamente adquirirá un dinamismo tal, focalizado en el avance de las comunicaciones y encasillado en la sectorización de un ordenador, capaz de convertir a un individuo en un ser completamente autoabastecido y desligado de las problemáticas coyunturales o de relación, ungiéndolo en alguien capaz de sentirse realizado, verse necesario y completamente armonizado para con sus congéneres. Gestando de esta manera una sociedad informada, equilibrada, comunicada y lograda sin la necesidad de intercambio de palabra física alguna. Desterrando las dudas y forjando un ilimitado progreso». De esta manera un vasto sector del pueblo, sin las posibilidades económicas suficientes como para embarcarse en tamaña pretensión tecnológica fue quedando progresivamente relegado. Las eclosiones sociales forman una clara muestra de la división de las aguas, los oprimidos no sólo reclamaban pertenecer al informatizado sistema, exigían que se les cubrieran las necesidades básicas, potencializados sus justos reclamos por la vergonzosa ostentación de los favorecidos. El prestidigitador dio una orden a su pueblo «arrojen a los necesitados en el río de la esperanza, pero usufructúen la fe en pos del avance de nuestro mundo, pequeño pero valioso».

De qué hablamos pues cuando aceptamos que los derechos del hombre naturales e imprescriptibles son; la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. O peor aún cuando se apaña el adagio que todos los hombres nacen y viven libres e iguales en derecho. Sí esto expresara coherencia, no ya dentro del hombre, yo como un ciudadano haciendo uso de mis derechos naturales e imprescriptibles podría resistir a la opresión de considerarme, o que me consideren, un igual, un liberto. Clamo al común sentido, si uno es, piense lo que piense, ya sé supedita al engaño que representa nuestro existir. Ya que todos, uno por uno, al hacerse una idea de la existencia, como para luego ofrecérseles a los que oportunamente representarían los demás, se encuentran con una terrible confrontación o ante una grave falta de sentido común. Para un observador ajeno o un ser de otro planeta, la existencia en términos generales representaría un engaño. Si abogamos por un bien común, dentro de un marco de respeto como de saber, estaremos capacitados para entendernos, desde el punto de vista general o de la humanidad, como individuos engañados por naturaleza.

Las palabras, no necesariamente estas, nos llevarán a la posibilidad de la vida, sí es que comprendemos que el número no es un concepto.

Filósofo argentino

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