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LAS PREMONICIONES DE MI MADRE

Por miércoles 30 de septiembre de 2020 Sin Comentarios

FRANCISCO RENÉ BOJÓRQUEZ CAMACHO

La primera vez que escuché la frase, me pareció un disparate de mi madre; ella había dicho; “…va a llegar visita”. Fue en el momento en que un tenedor se le cayó de las manos y dio contra el piso. Recuerdo que volteé al sendero que daba a la casa donde vivíamos una niñez extraordinaria; nada detectaba a la lejanía, solo el efecto visual de parecer un camino anegado por el agua, causado por la reverberación de los calorones de agosto. Pero como por arte de magia, en segundos hacía su aparición mi abuela paterna por aquel camino que daba al río.

Recuerdo que esa ocasión me quedé quieto en el dintel de la puerta azaguanada; por momentos, miraba con los ojos abiertos a más no poder, a mi abuela que se aproximaba con sendas bolsas entre sus manos, mismas que presagiaban deleites gastronómicos, y después, me centraba en el rostro de la Mica, mi madre, que muy oronda, continuaba con la mano del metate haciendo más fina la masa de nixtamal para elaborar las tortillas. No podía entender cómo un acto adivinatorio de esa categoría, dejara en mi madre un rostro sonriente y despreocupado, como si nada hubiera pasado. Pensé en el vínculo existente entre el cubierto que caía y el anuncio que con seguridad externaba a los cuatro vientos, para que toda la familia supiera que un episodio nuevo vendría a alterar la rutina casi eterna de la casa. No di con la respuesta, concluí que nada tenía que ver un utensilio caído y la visita de una persona. Entonces, la única explicación encontrada fue, que mi madre era poseedora de un poder extraordinario que le permitía predecir muchos sucesos. La miré con respeto y temor a la vez, dada esa cualidad increíble de la que hacía gala.

Los Capomones era el nombre de la pequeña ranchería donde vivíamos; un río de aguas claras que pasaba besando los paredones donde se iniciaba el caserío. Era como si la naturaleza supiera de la existencia de personas y pasara cotidianamente para hacerles entrega de ese líquido vital. Enormes álamos paleozoicos bordeaban la corriente por ambos lados, mostrando sus fuertes brazos llenos de brillantes hojas verdes color jade.

“Ya sabía que vendrías” le dijo la Mica a mi abuela cuando se dieron el fraternal abrazo.

Yo en medio de ellas vi como La Grande, que así le nombrábamos a la abuela, se le quedó viendo incrédula a los ojos de mi madre que como siempre, eran ojos que reían.

_ “Nadie sabía que vendría para acá, ¿cómo supiste de mi presencia? A menos que seas “saurina”. La abuela respondió presurosa y todavía con el rostro perplejo.

Las risas de la Mica no se hicieron esperar y miré cómo ella la invitaba a servirse un café de talega apuntándole a la hornilla donde el agua hervía en la calentadera y al oloroso café molido que ya estaba listo para preparar la infusión aromática.

_ “¿Y desde cuándo la Mica hace esas gaitas de adivinar el futuro?” le preguntó riéndose La Grande mientras vertía el agua hirviendo en la talega.

Mi madre no dio respuesta, tomó una taza para hacer el mismo procedimiento hecho por la abuela y se sentó en una silla para acompañarla a disfrutar la bebida. Allí se quedaron sentadas sin hablar durante varios minutos; mi madre con la vista al limpio y azulado cielo de ese día, y la abuela mirándola fija a su rostro como buscando las congojas que traía el alma de mi madre.

_“No me contestaste, te quedaste como ida, ¿qué hay con eso Mica? Me preocupas, algo raro noto en ti”. Dijo mi abuela rompiendo el silencio que mediaba entre ellas.

_ “No sé cómo explicarte esto, este asunto ya es viejo, pero nunca había querido hablar de ello. ¡Tengo premoniciones Paula! Primero se me presentan como si fueran unos destellos como relámpagos en la oscuridad, así los siento en mi cabeza; allí aparece la imagen de la persona que se va a poner mala o veo sucesos que se pasarán en los alrededores. Te platico; hace muchos años, no me acuerdo bien qué tantos, me pasó un caso. Tú debes de saber en qué tiempo fue esto. Primero pensé que eran figuraciones mías o tonterías del pensamiento, pero cuando se corrió la voz de que Lencho había muerto por la madrugada, me puse muy mal y ese día no me levanté de la cama con el pretexto de un dolor de cabeza.”

“¡Dios Santo!” exclamó la abuela a la vez que se tapaba la boca.

“Desde niña veo cosas pero no había querido decirlo; tú debes de recordar muy bien cuando el tren arrolló y mató a seis personas que tenían parentela aquí en el rancho. De esto hace añales, debes de recordarlo muy bien, porque tú vivías en La Cacachila, esa ordeña que estaba cercana a donde fue ese fatal accidente. Pues yo supe quienes morirían dos días previos a ese fatídico hecho; se me apareció el tren en mi cabeza, venía pitando fuerte y allí mismo, me pasaban las imágenes de quienes morirían sin remedio; bien clarito vi las caras de lo que se convertirían en difuntos.”

“Desde niña veo cosas pero no había querido decirlo; tú debes de recordar muy bien cuando el tren arrolló y mató a seis personas que tenían parentela aquí en el rancho. De esto hace añales, debes de recordarlo muy bien, porque tú vivías en La Cacachila, esa ordeña que estaba cercana a donde fue ese fatal accidente. Pues yo supe quienes morirían dos días previos a ese fatídico hecho; se me apareció el tren en mi cabeza, venía pitando fuerte y allí mismo, me pasaban las imágenes de quienes morirían sin remedio; bien clarito vi las caras de lo que se convertirían en difuntos.”

“ Mica, deberías ir a Macore a ver al señor cura, esto no está bien, estas son cosas del diablo, yo sé bien lo que te digo…y vale más irme, sí, sí, sí ya me voy, tengo muchas cosas qué hacer; no dejes de ir a verlo, dile que vas de mi parte”. Dijo la abuela a la vez que movía en sentido negativo su cabeza y se levantaba de la poltrona para dar fin a la visita.

“Espérate Paula, déjame platicarte un poco más de estas cosas que me suceden. Debes de recordar a mi madre Petra Cárdenas; ¿la conociste? Todo empezó con ella una noche cuando ya íbamos a la cama; vivíamos en La Isleta. Nos había dicho “¡Mercedes y Micaela lávense las manos antes de que se duerman, las vi jugar con los perros; no quiero que vean bultos y sombras!”. Mi hermana obedeció el mandato inmediatamente, pero yo no lo hice por la razón que te diré; días antes había escuchado a mi madre platicar con una vecina, que los perros son los únicos animales que pueden ver a la muerte y que por eso nos mandaba siempre a lavarnos bien las manos, no sea que hayamos tocado los ojos del animal y al tallarnos el rostro por el sueño, se nos pudiera pasar esos humores. Quise probar lo expresado por mi mamá y desde esa primera noche empecé a observar cosas de otro mundo. Lo raro es que no siento nada de temor, lo veo como algo natural”

“¿Qué otras cosas has visto antes de que sucedan?” Preguntó intrigada la abuela.

“Vas a decir que estoy en los linderos de la locura con esto que te voy a contar. Recuerdas el niño de brazos que se le desapareció a Carmela Sánchez. También debe de venirte a la mente, ese día que la gente se organizó para rastrearlo por las casas, el río, los montes interminables y hasta pienso que lo buscaron volteando cada piedra de Los Capomones. ¡y nada! No encontraron un indicio que les diera rumbo; fue como si hubiera desaparecido de repente, sin más ni más. Como un acto de prestidigitación de los que hacen los cirqueros que llegan a los pueblos; así lo vieron todos. Pero no fue así. Y te repito, nunca quise hablar porque tenía miedo que me tildaran de bruja, loca, cosas por el estilo y fue la manera en que me cuidé. A ver si tú me crees; Paula, ¡a ese niño se lo llevó una onza! ese felino de color oscuro del que todos tienen temor y al que casi nadie ha visto. Saben de su existencia y por cientos de años se ha dicho que imitan el llanto de los niños pequeños. La gente también ha corrido la idea de que este fiero animal es un híbrido, esto quiere decir que es el fruto de una relación de dos especies distintas; una leona puma y un jaguar, y al no poder tener descendencia, busca llevarse a los niños pequeños para criarlos, como si fueran de su mismo mundo. Yo vi esa onza rondando por las noches. Para asegurarse de que no la detectan los perros ni la gente, las onzas se pegan a las personas como si fueran sus sombras; allí van junto a ellas, pues como su color es oscuro, nadie las percibe, facilitándole la entrada y salida de las casas. Por eso te digo, yo vi rondar a la onza en esa noche que se perdió el niño y me quedé callada.”

“¡La onza es el mismísimo demonio Mica!” Respondió persignándose la Grande, a la vez que sus ojos daban la impresión de querer salírseles de sus órbitas.

Mi madre continuó con su confesión.

“Bueno, ya que estamos puestas voy a hacerte varias confesiones. Cierto día vino la Angelina Montoya a platicar con mi madre y dentro de esas conversaciones, salió a relucir los tres muertos seguiditos en su familia. La mujer toda llorosa exclamaba el porqué de esa mala racha que no los dejaba vivir un momento en paz. Por qué, por qué, reiteraba la desconsolada mujer, como buscando la respuesta en el cielo. Fue entonces que me decidí a ir a ver la casa donde ella vivía, me paseé por todos lados, pero fue en el patio trasero donde me di cuenta de algo; tenían dos árboles grandes, uno era de laurel y el otro, uno que los indios mayos le llamaban “ayali”, y que da una hojas en forma de cruz; desde que entré al patio una rara luminosidad emanaba de esas dos plantas. Allí estaba la respuesta que buscaba la acongojada mujer, esas matas son del demonio, de la muerte y si se encuentran detrás de las casas, lo más seguro es que el mal siempre esté presente donde las plantaron. Yo no dije nada, no me iban a creer, porque eso es una verdadera locura para la gente, creer que esos árboles puedan afectar nuestras vidas. Pero Paula, por increíble que parezca, esas cosas así son.”

“¡Ampárame Dios mío!, ¡no serías cuata de las que en el vientre se comen a su pareja!” Dijo la abuela y emprendió camino hasta perderse entre el caserío desparramado de Los Capomones, se detuvo a la salida de la población y allí en la soledad del monte levantó los ojos al cielo para orar con sus ojos bañados en llanto; rezó un rato y pidió por La Mica, porque ella sabía de la vida de sufrimientos que le esperaba a la “saurina” a partir de ese momento.

Profesor Universitario y Cronista del Évora

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