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MI MUNDO DESPÚES DEL VIRUS…

Por martes 15 de septiembre de 2020 Sin Comentarios

LETICIA DÍAZ ACOSTA

Desde principios de enero, comencé a escuchar noticias aisladas acerca de una situación delicada en China: un virus que se había convertido en epidemia y que estaba contagiando rápidamente a la población; la verdad, no le presté mucha atención, jamás imaginé el impacto que provocaría en mi vida y en la de todos los seres humanos.

Para el mes de febrero, comenzaron a llegar noticias cada vez más frecuentes, acerca de que el virus de China se estaba expandiendo peligrosamente a otros países amenazando con convertirse en pandemia; en Italia había comenzado a hacer estragos devastadores y a provocar cientos de muertes. Me estaba alarmando, tenía miedo, pero aún no alcanzaba a ver la magnitud de esa información.

En marzo se dieron a conocer los primeros casos en México, y el gobierno rápidamente implementó diversas estrategias preventivas para evitar que nuestro país fuera víctima funesta del letal y agresivo virus. En las escuelas se comenzaron a implementar medidas de higiene, como el lavado de manos constante y la utilización de gel al ingresar en la mañana y cada vez que se salía del aula; también se adelantaron dos semanas las vacaciones de Semana Santa, y se nos pidió que guardáramos distancia, nos laváramos constantemente las manos, no estornudáramos al aire y procuráramos no salir y permanecer en casa.

Poco a poco, esas medidas sanitarias que habían iniciado como prevención, se volvieron necesarias; como en un sueño, comencé a ver como muchos negocios eran literalmente obligados a cerrar sus puertas, algunas personas fueron despedidas de sus trabajos, mientras que los más “afortunados”, por encontrarse en grupos de riesgo, fueron retirados de sus puestos con goce de sueldo.

Las ciudades comenzaron a callar; se cerraron los cines, los parques, los bares, se restringieron las fiestas y reuniones. Las cifras de contagios y muertes alrededor del mundo comenzaron a crecer de manera exponencial, y las redes sociales se llenaban cada vez más de información, tanto veraz, como editada o falsa; no faltaron los memes criticando al gobierno, a los medios, e incluso al sector salud.

Las teorías conspiratorias tampoco se hicieron esperar, y mi salud mental cada vez se deterioraba un poco más; me sentía con miedo, angustiada, desesperada; sentía dentro de mí una gran incertidumbre que cada vez crecía un poco más; se me hizo costumbre sentarme a leer todo lo que se publicaba y eso me afligía sobremanera. Los días comenzaron a correr, y la cuarentena se convirtió en 60, 90 y hasta 120 días. Me obligué a no ver noticias sobre el coronavirus, sabía las medidas de prevención y me limité a cumplirlas y no estarme mortificando por situaciones que estaban fuera de mi control.

Todo a mi alrededor se había convertido en una pesadilla que no deseaba continuara, sin embargo seguía, y lo único que me mantenía ecuánime y con esperanza, era el hecho de refugiarme en la oración, en la meditación; retomé mis caminatas cuando consideré que era prudente salir de nuevo, procurando mantenerme a una distancia sana de los demás y me concentré en cuidarme a mí misma.

En el mes de junio, las cifras que miraba en la televisión y el periódico comenzaron a convertirse en nombres de personas conocidas, amistades y familiares; el miedo que había tratado de mantener a raya en lo profundo de mí ser, amenazaba seriamente con volver a la superficie y trastocar la débil paz mental que estaba construyendo. Comenzó otra etapa en esta historia, la del duelo, la del “si se hubiera hecho esto, o aquello”, la de búsqueda de respuestas, pero también, la de aceptación y renovadas fuerzas para continuar.

Y llegaron julio y agosto, y todo sigue igual; algunas cosas poco a poco regresan a la cotidianidad, pero jamás a la antigua normalidad; a pesar de que los cines ya abrieron, casi nadie los visita, e igual pasa con las iglesias; los hogares se convirtieron en cines e iglesias también; las escuelas continúan cerradas y las niñas, niños, adolescentes y jóvenes se encuentran angustiados, tristes e inquietos por la incertidumbre del inicio, de cómo se va a desarrollar su educación; lo mismo pasa con los padres y madres de familia, en los hogares emergen el caos y la desesperación; los progenitores se encuentran desesperados por no saber si podrán seguir plenamente el proceso educativo de sus hijos, sobre todo porque muchos necesitan salir a trabajar.

En lo personal me siento triste por no poder estar con mis estudiantes; soy maestra de primero de secundaria, y me inquieta el no saber cómo los voy a contactar, cómo voy a establecer ese vínculo familiar necesario que debe existir entre alumno-maestro; sin embargo, también tengo miedo de regresar, no quiero enfermarme o enfermarlos a ellas y ellos; me siento dispuesta a acatar las indicaciones que se me den para desarrollar mi trabajo, pero también inquieta, la desigualdad en relación a las TIC, sigue siendo muy grande y no quisiera que ninguno de mis estudiantes se quedará en situación desfavorable.

En este momento, frente a mi computadora, con tantos sentimientos dentro de mí, me animo a priorizar la esperanza; necesito confiar en que todo saldrá bien; necesito trabajar mi resiliencia para poder transmitirla de la misma manera a mis estudiantes; tengo que poner en práctica mi creatividad y conocimientos para buscar las mejores estrategias que me permitan alcanzar los objetivos; tengo confianza en que así será.

Haciendo un recuento de todo lo que ha pasado hasta el día de hoy, puedo ver que no todo ha sido malo en este camino que nos hemos visto obligados a recorrer: muchas relaciones dormidas volvieron a despertar; la mayoría de las familias fortalecieron sus lazos; aprendimos a acercarnos de manera diferente a los amigos y amigas, estableciendo comunicaciones sanas y aprendiendo a disfrutarlas como si estuviéramos juntos de manera física; aprendimos a valorar el trabajo de aquellos que han mantenido funcionando a la sociedad, y entendimos que un médico, es alguien sumamente importante, que debemos reconocer y respetar.

Y aquí vamos, paso a paso, aprendiendo de todo esto que vino a cambiar nuestros mundos, fortaleciendo nuestro andar con cada senda recorrida, y convirtiéndonos en mejores personas, más empáticas, más solidarias, más reflexivas y críticas, y por encima de todo, en seres humanos más sensibles y conscientes de sí mismos, de sus necesidades y del valor que tenemos como sociedad.

Dios nos bendiga a todas y todos…

Licenciada en Ciencias de la Educación

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