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DE CÓMO BROTA UN DICHO EN SINALOA LA HISTORIA DE UN CASO DE LA REGIÓN DEL ÉVORA

Por sábado 30 de mayo de 2020 Sin Comentarios

FRANCISCO RENÉ BOJÓRQUEZ CAMACHO

Al acercarnos a las fuentes documentales para tener una definición de la palabra “dicho”, con la intención que nos dé luz sobre esta palabra, o bien, que nos dé más claridad, encontramos que éste proviene del latín “dictum” que es igual a “decir” y que es un grupo de palabras que dan un concepto cabal, o bien, es una expresión o frase que no coincide con el sentido literal de lo que expresa. Esto según lo expresa el Diccionario de la Academia de la Lengua Española. Un ejemplo de esta idea puede narrarse así; si decimos el popular dicho “…lo agarraron con las manos en la masa…”, la oración no significa que exactamente lo que expresa; es decir, no alude a manos metidas en un bulto de masa de harina o maíz. El dicho, tiene la característica de perder el significado original, para adoptar otro totalmente distinto de acuerdo a la convención que han establecido los hablantes o usuarios de la lengua de un determinado núcleo social. La frase suele usarse, por ejemplo, cuando a la persona la sorprenden tomando las cosas ajenas; robando pues. Es por ello que los dichos no van a tener una plena correspondencia con el sentido literal del enunciado o frase. Pero, ¿cómo llegan a constituirse un dicho entre la infinidad de intercambios lingüísticos que se generan entre los usuarios de una lengua?

He aquí la historia de tres casos de cómo surgieron los dichos y las particularidades que adoptaron en la vida cotidiana.

Tomás Obeso, mejor conocido como “Tomasón” vivió en los años que gravitaron alrededor de 1960 en mi pueblo de Angostura, Sinaloa. La gente que lo traía “bien vistito”, dice que era un hombre desganado para el trabajo, eso sí, se alicusaba cuando de fiestas se trataba: ensillaba su caballo, se ponía las mejores prendas y apantallaba a más de dos. Tenía una parcela cerca del pueblo, pero ésta que siempre estaba mal atendida, nunca producía lo necesario para el buen vivir; eran los tiempos de “sembrar de aguas” las buenas tierras aledañas al pueblo, ya que todavía no se construía el embalse al norte de la ciudad de Guamúchil que sería la Presa Eustaquio Buelna.

El caso es que en esa temporada Tomasón sembró cártamo. Las plantas se desarrollaron muy bien, se auguraba una abundante cosecha y la gente ya miraba a este personaje lucirse ataviado de buenas ropas mercadas en el naciente comercio de la ciudad de Guamúchil. La gente se acercaba a él para comentar el estado de las plantas ya casi listas para la trilla; “te vas a cuajar con tanta lana Tomás”, “te va alcanzar para agarrar la banda”, “hasta otro caballo vas a comprar”, en fin, esas eran las conversaciones sabiendo que la parcela estaba rindiendo buenos frutos. Pero la siembra del cártamo siempre corre riesgos, uno de ellos es que se trilla en los meses de mayo y junio cuando las lluvias veraniegas empiezan a asomarse en la región. Para la mala suerte de nuestro personaje, un día previo para que entrara la máquina a recolectar los granos, se desataron las lluvias tempraneras y no pararon hasta el séptimo día. Muchos campesinos quedaron en la indefensión a causa de ese meteoro y Tomasón quedó prendido de un solo llanto. Los días pasaron y la siembra que estaba en todo su esplendor, empezó a ponerse negra a causa de tanta humedad; Las matas de cártamo habían crecido tan robustas que ninguna cayó al suelo a pesar de tanta agua, allí quedaron paradas, aun cuando la negrura invadió todas sus partes; el cártamo se había perdido a causa de tanta humedad. Los días pasaron, vinieron las semanas, luego los meses y muchos años; las plantas de cártamo continuaban allí, Tomás ya no quiso sembrar de nuevo y decidió dejarlas allí hasta que el tiempo se encargara de tumbarlas.

Fue entonces cuando la gente inició a comparar la parcela de Tomás con situaciones de la vida cotidiana; por ejemplo, en ese pueblo había un cuarteto (no de Liverpool) de borrachos consuetudinarios; siempre andaban con la botella de alcohol entre sus manos, por sobrenombre se les conocían como “picodulce” a uno, “maldito” a otro, “el venado” y al otro que tenía rasgos de nuestra ancestral tribu Cahita le apodaban “el mayo Bachomo”. Cuando la gente refería a ellos, o a uno de éstos expresaba; “… están más perdidos que el cártamo de Tomasón”; y pues todos aquellos que escuchaban la frase y conocían la historia de esa siembra que realizó el señor Obeso, soltaban la carcajada por esa comparación tan ingeniosa que inicialmente a alguien se le había ocurrido encontrar puntos similares entre los borrachos y la parcela sembrada de cártamo; los borrachos perdidos en el vicio del alcohol y, la siembra de cártamo totalmente inservible.

Aunque hay que decir que se aplicaba a otras situaciones, como es el caso de alguien que no encuentra un domicilio, un objeto. Por ejemplo, si alguien del pueblo no encuentra su caballo, le replicaban que el equino “…estaba más perdido que el cártamo de Tomasón.

Cronista y Escritor

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