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LO QUE ESTÁ EN JAQUE ES NUESTRO SISTEMA DE VERDAD

Por viernes 15 de mayo de 2020 Sin Comentarios

FRANCISCO TOMÁS GONZÁLEZ CABAÑAS

En 1755 un terremoto destruyó Lisboa e hizo temblar al mundo en el amplio y simbólico sentido del término. Tal vez este acontecimiento, a diferencia de lo que se emparenta automáticamente con respecto a la llamada «gripe española», sea lo más semejante a lo que estemos viviendo en relación, a la irrupción de la presente pandemia.

Quedarnos en el síntoma, en la manifestación, epitelial u orgánica de lo que nos ocurre, nos llevaría precisamente a eso, a un historicismo, que agolpe, que acumule, que aglomere, que no discierna, ni piense, ni lleve a cabo el ejercicio, obligado de raciocinio, o la consulta a la intuición, para tratar de encontrarnos con palabras que nos devuelvan, en modo de explicación o certeza, qué es necesariamente lo que nos está ocurriendo.

Creer que la presente afectación se corresponde a un catálogo de enfermedades que asolaron al ser humano en su historia como especie, sería precisamente lo que se viene realizando harto repetidamente.

No resolveremos los problemas que se nos han originado, pandemia mediante, tras el advenimiento de vacuna, remedio o pharmakon alguno.

En caso de que continuemos tentados a analizar o pensar la realidad, tomando una de las partes por el todo, caeremos en la mera y huera recopilación de datos, de ejercicios o disciplinas que están jaqueadas, al unísono y por ende, simultáneamente.

No se trata, como incluso lo hemos pensado, del sistema de salud, sanitario, del sistema social, político, laboral, económico, ideológico, de valores o todas y cada una de las parcelas en las que podemos diseccionar el fenómeno de lo humano.

Cómo aquella vez, tras lo que se conoce como «El terremoto de Lisboa» un hecho puntual, específico y determinado (con sus afectaciones, destrucciones y muerte reales, más todo lo otro, generado desde eso real, como espectros o réplicas) hizo temblar lo establecido, para que luego, tras las ruinas, el humano, estableciera un nuevo sistema u orden, que tenga que ver con las generalidades más amplias y tal vez abstractas, pero no por ello, ajenas a lo que luego significarían todas y cada una de las cotidianeidades, en las que desembocamos de aquel entonces, hasta ahora, de acuerdo a la conjetura que en estas líneas estamos presentando.

Creemos, consideramos y a fuerza de los argumentos esgrimidos, que es necesario en primera instancia, el recordar el impacto ulterior, del terremoto propiamente dicho. El mundo en aquel entonces, orbitaba bajo una cosmovisión (siempre existen éstas, por más que muchos, sobre todos los que tienen acceso a las mismas, no quieren que los múltiples, tengan llegada a tales arcanos, es la explicación más sucinta de porqué la filosofía sí bien es la madre de las ciencias, es asimismo, la disciplina oculta u ocultada, negada y estigmatizada, olvidada y olvidable) que se define, palabras más palabras menos y en uso de la economía del lenguaje, como «el mejor de los mundos posibles», definición atribuida a Leibniz, que construyó su teodicea, en las bases platónicas en definiciones tales como: «el demiurgo quiso que el mundo fuera el mejor posible». Platón. Timeo (29 a – 30 b).

El terremoto, se llevó a Lisboa, incontables destrucciones, dolores y muertes (se produjo en plena festividad religiosa en una comunidad mayoritariamente creyente y practicante), pero lo más determinante fue lo que sucedió después.

El hombre, como sujeto, tuvo que duelar el mundo y por ende el sistema de verdad que había construido y en el que creía hasta entonces, luego, reconstruyó tras las ruinas.

La prueba más contundente de esto mismo (como todas las experiencias de lo humano, se registran bajo lo escrito, de aquí que se considere que la pluma siempre es más que la espada) la selló Voltaire, en su declarada disputa con Leibniz y el mejor de los mundos posibles en el que este creyó. La siguiente imagen alegórica es contundente: «Los sirios imaginaron que al ser creados el hombre y la mujer en el cuarto cielo, se atrevieron a comer una torta, en lugar de la ambrosía, que era su comida natural. La ambrosía se exhalaba por los poros; pero después de haber comido la torta, era preciso ir al excusado. El hombre y la mujer rogaron a un ángel que les enseñase donde estaba el retrete. Ved, les dijo el ángel, aquel pequeño planeta, apenas visible, que está a unos sesenta millones de leguas de aquí, allí está el excusado del universo, id lo más rápido posible. Y fueron allí y se quedaron, y desde ese momento nuestro mundo fue lo que es». (Voltaire. Diccionario filosófico. Página 203. Editorial Gredos).

El hombre, por intermedio de estos dos de sus representantes (podríamos desde una posición de privilegio, establecer que el filósofo es el representante natural del humano y su razón en el transcurso de su estar en el mundo, sin embargo, con toda razón o con más, tal posición la podrían reclamar también los artistas, creadores o creativos) pasó de vivir en el mejor de los mundos posibles, a vivir en el baño, en el excusado, en el retrete del universo.

El industrialismo, que recreó todo un sistema social, económico, laboral, ideológico y político, que es en el que aún nos encontramos viviendo, es la principal víctima de la pandemia que nos afecta, que precisamente, cómo el terremoto, terminará por arrastrar, ni más ni menos que nuestro sistema de verdad.

Sistema de verdad, en donde tanto la democracia, las supuestas libertades consagradas y la razón instrumental que nos otorga y brinda, la réplica y reproducción de números en acumulación para intercambios imposibles, están plenamente en jaque y serán reconsideradas, reconfiguradas, reconstruidas y rearmadas.

Una vez que hagamos el duelo y salgamos de la falta de conceptualización de lo que nos está ocurriendo, tal vez decodifiquemos las siguientes palabras desde otra perspectiva: «Si bien Pascal introdujo el discurso científico, no olvidemos que fue él también quien, incluso en el momento más extremo de su retiro y su conversión, quería inaugurar una compañía de ómnibus parisino. Este Pascal no sabe lo que dice cuando habla de una vida feliz, pero nosotros tenemos la encarnación de ello. ¿Qué más puede atraparse con el término feliz si no precisamente la función que se encarna en el plus-de-gozar? Además nosotros no necesitamos apostar sobre el más allá para saber cuánto vale allí donde el plus-de-gozar se descubre bajo una forma desnuda. Esto tiene un nombre —se llama a perversión». (Jacques Lacan, El seminario. Libro 16. De un Otro al otro. 1968-1969 .Buenos Aires: Paidós, 2008).

Las verdades científicas, hipostasiadas por nuestras faltas constitutivas y constituyentes, deberán ser reconstruidas desde todas y cada una de las perspectivas que impliquen otro sistema de verdad. No es casual que como último grito de la moda, el sistema jaqueado en nombre de supuestas «fakenews» restrinja la libertad de expresión, en función de una posible afección viral, se restrinjan nuestras libertades más básicas y elementales y que por la supervivencia del rostro económico y social, del sistema integral, llamado capitalismo, sigamos condenando a la exclusión, ciega, sorda y muda, a millones de seres humanos que perecen en la indignidad y en la desconsideración más absoluta. Todo en nombre no ya de la vieja fórmula del mejor de los mundos posibles, sino de lo menos malo que podríamos tener.

Salirnos como sujetos, donde la función desconocida (el temor a lo incierto) nos condujo desde hace más de doscientos años a esta parte de la estructura, llamada perversión, es la oportunidad que se nos presenta y que tenemos por delante, casi como una bendición de un dios, tan benévolo o perverso, de ofrecernos algo a lo que seguramente no tendremos el valor ni la oportunidad de alcanzar.

Ocurre que para inventar, o relatar, tal deidad, debemos salirnos de la funcionalidad perversa, y ese goce, incansablemente repetitivo, es la renuencia a la que difícilmente abandonemos, aún, pandemia mediante. De todas maneras, está por verse, y esto es precisamente lo que nos mantiene, por el momento, vivos.

Filósofo argentino

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