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DON CARLOS Y EL RUMBOS

Por viernes 31 de enero de 2020 Sin Comentarios

ENRIQUE HUBBARD URREA

S ingular y polifacético personaje del siglo XX, Don Carlos Hubbard Rojas nació en El Rosario, Sinaloa el 26 de diciembre de 1912. Hijo del norteamericano Harry Hubbard, quien trabajó en minas El Tajo de El Rosario y era originario de Marfa, Texas, a su vez hijo de Albert Oscar Hubbard y Eda Jenkins. La madre de Carlos Hubbard Rojas era Emilia Rojas Zatarain, originaria de concordia y descendiente de Antonio Rojas y Francisca Zatarain.

Don Carlos quedó huérfano de padre y ese suceso merece su propia narrativa, pues las circunstancias fueron casi novelescas. Harry Hubbard se trasladaba a Mazatlán en julio de 1914 porque el gobierno de los Estados Unidos envió un navío para evacuar a sus nacionales, ante la conflictiva situación imperante durante la revolución. En el largo camino (no había puentes) enfermó de apendicitis y llegó al puerto ya agonizando. Falleció ya a bordo del barco y, dado que no contaban con refrigeración ni elementos para embalsamarlo, se resolvió enterrarlo en una isla frente a Mazatlán. Se dibujó un plano al estilo del de los tesoros de piratas, con medida de pasos y orientación hasta la tumba y se le entregó a su padre, que vino de Texas por sus restos y los trasladó a Marfa, donde descansa ahora.

En realidad, su árbol genealógico se puede trazar de mejor manera por línea materna, pues sin duda se trata de una continua cadena de fuertes personalidades femeninas. Hasta donde se sabe, en la época de la invasión francesa los disturbios obligaron a la primera y matriarcal Sra. Zatarain a huir de Concordia hacia El Rosario con sus hijos.

Después, varias longevas mujeres mantuvieron la cohesión familiar. Destaca doña Jesús Zatarain Vda. de Martínez, la Tía Chuy, quien sobrevivió por muchos años a su marido y se encargó de supervisar con sabiduría el desarrollo de su propia familia y la de él, también suya; y ocupó el lugar de abuela para los hijos de Don Carlos.

Don Carlos, como le llamaba todo mundo en El Rosario, tuvo una niñez plena de carencias; en varias ocasiones padeció hambre. Desempeñó diversos oficios y se las ingenió para ayudar al gasto familiar, para asistir a la escuela y divertirse con optimismo, eludiendo la amargura ante las privaciones materiales cotidianas.

Recorrió duros caminos en busca del sustento personal y familiar. Trabajó en las más variadas actividades: cartero, Oficial de Hacienda (en Navolato), chofer, distribuidor de vinos y licores, transportista, comerciante, impresor, periodista, político (tres veces secretario del Ayuntamiento) y músico popular, aunque esto último fue más por inclinación personal a la bohemia, que por necesidad económica. Como guitarrista hizo escuela. le gustaba “bajear” magistralmente; su inconfundible y admirable estilo jamás ha sido repetido cabalmente, particularmente cuando interpretaba música de Agustín Lara, de cuya producción llegó a ser verdadera autoridad.

Conjuntó un espléndido dueto con su esposa, Chavita Urrea, a quien acompañaba con una armónica segunda voz de magnífica interpretación.

Su relación amistosa con Pedro Infante fue memorable.

Contaba que cuando lo nombraron jefe de la Oficina de Hacienda en Navolato, buscó a Ángel Infante, su contemporáneo y a la sazón reubicado en Guamúchil, y juntos se dedicaron a la bohemia en Navolato y Culiacán, junto con personajes de la talla de Enrique Sánchez Alonso “Negrumo”.

Se sabe que Pedro, muy jovencito, le insistía en que lo enseñara a pulsar bien la guitarra, a lo que accedió, convencido por el poderoso argumento de que, ya para entonces, las muchachas seguían a Pedro y siempre quedaba alguna sola. Cuando éste se fue a probar fortuna a México, los encuentros entre ellos se hicieron menos frecuentes, pero Pedro nunca olvidó a su amigo Carlos, a quien con el pretexto de que le llevara chorizo de El Rosario, cada dos meses lo hacía ir a la casa paterna en Lindavista a surtir la despensa familiar del actor y cantante del cine nacional.

Fue gran amigo de la cantante Lola Beltrán, a quien llevó a la capital en busca de su destino y la ayudó a colocarse como secretaria en la XEW; también fue dueño de la única radiodifusora local (XEHW), de la cual fue locutor; y, por supuesto, fue un excelente escritor.

Don Carlos, vía su voraz apetito por la lectura y el conocimiento, se hizo autodidacta y, aunque carecía de la educación formal, se capacitó para desempeñar distintos cargos: Secretario de Juzgado, contador, profesor, historiador, periodista y editor. Poseía una magnífica biblioteca. fue un hombre alto, de correcto hablar y palabra ágil, muy seguro de sí mismo. En 1934 reactivó el periódico “El Sur de Sinaloa”, que publicó vía la imprenta de Juan Grey; el jefe de redacción era el licenciado Francisco Gil Leyva; y entre los articulistas estaba el licenciado Enrique Pérez Arce, quien más tarde sería gobernador de Sinaloa.

Sus hijos Carlos Augusto Hubbard Osuna; Raúl Armando (Manru), Virginia Emilia (Mona, QEPD), Iván, Diana, Jesús Mauricio (Chito) y Marcial, Hubbard Rentería; así como Enrique, Jorge Alberto, Jaime, Fausto, Irma Cristina (QEPD), Nancy (gemela, pero el niño nació muerto) y Melba, Hubbard Urrea.

El innato carisma de Don Carlos se tradujo en un liderazgo social que lo situaba al frente de cada acontecimiento importante para el desarrollo de la población. Fue Don Carlos un constante luchador social, que gestionó, tramitó y allanó todo tipo de procesos e incluso viajó por su cuenta a los centros de poder político estatal y nacional, donde convenció a personajes clave a fin de que se construyera el mercado municipal, el jardín de niños, la escuela secundaria, la escuela preparatoria, entre otros logros.

Como periodista era la voz y la conciencia del pueblo; actor de verdaderas batallas libradas desde la poderosa trinchera del periódico “Rumbos”, semanario fundado en 1953 y que personalmente construía en su totalidad: era reportero, columnista, jefe de redacción, administrador, publicista, director y editor. En ocasiones, de manera estridente denunciaba los abusos, desnudaba la verdad o descubría las componendas. En otras, echaba mano del sentido del humor para develar las entrañas del engaño, condenar la infamia o hacer trizas mitos y leyendas. “Rumbos” era mucho más que un órgano periodístico común.

En la sección “Sucedió en la…semana”, reseñaba los acontecimientos más sobresalientes e importantes de los últimos siete días, ahí cabía de todo; eventos sociales, comercio, personajes, cultura…siempre circunscrito al acontecer del pueblo.

Para miles de emigrados suscribirse «al Rumbos» era actividad obligada de cada visita al pueblo, pues como boletín informativo permitía a los rosarenses comunicarse entre sí sucesos familiares de importancia: Nacimientos, bodas, graduaciones, decesos, etc., los paisanos se aseguraban de que todos sus coterráneos recibieran aviso a través de rumbos. El semanario fue factor de unión entre los rosarenses y su terruño.

Se enorgullecía al decir que Rumbos no había dado la noticia de la muerte de Kennedy, pero sí la de “el Gocha”, humilde chofer de carro de sitio.

En realidad, la conducción de rumbos fue producto de la casualidad, pues el fundador del periódico fue su hijo Carlos Hubbard Osuna, quien se lo heredó al tener que emigrar a Hermosillo, pero la identidad del semanario ha quedado por siempre ligada a Don Carlos.

Don Carlos fundó una red de ayuda y apoyo a sus paisanos a través de nombramientos meramente honorarios pero cargados de responsabilidad. Ser “Cónsul de El Rosario” en ciudades como Guadalajara, Tijuana, Los Ángeles o Los Mochis, era una inmensa distinción, que obligaba a estar siempre dispuesto a ayudar y orientar a los coterráneos. Los resultados de la labor consular, tanto buenos como malos, encontraban voz en «el Rumbos».

En 1955 se echó a cuestas la difícil tarea de organizar los inolvidables festejos del tercer centenario de la fundación de El Rosario, titánica labor que coronó con el más sonoro e inolvidable éxito. Don Carlos fue distinguido con el título de «cronista de la ciudad», por sus cualidades de historiador aficionado y entusiasta seguidor de la «micro historia» de su pueblo natal. Conocía vida y milagros de los protagonistas de su pueblo, así como usos, tradiciones y costumbres populares.

Acucioso indagador de archivos, poco a poco atesoró un importante acervo documental consistente en bibliografía, material de consulta, fotografías, hemeroteca y correspondencia, referencia obligada para los estudiosos. El material acumulado por años, aunado a sus naturales dotes de escritor, lo llevaron a editar cuatro volúmenes dedicados exclusivamente a su tierra y a su gente, «Mi Barrio del 22», «Los Chupapiedras», «Cuentos de mi Rosario» e «Historias de un Mineral», que narran la historia del pueblo y las de sus hijos notables.

Don Carlos Hubbard recibió el premio Sinaloa de periodismo (1981). producto de su trabajo y como reconocimiento a su trayectoria.

Falleció en Mazatlán, Sinaloa, el 26 de enero de 2002. Sus restos reposan en su natal Rosario.

* Embajador de México en retiro

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