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MUERTE

Por miércoles 15 de enero de 2020 Sin Comentarios

VERÓNICA HERNÁNDEZ JACOBO

Sr. Hipopolyte: El animal está sometido a la muerte cuando hace el amor pero no lo sabe.Mientras que el hombre sí lo sabe, lo sabe y lo experimenta. Sr. Hipppolyte: esto llega hasta el punto en que es él el que se da la muerte. Quiere por el otro su propia muerte. Estamos todos realmente de acuerdo en que el amor es una forma de suicidio. (Jacques Lacan).

Existe en psicoanálisis un concepto que ha salido caro a nuestra práctica, a saber la pulsión de muerte, es el hecho de que exista un dispositivo de empuje hacia la destrucción nuestra, no puede ser desmentida, menos aún cuando hay bombardeos y mueren personas de un lado y de otro. Personajes etiquetados de terroristas dejan pocas esperanzas en el futuro porvenir. Freud ubica la pulsión de muerte como ese goteo incesante que da la muerte al sujeto, algunas veces muy inconsciente otras de manera muy nítidas. Desde Lacan sabemos que esa pulsión de muerte surge entre los intersticios del lenguaje, es de hecho muy paradójico pues supondríamos que el sujeto quiere por todos los medios mantenerse siempre vivo y hace todo lo contrario a ese deseo.

La pulsión de muerte se nos pasa desapercibida, de esa manera pensamos que no existe tal empuje en nosotros, pero la repetición de ciertos actos portadores de señales poco razonantes, donde el cuerpo queda implicado en su dimensión de peligro así lo demuestra. Tánatos desencadena su sombra obscura que abraza al sujeto desde el principio del placer hasta la última gota de éxtasis, exprimiendo la vida del cuerpo y lanzándolo a su muerte irremediable. El concepto estruendoso de pulsión de muerte que nuestro querido Sigmund vislumbró es doloroso para todo sujeto que toma la felicidad y el placer como únicos motivos de vida, de tal manera que dicha pulsión le parece algo grotesco y repulsivo, que obviamente no abrazará por el agravio a su narcisismo, de esa manera objetará y se opondrá a tal fenómeno, intentando exorcizarlo de la vida cotidiana como si se tratara de un anatema.

Freud en un momento de su vida reflexionó el hecho de que todo sujeto en determinado momento desea su muerte, esto es muy común y su desencadenamiento es la angustia, Freud también planteó que la meta de toda vida es la muerte, frente a esta situación solo quedan sus críticos vociferando la imposibilidad de tal fenómeno, pero eso no impide que así sea. De hecho, el rito católico de polvo eres y en polvo te convertirás es una mostración de tal acontecimiento. En algún momento se planteó el orgasmo como una pequeña muerte, todo esto adoc con nuestra categoría de pulsión de muerte, donde lo inorgánico es la meta de toda vida.

Lacan articula la agresividad al yo y al orden imaginario, de ahí puede ubicarse la agresividad del orden imaginario a la pulsión de muerte, aunque Lacan desarrolla la pulsión de muerte más cercano al orden simbólico. La pulsión de muerte es el interruptor de la vida, muchas veces se observa de manera periférica, en las toxicomanías, y otros excesos, donde tensar el órgano hace desfallecer. Freud míticamente también asocia la pulsión de muerte a una nostalgia de regresar al seno materno, nuestra madre tierra representada como un útero ampliado que nos acogerá en nuestra partida, este carácter destructivo que nos sostiene iría en contra de cualquier concepción simplista de beatitud, al contrario algo diabólico nos acosa desde lo más íntimo, ese es un mal descubrimiento freudiano por lo tanto inaceptable por el otro de lo social.

Este concepto tan corrosivo fue desechado incluso por algunos discípulos de Freud ya que atentaba contra el principio del placer, siendo este último el que en su exceso coloca al sujeto en el desfiladero de la pulsión de muerte, Lacan de alguna manera coloca las pulsiones del lado de la única pulsión que existe, a saber la pulsión de muerte, solo ella es protagonista, de tal modo que las pulsiones de vida son solo divertimentos para hacer menos chocante la verdadera pulsión que sería la de muerte.

Lo que se sustrae justamente al ser viviente por el hecho de estar sometido al ciclo de la reproducción sexuada, de esto, de esta falta real, son representantes, equivalentes, todas las formas que pueden enumerarse del objeto a…. El pecho, como elemento característico de la organización de los mamíferos, o la placenta, representan claramente la parte de si mismo que el individuo pierde al nacer y que puede servir para simbolizar el más profundo objeto perdido. (Jacques Lacan).

* Doctora en educación

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