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MALVERDIANAS: LA PROMESA

Por miércoles 15 de mayo de 2019 Sin Comentarios

GILBERTO J. LÓPEZ ALANÍS

La Chona llegó a la casa de Cecilio Beltrán, agitada se paró en el resquicio de la puerta, en la contra luz de la tarde su figura reflejó esas ansias por la abundancia; traspasó el umbral con inusitada prisa, agachándose junto a la hornilla murmuró: “Lo bajaron de la sierra en Cosalá, lo aventaron frente al palacio municipal ante la mirada incrédula del pueblo”.

En efecto a las pocas horas llegó el viejo fotógrafo de Elota, apenas bajó de la diligencia, todavía con el paliacate en la boca le preguntó al prefecto.

–¿Donde lo tienen? ¡Dígame señor prefecto, no tengo tiempo! hoy mismo me regreso para alcanzar la conducta de la costa.

Con gesto firme e imperioso volteo a todos lados hasta que localizó el punto exacto, ordenó a los gendarmes que se le acercaron.

–Siéntelo ahí repechado al kiosko, levántenle los cabellos y límpienle la cara, abróchenle la camisa. ¡Que se vea! ¡Que no haya duda! ¡Que se sepa, que es él!”.

El bullicio de la plaza se congeló, sólo quedaron las enigmáticas miradas de los serranos; la iglesia Santa Ursula pareció enorme y su blancura iluminó el rostro del difunto. Si no fuera por el polvo en sus ropas y la sangre reseca parecería que estaba dormido

–Tomaré diez placas, unas de cuerpo entero. Son para enviarlas al Gral. Cañedo a Culiacán, otras a Don Porfirio, el coronel Reyes y Cleofás Salmón me han pedido dos; en Durango también me las exigen. Están de por medio los $10,000.00 pesos de la recompensa”

Nadie le había preguntado, sintió que era necesario explicarse, mientras se fue acomodando. Con delicadeza sacó la cámara del estuche cafesoso y marcado con los golpes de los viajes, movió el tripie con la maestría de los años, sacaba y metía la mano por el jubón negro de la cámara. Todos en silencio, alelados veían maniobrar al viejo; enfocaba, hacía musarañas, añadió detalles al entorno del cuerpo y de repente se oyó el clic metálico del obturador atrapando unas imágenes que aún viajan en el tiempo; los impertinentes y curiosos junto con la plebada de Cósala se le atravesaron varias veces, hasta que con un enojo fingido urgió a unos rurales a que le despejaran el campo.

Lo que no dijo, según lo contó la Chona, fue que su hija Martinita le pidió encarecidamente una fotografía muy especial, “…de cerquita papá, quiero recordar para siempre su cara”. La voz de la Chona se colaba entre las brazas como cuento de anochecidos, Guadalupe no pudo más, soltó el alarido ¡Heraclio!, ¡Heraclio!, ¡Heraclio!, se dobló llevando sus manos al abultado vientre, su llanto se hizo susurro apenas audible y el futuro Jesús de sus adentros sintió los deseos de gritar; las mujeres la levantaron y la llevaron a una silla para evitar un desmayo.

Jesús no conoció a su padre; en el vientre de Guadalupe con sus nueve meses sintió aquel llanto que le trajo sabores ácidos, el corazón agitado y una angustia intensa lo impulsó a patalear en esos densos líquidos que apenas reflejaban la luz de aquellos interiores. Las voces eran suaves, sin embargo chorros de fuego lo sacudían a cada instante.

Diez días después el quince de enero de ese fatídico 1888, en el pueblo de Paredones, junto a Culiacán capital del estado de Sinaloa, por los rumbos de Quila casi en el río San Lorenzo, Guadalupe no aguantó el ajetreo del que deseaba mirar el mundo, sentir el aire y el gozo de la luz.

Apenas nacidito Cecilio Beltrán lo envolvió en una sábana, se fue con Marcelino Zazueta.

–Aquí se lo traigo don Marcelino, nació como a las cinco de la mañana y como usted me lo pidió, le cumplo a Ud., a mi amigo.

Don Marcelino se colocó los anteojos, con ternura lo revisó cuidadosamente, sintió la cálida textura de la piel y el recuerdo de Heraclio lo incitó a besarlo en la frente, no cabía duda, era un Zazueta, y ensimismado en su promesa, el viejón anotó en el libro:

“En Paredones a quince de enero de mil ochocientos ochentiocho, ante mi Marcelino Zazueta encargado del registro civil de este punto, compareció el C. Cecilio Beltrán, mayor de edad, soltero, jornalero y de esta vecindad; y presentó un niño vivo nacido en este lugar, hoy a las cinco de la mañana a quien se puso por nombre Jesús, hijo natural de Guadalupe Malverde, mayor de edad, soltera y de este punto. Fueron testigos de este acto, los CC. Cipriano y Tiburcio Espinoza, mayores de edad solteros, jornaleros y de este domicilio. Leída la presente acta a la interesada exponente y testigos manifestaron su conformidad, ratificaron su contenido, no firmando por no saber.= E.P. de esta Capital= n.v. Marcelino Zazueta= .

Cerca de 50 días después, el Juez del Estado Civil de Culiacán, Antonio Salmón asentó en el libro concentrador del registro Civil con número 176 del año de 1888 en el acta Nº 108 el nacimiento de Jesús Malverde, el niño había traspasado el umbral de la legalidad en las propias barbas de los hermanos Salmón, enriquecida familia de la que Cleofás era miembro prominente y que había perseguido con tanto empeño y furor al Rayo de Sinaloa, el temible Heraclio Bernal. Que destino le esperaba al hijo de aquel hombre que asombró a las compañías mineras de la sierra de Durango y Sinaloa, al que muchos siguieron y finalmente traicionado por su compadre?

* Director del Archivo Histórico del Estado de Sinaloa

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