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EL CUENTERO

Por miércoles 15 de mayo de 2019 Sin Comentarios

SALVADOR ECHEAGARAY PICOS

“En la primera parte de este relato conté como y cuando, un destacado personaje conocido en el pueblo como el “Cuentero”, llamado Fermín Picos Velázquez, consintió en recibirme en su mágica “huerta”, en calidad de aprendiz, después de convencerlo de que me enseñara sus secretos para contar historias. En su compañía cultivé lo estético, lo que recién en los andares por los montes y los ríos, sólo cruzaba ante mis ojos de manera habitual, usual, sin captar la sensibilidad que, en esa edad y tiempo, me era esquiva. Así, de aquel cuentero sencillo y afable de mí niñez, aprendí a ver el mundo que me rodeaba, en sus variados matices”.

Ante esa mágica experiencia, surgieron en mí, sensaciones inexplicables, jamás sentidas…. En esa primera enseñanza mañanera, llegó a nosotros un tímido airecillo que, por momentos, remolineó entre los enormes peñascos que nos servían de anfitriones y asiento; nos encontrábamos extasiados ante las inspiradas escenas, que admirábamos en ese espléndido teatro de la naturaleza. Después, se inició el proceso de enseñanza que con tanto fervor había solicitado y el cual impartió desde el nivel más elemental. Aquella lección inaugural, por supuesto, tuvo como referencia cada una de las hermosas estampas que continuábamos contemplando, allí, juntos, maestro y párvulo-alumno, desde la encumbrada atalaya de la colina, en la cual nos encontrábamos.

En ese feliz e inolvidable primer encuentro y los demás que celebramos durante el año escolar que cursé en la escuela primaria de mi pueblo, debo destacar, que el tío Fermín, de principio, me confió, “pian pianito”, como acostumbraba decirlo, “aquello que tú debes guardar en la mente, junto a lo que estudies cada día, para fortalecer el conocimiento que te permita tener el control de las habilidades personales que te den el valor para contar o escribir una historia” Varias semanas después de nuestro primer encuentro, empecé a lamentar la lentitud del tío respecto a las clases que recibía… Para mi desesperación, platicaba conmigo sólo cada sábado, cuando lo que yo deseaba era escucharlo todos los días… Tercamente decidí asediarlo en la búsqueda de tener “casuales encuentros” en la huerta, para ello, me propuse no sólo atender el cuidado de las hortalizas y las legumbres, aprendí también a ordeñar, con la idea de ser más útil en la granja.

¡Un día, platicando con mis primas, las dos mayores que yo, en broma, presumí que por el tiempo que tenía dedicado a los tomates, zanahorias, rábanos, pepinos, cebollas, ajos, habas, lechugas y repollos, me consideraba con bastante habilidad, para contar las diversas y ocultas relaciones que podrían darse entre las hortalizas y las legumbres, en el exclusivo y cerrado “Coto” de las sementeras!! Una calurosa tarde al terminar de regar el plantío, de sopetón, me encuentro al tío; después de inspeccionar la huerta, emprendía el camino rumbo al pueblo, pidió lo acompañara al darse cuenta que había terminado la tarea. Sospeché que nuestro encuentro no había sido fortuito… cuando emparejamos la marcha, lo que logré caminando a paso redoblado, debido a lo largo de su zancada, me dice: “espero estés aprendiendo algo de lo visto y platicado, sobrino”. “Sí, tío, ahora se mucho más que antes, contesté y pretendiendo hacer una broma, imprudentemente, agregué: “nadie me ganaría si participara en una encuesta con preguntas sobre el cultivo de las Sementeras”.

Con la experiencia y el aplomo de su edad, resbaló el infantil sarcasmo y al tiempo que alborotaba mi cabello con sus callosas manos, sonriente, comentó: “Así que tenemos hortalizas, legumbres y verduras… Pues ya tienes el tema sobre el cual vas a narrar tu primer cuento” …, enseguida ordena: “sobrino, tienes lo que resta de la tarde y el día de mañana para pensar y ordenar en tu cabecita, lo que vas a decir la noche del sábado, echando mano de todo lo que sabes de las Sementeras, en la reunión familiar y los vecinos que acostumbran asistir”. Me dejó sufrir los alcances de la broma, desde el momento mismo en que me ordenó narrar el cuento sobre el referido tema y hasta que llegó la temida noche del sábado. A la hora de la presentación, ante incontrolables temblores que sentía en mi cuerpo, formalmente comunicó: tengo un anuncio. “Le pedí a mi sobrino preparara una plática sobre un tema que supuestamente domina. Una vez que se sienta seguro, hará su narración, primero, ante mí y si califica, como espero lo haga, lo invitaré para que venga aquí, ante nosotros, a contar lo que sería su primera narrativa como aprendiz de “Cuentero”.

Se han de imaginar lo que aquellas palabras significaron para alguien como yo, que ya sufría la soledad y angustia de quien no sabía que decir ya que todo lo había olvidado…, frente a un público curioso, expectante, esa noche, mudo y a punto del infarto, recibí una lección más, de parte de mi maestro y pariente, por creído y petulante. Aprendí de esa vivencia… Y entre tanto llegaba la lección sabatina, lo espié.

Después de la escuela, cuando sabía que se encontraba en la huerta, iba directo hacia allá; me aplicaba en cualquier ocurrencia sobre el terreno o la arboleda que me permitiera observarlo discretamente, sin que él se enterara. Quería ver todo lo que hiciera, por más insignificante que pareciera. Actuando con perseverancia, descubrí en mi tío, variadas y delicadas reacciones corporales, manifestadas en sus vivencias cotidianas frente a los elementos naturales que en el sitio le proporcionaban: luz, aire, sonidos y los matices de colores que formaban parte de aquel su mundo mágico. Observé detenidamente, que durante las horas que cada día destinaba amorosamente a trabajar su parcela, cuidar el ganado y ordeñar, platicaba en voz alta recorriendo los espacios dedicados a los frutales, acariciaba las Sementeras que parecían alardear del verdor de las legumbres y hortalizas, recorría los surcos que presumían con los crecidos maizales y la recompensa de las mazorcas que palpaba cada amanecer, colmando todo ello en su mente, así lo comprendí, de lo necesario para la charla vecinal.

Cantaron los guitarreros rurales, aún vigentes en el uso del mensaje y la palabra, allá por los años cuarenta del siglo veinte y que hoy, transitan extraviados, casi olvidados… calladas sus voces en la ruleta del tiempo que anda lenta, entre los abismos y cumbres serreñas, que Fermín, el “Cuentero”, empezó su carrera de narrador, platicando cualquier tema en boga, rodeado por la familia que antes de dormir, disfrutaban lo conversado, saboreando el tradicional “atole pinole”, o un buen mezcal, junto al calorcillo de las brasas de la cocina, que hacía más llevaderas las noches invernales. En un pueblo chico, con menos de cuatrocientos habitantes, alguien de la propia parentela, seguramente, lo dijo con todas sus letras en la reunión” plazuelera” acostumbrada cada atardecer: el tío Fermín es ¡buenísimo para contar historias! Se corrió la voz…Y se confirmó lo dicho: Don Fermín Picos, sabía contar cuentos ¡como nadie!

Empezaron a ir, primero los chiquillos del barrio … y como la corriente del río que, en temporada de lluvias, arrastra todo tipo de cacharros, el gentío inundó por completo el portal de la casa de la familia Picos Velázquez; se arremolinaron, además de alumnos de la escuela, mujeres, hombres mayores, adolescentes y hasta uno que otro viejón trasnochado, que no tenía nada que hacer al día siguiente. Acudían a su vivienda al anochecer, después de la cena, cada sábado. Formábamos empezando por los familiares cercanos, un semicírculo a partir del sillón de madera y vaqueta de res que él ocupaba, teniendo a su espalda la pared que servía de escenario al amplio espacio del portal, donde se llevaba a cabo la reunión con los ávidos oyentes. Fue tan grande el éxito del tío contando cuentos, que en la llamada temporada de aguas o de verano, sorpresivamente, empezaron a llegar a vacacionar a San Javier, escolares originarios de otros pueblos, con el único propósito de escuchar al ya famoso “Cuentero”, como se le conocía en las rancherías aledañas.

Por cierto, la Directiva de la Comunidad de San Francisco Javier de Cabazan, que es el nombre oficial de San Javier, cabecera de Sindicatura, en sesión extraordinaria, propuso y obtuvo el acuerdo unánime para designarlo como Cronista oficial del pueblo, asignándole una pequeña compensación por la tarea cultural que difundía y le era reconocida por la misma primera Autoridad Municipal, que, con su presencia en la Asamblea de Comuneros, avaló y legitimó el reconocimiento. Como sobrino perteneciente al primer círculo familiar, en tanto –mi abuelo Miguel y el tío Fermín, se casaron con dos hermanas-, disfruté de la mayor influencia con los vacacionistas que habían llegado al pueblo para escuchar los cuentos, durante los tres meses que vacacionábamos en esos ayeres. Fui reconocido como sobrino favorito, gracias a que siempre conté con el apoyo y la complicidad de Graciela, su hija mayor, quien no obstante tener cinco años más que yo, logramos mantener una buena amistad bastante conveniente, pues además de ayudarme en las tareas escolares, me regalaba dulces y galletas de animalitos.

La prima “Chela”, se comprometió a hablar muy bien de mí, ante su padre, siempre y cuando, a cambio, en las pláticas que tenía con mis amigos, asegurara y, de ser necesario, lo hiciera bajo juramento: respecto a dos cosas que tenían que ver con su persona: que era sólo dos años mayor que yo, y que, conservaba su virginidad.! Confieso que nunca logré descifrarla preocupación que la prima retuvo durante años, sobre su castidad. Recuerdo que más por curiosidad que por otra cosa, pedí a la pariente me explicara aquello que tanto le afligía. A los días me buscó y apartados de presencias y miradas curiosas, mostró un libraco de enfermería que había conseguido en préstamo; luego con actitud y voz de misterio, leyó: “HIMEN. Membrana, que en general, obstruye parcialmente la vagina de las vírgenes”. No entendí nada. Se lo dije…, lo pensó unos momentos y entonces, en el uso del sentido práctico campirano, creyendo resolver así mi ignorancia sobre el embarazoso asunto, palpó su parte íntima con ambas manos y acercando los labios a mi oído, dijo: “tú no te preocupes, primo, lo que te acabo de leer sobre el himen y la virginidad, son cosas de mujeres…, como lo contaría el tío Fermín”.

* Autor y Notario

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