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MALINCHE

Por martes 30 de abril de 2019 Sin Comentarios

PRIMAVERA ENCINAS

Ser mujer cuando ni siquiera eres considerada un ser humano y todavía una traidora, deja mucho que desear. Eso piensa Malintzin cuando en retrospectiva, medita en los costos y ganancias de una existencia turbulenta, repleta de altibajos, pero también de ciertas recompensas.

Mirando el horizonte en su casa en Coyoacán, fruto de su alianza con los conquistadores, recuerda lo lejos que ha llegado. De ser una simple esclava, vendida por su propia madre, pasando de mano en mano hasta estar con Cortés.

Aún puede recordar cuando conoció a los extranjeros. Le impresionó su altura, su color, esa forma tan poco usual de comportarse, carente de modales y hábitos de higiene. Formaba parte de un grupo de mujeres sin rostro ni identidad, que integraban el obsequio de un cacique para congraciarse con los europeos.

¿Qué me ven? Hubiera querido decirles, pero en vez de eso calló, soportando la mirada lujuriosa de los soldados con armadura metálica, algo que desconocía hasta entonces, así como a las bestias que los transportaban a todas partes.

Cortés no la observó en particular, sino mucho después, esa mañana se concentró en hacer tratos con el cacique y sus hombres; tratando de entender mediante Aguilar, ese complicado idioma que los recibió en la medida que avanzaban por la costa.

Estaba acostumbrada a la lujuria masculina, no en vano había pasado por varios amos indígenas. No pudo evitar comparar los cuerpos, imaginar los alientos, sus manoteos. ¿Serán tan violentos como mi anteriorCaminó con la vista baja, así le habían enseñado, pero de reojo observaba y escuchaba los extraños sonidos, intentando familiarizarse con la nueva lengua. Tenía facilidad para los dialectos, dominaba el maya y el náhuatl. Conforme pasaban los días, iba reconociendo los vocablos. señor? Se preguntó temerosa por el incierto futuro.

En el lecho, todo ocurrió más o menos similar cuando fue designada a uno de los capitanes. Debía preparar sus alimentos, obedecer cada una de sus órdenes, tumbarse cada vez que quisiera introducirse en ella. A estas alturas, uno u otro le daba igual, aunque éste fuese blanco y hablara en castellano. Normalmente hacía mucho ruido, añorando las latitudes españolas que había dejado por embarcarse a la aventura en esas tierras que personalmente aún no le daban frutos.

Después entendería más o menos sus palabras, pero en ese entonces Malintzin comprendía que vaciaba su frustración en su cuerpo, mediante gritos y uno que otro golpe.

−¿Qué no sabes nadAventaba el pulque cuando extrañaba a su anterior mujer. Ella entendía el mensaje, por la forma como se expresaba sobre la comida, sus posturas sexuales, o al tener los ojos humedecidos, los cuales limpiaba a prisa. Entre sus sábanas, Malintzin concluiría que a los varones hay que darle por el lado, decirles que sí, bajar la cabeza, pero maniobrar poco a poco mientras se va escalando. No en vano supo llamar la atención de Cortés. Cuando él comprendió la joya que tenía en frente, la utilizó para conquistar Tenochtitlán. ¿Cómo iba a pensar que sería la más respetada entre las mujeres? La amante del señor al que obedecían todos, incluyendo el mismo Moctezuma? ¡Anda, anda, trame algo mejor que esta porquería!

Para ella, sólo era un hombre desnudo, que a veces no podía de lo borracho, que posiblemente asesinó a su esposa, y vivía amargado por no conseguir que Carlos V lo afianzara con los correspondientes títulos.

Cuando intentaba darle placer después de una tarde con sus capitanes, reaccionaba furioso por la indiferencia con sus capitanes, reaccionaba furioso por la indiferencia del emperador europeo y las posibles sublevaciones. En ocasiones parecía incapaz con semejante tarea. El territorio le parecía tan vasto, nuevas tribus se aparecían en la medida que seguía hacia el sur.

−¿En dónde termina esto? –gritaba abrumado por sus ambiciones.

Quería abarcarlo todo, conquistarlo todo, pero en el norte, estaban los Chichimecas, y en el sur los Zapotecas, los Mayas y otros pueblos que no le interesaba identificar.

Ella callaba, sin contradecirlo, sin aconsejarlo más de lo necesario, después de todo era el “gran señor”

−Esta tierra es mucho más antigua que tú –hubiese querido decirle- Es más antigua que el tiempo, contiene una sabiduría que eres incapaz de comprender.

Nunca sintió afinidad con los mexicas, después de todo eran unos opresores con su gente, pero tarde o temprano concluyó que los españoles imponían una cultura cuando en esas tierras ya existían civilizaciones extraordinarias.

Todavía podía experimentar el escalofrío cuando destruían Cholula. Nunca imaginó que sus acciones de traductora desencadenarían ese infierno. No es que se arrepintiera de sus decisiones, pero, jamás calculó la dimensión que adquirirían. Si cerraba los ojos, podía ver los incendios, la cantidad de muertos dentro de la ciudad y en los caminos, el olor a humo, la sangre. Lo mismo sucedió con la caída de Tenochtitlán, esa capital imperial de una belleza inusitada.

Sin embargo, participó voluntariamente y caminaba orgullosa junto a Cortés, traduciendo a Moctezuma. La gente la miraba con rencor, pero también con respeto, y eso era nuevo para ella.

A pesar de que se convirtió al cristianismo, sigue rezando a sus dioses en secreto, sobre todo cuando Cortés le quitó a Martín, el hijo de ambos, después de desdeñarla como amante.

−Un mestizo, que no cabe ni en tu mundo ni en el mío, Hernán –piensa frente al atardecer.

Fue difícil para ella, entender eso. Martín no le pertenece. Forma parte de una nueva raza mezclada, despreciada por unos y otros.

−¿Qué será de ti hijo mío?

Martín reniega de su origen indígena, sólo quiere parecerse al padre.

Malintzin sacude la cabeza con amargura. La casaron con Jaramillo quien le dio una hija, pero en su fuero interno, aún evoca cuando era una niña, y no conocía a esos hombres incapaces de saciar su ambición.

* Licenciada en Psicología

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