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UN BUEN ACUERDO

Por miércoles 30 de enero de 2019 Sin Comentarios

JAIME IRIZAR

Una de las ventajas de cumplir muchos años es que ello te permite acumular experiencias propias y ajenas, agregarlas a la información recabada en instituciones educativas a lo largo de la vida para luego analizarlas y poder empezar a construir juicios más apegados a la verdad. Lo que constituye un círculo virtuoso del conocimiento.Hoy me senté a hacer un recorrido mental por todos los espacios y los tiempos vividos. El entorno familiar, el escolar, el afectivo, laboral, en fin, todos los ámbitos que nos llenan de ideas, valores, principios, prejuicios y conductas que te marcan para toda la vida.

De este análisis concluí, entre otras cosas, que mucha gente se empeña en ser infeliz por no detenerse a pensar en que si todo lo aprendido, en realidad contribuye a encontrar la armonía y la paz interior. Cuestionar y dudar de todo lo enseñado y aprendido para luego depurar lo que no abona a nuestra felicidad, debería ser un ejercicio prioritario y obligatorio de toda persona adulta.Miré a la derecha y a la izquierda de los grupos de amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo o escuela y con cierta frecuencia encontré a muchos librando una guerra interna que no les permitía realizarse del todo. Era muy obvia la insatisfacción personal reflejada en sus actos. Algunos gastaban enormes energías mentales y físicas para tratar de aparentar ser lo que no son. Eran quienes en aras de dar gusto a terceros sacrificaban su existencia. Otros pretendían en todo momento llevar un tren de vida que no correspondía a sus ingresos y sufrían por ello. También vi a muchos que a sabiendas de que nadie más que uno mismo conoce de fondo sus potencialidades, virtudes, alcances, vicios, intentaban hacerle creer al resto del mundo que eran los más inteligentes o amorosos en cualesquier tipos de relación que sostenían, cuando en realidad eran todo lo contrario a lo manifestado.

De niños por la influencia religiosa fuimos creados bajo la sombra del temor a los demonios y a la idea del pecado. Eso y otras fantasías normaron nuestra conducta en la infancia. Crecimos y sin hacer un ejercicio de razón, no depuramos esas ideas nefastas y las seguimos dejando en el inconsciente para que influyeran negativamente en nosotros. Nuestros demonios internos se vieron fortalecidos con esta actitud. Es por eso que vemos tanta gente triste e infeliz. Pues no han podido conciliarse con ellos mismos. Lograr un buen acuerdo es vital para acercarse a la felicidad. Aceptar la realidad como es, no como nos gustaría que fuese, ese es el buen principio y el mejor de los secretos de los hombres y mujeres realizados. He visto a diario a personas de ambos sexos sudar a diario dolor y amargura porque no se aceptan como son. Sufren por su apariencia física, también por tener ideas y conductas diferentes al resto de las mayorías, por sus hobbies y pasatiempos raros, por su particular preferencia sexual, sin olvidar que padecen también por el hecho de tener ciertas inclinaciones religiosas o políticas no compatibles o bien toleradas por el resto de la sociedad en que viven. El ser diferente lo interpretan como algo malo y por ende viven en un conflicto interno permanente. Quieren ser como ellos saben que son, pero circunstancias externas los obligan a ser como las mayorías.

En el argot legal, se dice que vale más un mal arreglo que un buen pleito. En base a ello creo yo que se debe llegar a una reconciliación con nosotros mismos primero, para luego concertar un buen acuerdo con los demás, de tal suerte que a todo deje satisfecho.Cabe decir que nadie es tan diferente que no encuentre en el mundo sus pares. Hay que buscarlos con real interés, pues de todos es sabido que entre iguales se encuentra más fácilmente la felicidad.

De manera breve y con ánimo de ejemplarizar las ventajas de un buen acuerdo platicaré una historia que una prima tuvo a bien contarme: Resulta que ella anduvo de novia por más de un año con un profesionista muy estimado y prestigiado en la ciudad en que vivían. Cabe mencionar que él era una persona preparada y ya entrado en años. Durante el dicho periodo de noviazgo, muchas de sus amigas y familiares que la estimaban, aconsejaban que rompiera esa relación en virtud de que era un secreto a gritos, que a su novio le atraían sobremanera los de su mismo sexo. Cosa que ella negaba, confiada en que en la soledad de las entrevistas y las penumbras que con frecuencia buscaban como novios, ella corroboraba de manera constante su hombría. Pero en pueblo chico, infierno grande. Los comentarios se hicieron más frecuentes y tal fue la insistencia de los miembros de su familia para evitar esa unión, que, cansada de tantas advertencias maliciosas, ante sus padres se comprometió, para que no se preocuparan más, que, si de verdad resultaban cierto las habladurías, ella en castigo personal le seria fiel hasta la muerte y aceptaría con madurez el destino que su decisión le marcaria, tratando en todo momento de ser feliz así. Les dijo que no pensaría nunca en un divorcio a sabiendas de que entendía que esa era una de las preocupaciones principales de sus padres, dada su rígida formación religiosa. No todo lo que se promete se puede cumplir. Hay muchos factores que nos lo impiden siguió diciendo mi prima. Al poco tiempo después de la boda, una sombra de tristeza oscureció su rostro. La otra cara de alegría y felicidad con que todos la conocíamos iba quedando en el olvido. Los hijos no dijeron presente en ese matrimonio. El malhumor y los pleitos reinaban en ese hogar. Pero ella fiel a su promesa siguió ocultando su verdad sin ningún intento de disolver el vínculo matrimonial, mucho menos confesar que se había equivocado.

Eran ellos, una pareja de profesionistas exitosos, sin problemas económicos, con un nivel de vida más que aceptable, pero la puerta principal de su hogar no permitía la entrada de la felicidad. Pasó el tiempo, y con él fue corroborando que ante la ausencia del cumplimiento de los deberes conyugales resultó que todo lo hablado sobre su conducta sexual tenía mucho de verdad. El mundo se le vino encima ante esta revelación. Y como sucede con frecuencia que cuando estas más agobiado y aturdido con tus problemas surge una señal que te renueva la esperanza e ilumina tu mente. El esbozo de una nueva ilusión toco su puerta. Los principios morales y religiosos no le dejaron de inicio que la abriera. Por ello más grande se hizo su dolor y la motivación para encontrar una respuesta. Pero un buen díadecidió tomar el toro por los cuernos, se sentó a analizar todos y cada uno de los aspectos de su vida, principalmente aquellos que limitaban su felicidad. Hizo un análisis exhaustivo de sus principios, valores, prejuicios y convencionalismos sociales. Se determinó a actualizar los mismos a la luz de lo aprendido hasta la fecha. Desechó toda idea que le causara temor, vergüenza y la hiciera sentir culpable. Concluyó que la única razón del vivir es ser feliz y que ella tras su matrimonio había dejado de serlo. Tras este proceso catártico intenso, se armó de valor e invitó a su pareja a tener una larga charla, en la que se trataría elementalmente sobre aspiraciones, anhelos y preferencias de ambos, sin olvidar la imperiosa necesidad de ser auténticos para intentar ser felices. “Acalzón quitado” se habló largo y tendido sobre las realidades, se exhorto a la aceptación de las mismas. Reconocieron que en su tiempo el matrimonio les brindo una ventaja social. A ella, poder quitarse de su espalda el peso que por convencionalismos la sociedad le impone a toda mujer por no haberse casado a cierta edad. A él, le permitió destensar su estilo de vida, minimizar los ríos de rumores, burlas, sospechas y comentarios ofensivos a que daban pie sus veladas preferencias sexuales, sin olvidar que se vería menos afectado en su crédito profesional por tales señalamientos, además de que se fortalecerían sus aspiraciones políticas al tener un status civil mejor aceptado. Nada mejor que reconciliarse con uno mismo se decían. Nada puede compararse al hecho de conocer a fondo tus demonios internos para luego someterlos a tu voluntad. Ya es tiempo de amarrar los perros para que nos dejen vivir la vida con la libertad que deseamos. Aceptar nuestras realidades y proponernos vivir con apego a ellas, es un buen principio para construir una nueva y mejor vida. Somos adultos se repetían hasta el cansancio entre sí, no nos debemos a nadie. Vivamos como tales.

Me contaron que, tras este honesto ejercicio de análisis, pudieron por fin estar de acuerdo. El con la certeza de su indisoluble matrimonio, siguió teniendo el respeto de la sociedad machista en que vivía, y con la discreción del mundo podría seguir fortaleciendo sin culpas su preferencia sexual. Su carrera política siguió en ascenso y a partir de entonces su felicidad fue completa. Ella, habiendo ya cumplido con un convencionalismo social y religioso, sin el peso del que dirán, y con la anuencia del marido, podría salir a buscar lo que no tenía en su casa. Obviamente de acuerdo en hacerlo con el mayor de los sigilos y recatos para no afectarse mutuamente. Y si se daban las condiciones, podría abrir de nuevo la puerta al amor con la posibilidad, previo arreglo entrambos, de procrear un hijo que obviamente seria ante los ojos del mundo, el producto de su matrimonio, y de esta manera por fin construir una relación madura, libre, sin presión alguna que sin duda dejaría satisfechos a los cuatro. Lo que en realidad así fue. En tono de broma, mi prima finalizó su relato diciéndome que tras este penoso incidente, ella tuvo en casa una gran amiga más, de tiempo completo, que le opinaba con sinceridad sobre su atuendo y maquillaje, le cocinara y comprara ropa de muy buen gusto. Que más le podía pedir a la vida.

Al margen de esta breve historia referencial para ejemplarizar la importancia de los buenos acuerdos, les quiero traer a la memoria el dicho de que los pleitos ni ganados son buenos. Si esto aplica a las diferencias que tenemos con el resto del mundo, imagínense que puede resultar del estar peleado con uno mismo. De que se pierde, se pierde en esta clase de pleito. De ahí la importancia de llegar a un buen acuerdo con nosotros primero, luego con los demás y con el universo mismo. Si no te aceptas como en realidad tú sabes que eres, nunca vas a ser feliz y tampoco podrás hacer feliz a nadie en tu entorno. Es obvio que nadie puede dar lo que no tiene. Tras esta confesión de mi prima, sin ser un especialista en la materia, pero siempre con una gran curiosidad, me he dado a la tarea de estudiar las conductas de quienes me rodean y sufren, procurando entender cuál es la razón de su mal genio permanente, la ausencia de sonrisas, el enojo constante, la falta de entusiasmo y alegría en su día a día. Tengo amigos que se enojan con su mujer hasta porque el hielo de las sodas está muy helado; otros que no toleran la más mínima broma. Una gran mayoría se la viven quejándose de su condición económica. Hay quienes también reflejan sus frustraciones en su trato para con sus hijos y familiares. En fin, a esos me dan ganas de relatarles la historia de mi prima para exhortarlos a que se analicen, aunque sea una vez en su vida, y puedan encontrar la causa de su carácter, temperamento e infelicidad. Que aprendan a perdonar y perdonarse, para que reinicien una vida con mayores posibilidades de gozo y plenitud. Son muchas las causas que nos pueden limitar nuestras vidas. Hay que intentar conocerlas a fondo. Recabar toda la información posible sobre nuestros problemas es caminar seguro en vías de encontrar la solución a ellos. Ignorar y aplazar el análisis del problema no resuelve nada. Cierto es que puede doler el enfrentar todas las variables de nuestra realidad. Enfrentar nuestros propios demonios no es agradable. Sé que no es tarea fácil, pero si no se intenta,será aún más complicada nuestra existencia.

Reitero, si la razón del vivir es ser feliz, por qué no intentar a diario serlo. No hay soluciones mágicas para encontrar la felicidad. Hay que luchar por ella. El día que vivimos, es el único tiempo que tenemos para lograrlo. Bien por mi prima y su esposo que llegaron a un buen acuerdo.

* Medico y Autor

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