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CUANDO MENOS… DAME UNA FERIA Y AHÍ MUERE

Por viernes 30 de noviembre de 2018 Sin Comentarios

TEODOSO NAVIDAD SALAZAR

Esto sucedió al iniciar la época de los años ochenta. El infierno del calor en el norte de nuestra entidad empezaba a despedirse. La autoridad educativa me había asignado como director de la escuela de aquella comunidad, que aunque estaba a pocos minutos de la ciudad de Guasave, lucía una cara triste; insalubre; con luz eléctrica, pero sin agua entubada, ni drenaje; sus calles mal trazadas estaban enmontadas y llenas de basura por todos lados.
Luego de la obligada reunión con padres de familia y la autoridad municipal del lugar, mis compañeros y yo, coincidimos en que había mucho por hacer, más allá de las tareas escolares; pensando y actuando que pusimos manos a la obra.
A los pocos días gestionamos ante el Sector Salud una campaña de vacunación (que causó terror en los pequeños). De la Universidad Autónoma de Sinaloa nos enviaron estudiantes de enfermería, medicina y trabajo social, que por más de dos semanas apoyaron con charlas sobre higiene personal, preparación de alimentos, tratamiento de agua para beber, prevención de adicciones, etcétera. Recuerdo también que una brigada de estudiantes de ingeniería, participó en la alineación de calles y solares.
No fue fácil esta empresa. Hubo resistencia al principio, pero luego se convencieron de que era lo mejor para toda la comunidad. Primero fueron jóvenes de ambos sexos quienes se acercaron a nosotros para ver en qué podían ser útiles. Ellos serían el ejemplo; después amas de casa y luego los padres de familia facilitaron las tareas con su participación y en poco tiempo la comunidad tuvo otro rostro.
Parecía increíble que, al finalizar el siglo XX, existieran comunidades tan olvidadas en una entidad como la nuestra; más aún, en esa región llamada “El Corazón Agrícola de México”, sin embargo aquello, era una realidad.
Con algunas relaciones de amigos en la presidencia municipal, se logró la creación de un Comité de Participación Ciudadana, para que realizara rifas, bailes, fiestas y otras actividades para mejorar aquella comunidad tan necesitada. Á través de una empresa cervecera se contrató un grupo musical; se acondicionó un local para llevar a cabo el primer baile. Por las radios XEGS y XEORO, se anunció la dicha fiesta invitando a los habitantes de poblados circunvecinos a participar. Todo estaba dispuesto. Las comisiones repartidas; el presidente del Consejo de Participación Ciudadana, muy en su papel, la tesorera, dispuesta a cuidar lo que se tuviera de entradas para rendir un buen informe financiero y todos los demás miembros con el mejor de los ánimos. Como el baile era de la comunidad y los maestros no teníamos nada que ver con el desarrollo del mismo, no asistimos. Por lo que a mí respecta, el viernes por la tardenoche, tomé un transporte Norte de Sonora y me fui a Culiacán a ver a mi familia. El lunes temprano a las siete y media de la mañana, mis compañeros y yo, ya estábamos prestos en los patios de la escuela, recibiendo a los niños, y ultimando detalles para los honores a nuestro Lábaro Patrio. Poco a poco fueron llegando los niños, bañados, bien peinados, uniforme escolar limpio y planchado; algunos acompañados de sus mamás. No faltó quien me preguntara si ya sabía lo que había pasado en el baile, la noche del sábado. Me alarmé, porque en ese tipo de fiestas en ocasiones hay pleitos suscitados al calor de las copas, viejas rencillas salen a relucir, algún novio celoso o algún malentendido. Como nunca faltan las señoras “comunicativas”, se me acercaron algunas y una de ellas me relató los acontecimientos. Es un escándalo maestrome dijo la señora. No me diga- le contesté.
Pues sí le digo – mire fue un baile como pocos en la región. -Hubo mucha gente- comentaba la mujer haciendo aspaviento con sus manos- El local se llenó de bailadores, se acabó la cerveza desde muy temprano, y los del Comité se fueron a Guasave a traer más cartones. “Qué le cuento, que el presidente de Consejo de Participación, pasada la media noche, ya traía una guarapeta bastante regular. Empezó a bailar con la tesorera, ¡mujer casada, señor!, es la esposa de El Pecoso, un borrachín desobligado al que ella no toma en cuenta, ya que no aporta nada para darles de comer al chorro de plebes que tienen. Ya por la madrugada la tesorera le confesó a una amiga que se iba con el presidente del Consejo: es decir que se fugaba con él. ¡Figúrese usted maestro! La tesorera le dijo que le encargaba a los chamacos y que en unos días más se comunicaría con ella”. Hablando “hasta por los codos”, aquella mujer me dio “Santo y seña”, con lujo de detalle sobre lo ocurrido (según su entender-me dijo), aquella noche. No quise saber en realidad, cómo se dieron los hechos. Lo cierto que era un escándalo y evadí hacer comentarios al respecto; lo mismo pedí a mis compañeros maestros y a los niños para que no contribuyeran a hacer más grande el asunto que fue tema de comentarios más allá del ejido, donde todos se conocían y sabían lo que había pasado. Aquello pues, andaba en boca de todos. El acontecimiento tomó visos de tragedia, ya que el marido ofendido, según había declarado en el abarrote del lugar (para que todos lo oyeran) los buscaba para matarlos. Por lo tanto, se me pedía que yo interviniera para calmar los ánimos y evitar la tragedia. Pero como todo lo que empieza termina (según se comentó después), al agotarse los dineros tomados de la fiesta y venta de cerveza, los enamorados volvieron a sus respectivas casas: cada uno por su lado.
Cuando el marido ofendido se enteró del regreso del Presidente del Consejo de Participación, decidió ir buscarlo. El pobre borrachín, como siempre, andaba sin un peso en la bolsa, lo único que le acompañaba era una cruda espantosa; antes de ir a su encuentro, le urgía conseguir un poco de alcohol (que luego mezclaba con refresco), para mitigar la resaca, pero no encontró a nadie que aliviara sus apuros. Los rayos del sol habían calentado el ambiente y el pobre infeliz sudaba como un condenado a muerte. El calor hacía estragos en su escuálida humanidad. El hombre agraviado con paso inseguro, caminó por la polvosa calle hasta donde vivía quien le había volado a “su amada”. Ya frente a su casa y desde la media calle, a gritos lo conminó a que saliera para arreglar un asunto importante. Una y otra vez lo llamó para que saliera para arreglar el pendiente que ambos tenían.
Después de insistentes llamados, el Presidente del Consejo de Participación, apareció en la puerta, y con paso firme salió hasta la media calle y lo encaró: qué pasa Pecoso. El Pecoso, peló tamaños ojotes; estaban por fin frente a frente. Por un momento olvidó a qué había ido. Quiso tragar saliva pero traía la boca reseca.
Las palabras se negaron a salir. Finalmente tartamudeó. Estaba impresionado ante el aplomo de su interlocutor, qué ya sabía de las bravatas hechas por el borrachín en el abarrote del ejido así como de la amenaza de matarlo en cuanto lo encontrara. Cuando por fin pudo articular palabra, le dijo: Oye compa, pos ¿qué pasó? te llevaste a mi vieja.
Yo no me la llevé; ella quiso irse conmigo. -Uno es hombre y… pos “cómo me le iba a rajar”-contestó con firmeza el Presidente del Consejo de Participación.
-Oye compa, pero es mi mujer- replicó El Pecoso- te imaginas qué vergüenza, no sabes todo lo que dicen de mí, no hayo donde meterme de la vergüenza que traigo; qué pensarán mis amistades…todo el rancho se ha reído de mí.
Y qué quieres que haga?- contestó el rival. Después de ese dialogo se hizo un prolongado silencio, aquel pobre hombre miraba para todos. Con una mano se rascaba la cabeza y con la otra sostenía sus pantalones que amenazaban con caérsele. Finalmente El Pecoso acertó a decir: pos mira compa, no quiero problemas, siempre hemos sido amigos. Mira, para que veas que jalo, y que no hay bronca conmigo, no más dame una feria y ahí muere.
Quienes observaban desde los portales de sus casas, señalan que el Presidente del Consejo de Participación metió la mano a uno de los bolsillos de su pantalón y algo le entregó al Pecoso, quien se retiró después de darle la mano a su rival en amores.
En realidad no supe, ni quise investigar cuánto le daría el presidente del Consejo de Participación, al popular Pecoso. Lo cierto es que a los pocos días, ambos personajes convivían como buenos amigos: como si nada hubiera pasado. Afortunadamente la sangre no llegó al río y yo, no me vi obligado a mediar en aquél bochornoso conflicto en el que nada tenía que ver.

* La Promesa, Eldorado, Sinaloa. Comentarios y sugerencias
a teodosonavidad@hotmail.com

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