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ALFREDO LEYVA PADILLA

Por jueves 15 de noviembre de 2018 3 Comentarios

TEODOSO NAVIDAD SALAZAR

El pasado mes de julio de este año, murió don Alfredo Leyva Padilla. Mi sobrino Diego me llamó para informarme. La noticia me cimbró porque don Alfredo fue un excelente ser humano; amigo de mis padres y de toda la familia. Llegó al ejido Mezquitillo, municipio de Culiacán, después de un reacomodo agrario; lugar en el que pasé varios años de mi lejana niñez; tiempo suficiente para conocer a este hombre de gran sentido humano. Lo recuerdo siempre aseado, detrás del mostrador de su abarrote, vistiendo camiseta blanca cuello redondo; algunas veces mandil del mismo color; recibía a sus clientes desde temprana hora, o a sus proveedores con aquella sonrisa tan suya, que dejaba al descubierto su dentadura. A pesar de mi corta edad cultivé con él buena amistad. Su trato fue siempre de respeto para todos y a cada cual dio su lugar. Desde luego que había quien se llevara pesado con él, pero sorteaba el vendaval y aguantaba la broma.
De su llegada tengo recuerdos vagos; entre ellos su camioneta de modelo antiguo, la construcción de su casa y su abarrote. Después con más claridad recuerdo que, junto con doña Elvira (su inseparable esposa) trabajaron mucho para sacar a la familia adelante. A ella la recuerdo siempre limpia, activa: una mujer de lucha; ayudando a su esposo, combinando tareas del hogar y la crianza de los hijos. Recuerdo tan bien que en tiempo de calor doña Elvira sacaba una mesa de madera bajo el tejabán, y una barra de hielo para vender los tradicionales raspados que mitigaban la sed de chicos y grandes. Al medio día al salir de la escuela, antes de llegar a casa, era común ver a la chiquillada caminar por aquellas polvosas calles rumbo a la tienda de don Alfredo Leyva para disfrutar un raspado de ciruela, tamarindo, limón, mango o de esencias de frutas con su respectiva lecherita, que doña Elvira preparaba y ponía en frascos de vidrio muy limpios donde se arremolinaban las abejas.
La vida para los habitantes en el ejido fue difícil, la economía de aquel entonces muchas veces no permitía que un solo niño comprara un raspado, por lo que, en más de las ocasiones se cooperaba entre dos (diez centavos cada uno) para completar el veinte que costaba un vaso chico y compartirlo con el hermano, el primo o el amigo. Lo mismo pasaba con los refrescos. Qué tiempos aquellos de los Luceritos, Misterq, Titán, Squirt, Pepsi, Fanta o Vita; una Chaparrita en Naranjo, Jarritos o un Seven-ap. Generalmente se compraba entre dos y se compartía por igual. ¿Cuántas veces cuando no completábamos el costo, don Alfredo nos fió? No lo sé. Pero fueron muchas. Fue hombre de carácter afable, hizo de la amistad una fortaleza y muchas veces depositó la confianza en sus clientes. Estamos hablando de los años sesenta. Pocos usaban zapatos, se comía mal, las gentes andaban remendados de sus pantalones o camisas. Las casas eran muy humildes: de tule, paja, o de lámina de cartón, pocas tenían paredes de madera o ladrillo. Había miseria. En nuestro país, hacía aproximadamente 36 años había terminado la Revolución Mexicana iniciada en 1910; para 1924 el país apenas empezaba a serenarse; aquel movimiento había costado, tal vez, poco más de un millón de vidas mexicanas. México seguía siendo un país eminentemente rural; pocas clínicas médicas y médicos también. Las personas podían morir desde un piquete de alacrán, por desnutrición, sarampión, disentería, infecciones estomacales, tosferina o tétano.
En cuanto al sector educativo, a través del Centro de Mejoramiento profesional y después el Centro de Capacitación del Magisterio se habilitó a muchos jóvenes como profesores para hacerle frente al analfabetismo. Con esta misión llegaron al ejido Mezquitillo, primero Catalino Ávila Gómez, después Antonio Tirado Guzmán, Eustolia Payán Salomón, la maestra Ludivina (de Costa Rica) y de manera pasajera la maestra Cuquis (no recuerdo los apellidos); Miguel Ángel Rojas Manzano y Alejandro Carrillo. Todos ellos dejaron huella en los niños de la época, entre ellos el que esto escribe. Había en el ejido creo unos dos o tres carros, que en temporada de lluvias se las veían negras para transitar por el bordo del canal porque los barriales se convertían en verdaderos lodazales; pocas bicicletas, una o dos motos y párele de contar. Todos los demás andábamos de raite o caminábamos hasta el campo Eureka para tomar el camión ya fuera a Costa Rica, Eldorado o Culiacán. Recuerdo también que todos aquellos que tenían bicicleta, la encargaban con doña Alejandra que tenía un abarrote a la orilla de la carretera. En los primeros años de los sesenta se otorgó la tierra a muchos campesinos como los de Mezquitillo (Chapeteado), de manera provisional y así se empezó a trabajarla. Llegaron a lo que sería el nuevo asentamiento agrario, Rodolfo y Ramón Castañeda, que fue el primer comisariado ejidal. José Salas, Encarnación López y Felipe Luna; Francisco Santillanes; don Pancho Dulces, Enrique Camacho, José Guzmán (El Corochi); don Salvador Vázquez y Valentín Trujillo; Secundina Murillo; doña Trinidad Bojórquez Peñuelas, Loreto Rodríguez, doña Albina Ávila, Leonor Murillo, Prisciliano Zárate, Alejandro Navidad García (mi padre). Llegaron también, muy joven, Alfredo Leyva Padilla; los hermanos Chemo, Chava y Manuel Lugo. Engracia Lugo Marrón; Israel Zárate, Cruz Aguirre, los hermanos Juan y Ernesto Araiza; Juan Lizárraga (El Mono); Rafael y José Naranjo; Espiridión y Benjamín Gallegos ( El Micho); don Antonio Granados y Moisés Suarez, don Julián Patiño, Agustín Trujillo y don Alfonso Aguilar; don Irineo Meza y José María Meza; Rafael Zárate; José Casillas; Rafael Hernández, Isaías y Alfonso Gallegos, y tal vez otros que escapan a la memoria. También recuerdo la llegada de la energía eléctrica al ejido; el día que se encendieron las luces de la calle fue una fiesta para todos. Mucha gente permaneció en las esquinas hasta muy noche, comentando aquel acontecimiento que vino a hacer más fácil la vida de los habitantes, aunque hubo familias que se resistieron a contratar la “luz”, por temor a un incendio en muchas de las casas que eran de tule y paja.
Los refrescos antes enfriados en hieleras de madera, ahora se helaban en refrigeradores otorgados por la Coca-cola o Pepsi-cola. En la medida de sus posibilidades, la gente en el ejido fue comprando abanicos para hacerle frente al calor y los moscos. Las mujeres también se beneficiaron, ya no calentaron las planchas en el comal o en las brazas, pues llegaron las eléctricas. Un acontecimiento para los habitantes del ejido lo fue, cuando don Alfredo compró una televisión en blanco y negro para que sus clientes pudieran ver la programación en determinados horarios, sobre todo por la tarde-noche. Quienes éramos niños nos maravillamos con las primeras caricaturas y aventuras del hombre de acero; las películas de El Santo el enmascarado de plata, Bonanza, Los Comandos del desierto, Los Pioneros y otros programas de entretenimiento. Siempre en domingo, dirigido por Raúl Velazco, era las delicias y entretenimiento de las personas. Ahí se daba a conocer nuevos cantantes y actores; En familia con Chabelo, fue otro programa que entretenía a chicos y grandes. Recuerdo que también se rentaban cuentos de Lagrimas y Risas, Tarzán, Kalimán, Arandú, El Santo, Walt Disney,, por mencionar algunos. Todos los niños queríamos parecernos a los personajes de estas historietas. Aquellos que tenían la fortuna de entrar a los cines “Hungaros” que llegaban al ejido de vez en cuando, tenían la oportunidad de ver las películas de los Hermanos Almada, Antonio y Luis Aguilar, Pedro Infante, Tintan, Fernando Casanova y contarlas a quienes no podíamos pagar una entrada.
Con el tiempo la asistencia a la improvisada sala para ver televisión, fue mermando, pues las familias fueron adquiriendo sus aparatos, ya fuera de contado o fiada por alguna casas comercial de Culiacán. En el solar de don Alfredo Leyva era muy común ver las careadas de dominó, los juegos de cartas y los partidos de volibol entre los jóvenes de la época, donde muchas veces se jugaba el triunfo por un “refresco”.
Don Alfredo Leyva fue un hombre bueno y confiado. Sin un papel firmado dio crédito sólo de palabra, a sus clientes. Mucha gente se surtió de su abarrote para pasar la semana, no únicamente del ejido, sino también de otras rancherías vecinas. A muchas familias les quitó el hambre cuando el dinero y el trabajo escaseaban, para que pudieran sobrevivir mientras llegaba la zafra de la hortaliza y el trabajo en general en los campos agrícolas. Hoy las condiciones de vida de la gente y el ejido han mejorado sustancialmente. Sus calles aunque sin pavimento, ya no son aquellos lodazales que en tiempos de lluvias no permitían caminar con la facilidad de hoy.
FINAL
El funeral de don Alfredo Leyva Padilla estuvo a la altura de un hombre de su talla. Las gentes del ejido, velaron sus restos mortales en lo que fue su casa. Aquella casa que él y doña Elvira construyeron con esfuerzo de muchos años. Después una larga caravana de vehículos lo acompañó hasta la iglesia de Costa Rica, donde se ofreció una misa y el cura despidió a don Alfredo con un sentido sermón. El cortejo continuó después al panteón en Pueblo Nuevo; ahí estuvieron sus hijos que tanto lo quisieron y doña Elvira su inseparable esposa a la que amó hasta el día su muerte. Durante su sepelio, permanecí a distancia platicando con mi amigo de infancia Rafael Naranjo, recordando algunos pasajes de mi vida en el ejido Mezquitillo, el Chapeteado. Recordé mis alegrías y tristezas. Mis años de trabajo en el campo, en el corte de hortalizas y el mal trato de los mayordomos que tanto cuidaban a los patrones, con hasta diez horas de jornada. Recordé también aquella ocasión en que participé en una fiesta de fin de cursos en tercer año y mi amigo Rafael me prestó unas botas de gamuza que después del número, batallé para quitármelas, pues no eran de mi número. Pasaron por mi mente pasajes de mi vida de “bolero”, recorriendo casas o las tiendas de don José Casillas y don Alfredo Leyva, siempre buscando llevar algunas monedas a mi casa.
Ante el frío paso de la muerte, confirmé que la vida enseña, que nuestro paso por este mundo es sólo un instante y hay que vivir con sencillez, con humildad, y que solo cosechas lo que siembras. Don Alfredo sembró amistad entre niños, jóvenes y adultos, y su cosecha de amistad fue buena, eso quedó demostrado el día que se fue para siempre.
Desde este espacio periodístico abrazo con afecto a la familia Leyva García; mi solidaridad y respeto ante la partida de este excelente ser humano, que supo honrar la mistad, ser un buen padre y un buen ciudadano.

* La Promesa, Eldorado, Sinaloa. Comentarios y sugerencias
a teodosonavidad@hotmail.com

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