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MANTRAS, Y MADRE Y MEDIA

Por miércoles 15 de agosto de 2018 Sin Comentarios

EL “OM” LA MADRE DE
TODOS LOS MANTRAS

CARLOS LAVÍN FIGUEROA

Las groserías, conocidas como el idioma vulgar entre los estrictos puristas y los rigurosos puritanos, son palabras comunes en todas las lenguas, pero en realidad son verdaderos mantras. Cuando se dice; habla como un carretonero, es porque este personaje se dirige con groserías a los animales que jalan su cerreta, son palabras subidas de tono, para que las puedan entender los burros, bueyes y mulas -me refiero a los animales de cuatro patas- son sonidos que brindan otros matices que no existen en otros vocablos, matices que son irremplazables por su sonoridad, por su fuerza; no es lo mismo decir que alguien es tonto -que puede significar una disminución cerebral- a decir que es un pendejo -pelo que nace y pende en salva sea la parte- en esta palabra, la potencia está en la “P”, pero quien sería el que cambió su sentido original y ahora se considera una gruesa palabreja. Todos los idiomas tienen malas palabras ¡carajo! se refiere al lugar más alto del barco donde se pone al vigía, pero en el otro sentido, mandar a una persona al carajo es eso precisamente, mandarlo fuera de su vista, y carajillo en España es el café con coñac y su eufemismo es caracho para que no se escuche vulgar. No manches, es el remplazo de “No mames” para decir a alguien que no se sea inocente, por aquello de los inconscientes lactantes. Mierda, es irreemplazable, y aquí, la fuerza está en la R, y no es lo mismo en el Caribe que dicen “mielda” ahí se anula toda posibilidad expresiva de esta palabra.
Los sicoanalistas dicen que las groserías son imprescindibles para descargarse de energía negativa, para liberarse del estrés, decirlas incrementa la efectividad de un mensaje y lo hace más persuasivo especialmente cuando se considera una sorpresa positiva. Bueno, son mantras que pueden hasta aliviar el dolor, como cuando uno mismo se da un chingadazo, que no es lo mismo que martillazo en un dedo, o descalzo se da un madrazo, que no es lo mismo que tropezón con la pata de la cama y en el dedo chiquito del pie, seguido de un inconsciente rosario de groserías para calmar el dolor.

El “Ommm”, en el hinduismo y el budismo es considerado el sonido-mantra primordial para sacudirse de todo mal y dolor, en él, sé sustentan todos los mantras, que son palabras con sonidos poderosos, como son las groserías, que combinan lo físico con lo mental, de ahí su contundencia.
Entre los mexicanos, usamos una extensa variedad de mantras en apoyo lo que decimos y a la meditación, son palabras que ayudan a entrar en profundo entendimiento, por ejemplo, el mantra del desapego es indudablemente el “Me vale madre” y de inmediato se entra en relajación. Otro es el mantra de la purificación, para encontrar la verdad es necesario liberar el sistema energético, liberar la memoria, el inconsciente y todo lo que se carga a cuestas, y entonces usamos ¡A la Chingada! El mantra para desconocer un asunto, generalmente un problema, usamos “No es mi pedo”, y la ley universal en México es “No hay pedo”. Una frase grosera tiene la contundencia necesaria para arreglar problemas o ahorrar largas explicaciones, como “Me fue de la chingada” o “Me fue chingón”.

Chingar; palabra célebre, corta pero contundente, fuerte pero armoniosa, de ahí su éxito y expansión, para otros es altisonante, grosera; en su origen no es náhuatl como han mencionado algunos autores, que sin relación alguna le quieren endilgar parecidos fonéticos, esta palabra, viene del caló español “cingarár” que se traduce en pelear en la lengua romaní de Centro-Europa y que es de origen indo-gitano. Al respecto realicé investigaciones en Andalucía, donde pululan los gitanos, y puede relacionar que la palabra cingarar es sinónimo de gitanear -engañar en compras y ventas o tomar el pelo- y viene de cíngaro que es sinónimo de gitano, luego se apocó a “cingár” que finalmente derivó en chingar, usada principalmente para lograr los favores de una mujer, aquí, la contundencia se le añadió con la “CH”. El caso es que chingar, es ya una palabra de la lengua española catalogada por la Academia en su diccionario, desarrollada por mexicanos quienes le dieron una infinita gama de aplicaciones; un ejemplo es lo que dice Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad: “En México chingar significa fornicar, de ahí que la chingada
es la madre violada o burlada, así surge lo de “hijo de la chingada” que es el engendro de la violación, del rapto o de la burla de los conquistadores a las indígenas”.
Hay que reconsiderar el escenario de las dichas malas palabras, otros grandes de la lengua española como Pérez Reverte, defiende la grosería, incluso para decirlas en el Congreso Español, para amparar con descaro -dice- las causas justas; o García Márquez que la usa para dar más contundencia a sus expresiones, y para romper el tedio; porque escribirlo, no es lo mismo que decirlo; porque la expresión física y la tonalidad con que se dicen las palabras, son necesarias para expresarse mejor facilitando su más claro entendimiento.
No sugiero usarlas; sino dejar usarlas; aunque todo y aunque bueno, es malo en exceso.

P.D. Hasta la próxima

* Historiador y Cronista de Cuernavaca

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