Nacional

EL QUERÉTARO JUARISTA

Por lunes 30 de abril de 2018 Sin Comentarios

ANDRÉS GARRIDO DEL TORA

Presenté mi libro “Guía Histórica del Sitio de Querétaro y del Triunfo de la República” ante grandes personalidades, como es el caso de mi culto general Carlos César Gómez López, comandante de la Décimo Séptima Zona Militar, Hugo Burgos García, patrocinador del libro y secretario de Turismo, además de cronistas e historiadores que me acompañaron en el muy juarista recinto del Archivo Histórico del Estado, mismo que nos facilitó su director -y además mi compadre- Jaime García Alcocer. Por motivos de austeridad no dimos ni bocadillos ni vinos ni refrescos, pero sí amablemente el secretario de Turismo, Hugo Burgos García, regaló doscientos ejemplares del voluminoso libro de cuatrocientas cincuenta páginas y más de trescientas fotos a todo color editadas por la muy talentosa licenciada Erika del Real.

Pasaron más de dos horas en lo que autografié más de doscientas copias de mi bodrio, siempre en la compañía amable de mis grandísimos amigos presentadores, los historiadores y cronistas Edgardo Moreno Pérez y Rubén Páramo Quero, por lo que di por terminado el festín intelectual para acudir a desahogar una necesidad física primaria que tiene que ver con emisiones de ácido úrico.
Como soy muy sangrón para eso de los servicios sanitarios, le pedí a mi compadre García Alcocer que me dejara pasar a su baño privado, el elegante y grande que fue en los setentas el baño exclusivo del poderoso tesorero estatal Javier Cevallos Urueta y luego del profesor José Andrés Landaverde Trejo, director del Archivo, y hasta de Pepe Ortiz Arana como asesor de lujo del gobernador Enrique Burgos García, para después pasar a ser de los titulares del Registro Público de la Propiedad y del Comercio. Pues bien, en medio de la batahola nadie se acordó de que yo estaba en un lugar muy íntimo y los asistentes se retiraron al igual que mi compadre Jaime y los intendentes, por lo que cuando quise salir del privado de mi compadre éste ya estaba cerrado y a oscuras. Intenté hablar por mi celular y la maldita pila me había cobrado factura; intenté hablar por el teléfono oficial y estaba fuera de línea debido a la intensa lluvia que cayó en esa noche del 5 de julio de 2017.

Intenté guardar la calma y respiré profundamente, dispuesto incluso a dormir en la mullida alfombra setentera que una vez fue mía en el gobierno 1991- 1997. Las luces de sodio de la calle de Madero me parpadeaban como diciendo “nosotros te velamos Peregrino, no seas collón”. En esas estaba intentando dormir cuando de repente se me aparece un hombrecillo de peinado a la Sergio Bailleres Ocampo, con raya de lado, pelo hirsuto envaselinado y profundamente negro, bajo de estatura con vientre abultado pero no gordo corporal, tez morena oscura, ojillos de rendija inescrutables como de jugador de póker, traje de levita color negro, al igual que el chaleco, corbata del mismo color, zapatos de charol y un puro encendido. Lo que más me extrañó es que llevaba un maletín negro y su primera exclamación fue “ya me voy de Querétaro decepcionado de ustedes”.

Yo todavía temblaba por la extraña aparición cuando volteo a ver el cuadro de Benito Juárez que por siempre ha estado en esa oficina y ¡¡¡veo que la silueta pictórica no estaba!!! El viejo marco estaba vacío y entonces razoné: ¡¡¡Este caón es nada menos que el Benemérito de las Américas!!! Preso de la emoción y el miedo le pregunté al bulto “qué se le ofrecía”, a lo que con voz segura y firme y sin abandonar su rostro de piedra me confirmó que era “Benito Pablo Juárez García, que conocía muy bien a la ciudad de Querétaro desde 1858 en que pasó por aquí rumbo a Guanajuato para defender la Constitución de 1857 de Miramón y Félix Zuloaga; que para ello fue bien recibido por el gobernador liberal José María Arteaga en los anexos de la Casa de la Corregidora.
Regresé a Querétaro en 1863 huyendo hacia Paso del Norte durante la Intervención Francesa, pero volví triunfante del 5 al 6 de julio de 1867 para dirigirme a la Ciudad de México a festejar el Triunfo de la República una vez que terminó el Sitio de Querétaro; por cierto jovencito –me dijo peyorativamente-, que hoy se están cumpliendo 150 años de esa mi última visita a Querétaro”.

¡Chequé la hora y confirmé lo que el fantasma juarista me estaba diciendo: en la madre! Atiné a preguntarle el por qué estaba tan molesto y por qué traía ese maletín con todas sus pertenencias, a lo que dando una fumada profunda a su habano me contestó: “he vivido en este edificio de Madero 70 desde que morí en Palacio Nacional el 18 de julio de 1872; escogí este lugar, hoy Archivo Histórico del Estado de Querétaro, porque aquí pernocté esa noche entre el 5 y 6 de julio de 1867 al triunfar la República sobre el pseudo Imperio, despaché en el salón de arriba que hoy pomposamente los queretanos llaman el “Salón Juárez”; aquí en el entresuelo conocí por fin a Maximiliano de Habsburgo, al que nunca vi en vida; lo vi hecho una momia mal embalsamada, en la madrugada del 6 de julio en compañía del gobernador y coronel Julio María Cervantes, un muchachito queretano juarista de apellido Diezmarina y mi ministro Sebastián Lerdo de Tejada. Pasé a Querétaro esa noche porque después de tanto aguacero y malos caminos mi cuerpo ya necesitaba reposo pero ni crea que tenía ganas de saludar al pueblo queretano que se me hace mocho y conservador. Eran tan pocos los juaristas queretanos –pero de tanta calidad- que nomás por ellos no destruí la ciudad piedra por piedra ni repartí su territorio entre los estados de Guanajuato, San Luis Potosí y Estado de México (todavía el estado de Hidalgo no se creaba y su territorio pertenecía a este último). En los días del sitio ninguna ayuda nos prestaban los queretanos que parecen tener leche tibia en la sangre: ¡qué diferencia con los veracruzanos que siempre me apoyaron!”.

No atiné a decirle nada en defensa de mi ciudad – mas que hubo un equipo de espionaje organizado por Bernabé Loyola para informar a Escobedo de los movimientos imperialistas- y solamente le supliqué me contara acerca de los grandes infundios que se le han hecho a él, Juárez, de parte de historiadores conservadores y por parte de ignorantes actuales, a lo que me expresó: ¡nunca traicioné a mi patria! El famoso Tratado Mc Lane- Ocampo no fue idea mía ni de don Melchor Ocampo, sino de Miguel Lerdo de Tejada, mi ministro de Relaciones Exteriores durante mi gobierno desde Veracruz en 1859, y el pobre de don Melchor tuvo que cargar con el epíteto de traidor durante algún tiempo, pero yo sabía que todo era un truco para obtener financiamiento de los Estados
Unidos y que ese tratado ignomioso nunca se iba a ratificar por parte del Senado yanqui por entrar ellos a su guerra de Secesión y, la firma del tratado era favorecer a los estados sureños, los cuales finalmente fueron derrotados por los anti esclavistas encabezados por mi amigo Abraham Lincoln.
Y en el supuesto caso que los Estados Unidos lo ratificaran yo nunca lo iba a signar con mi firma y asunto terminado. En cuanto a mi lucha contra la Iglesia Católica confieso que yo fui católico practicante, pero me desilusionaron los excesos y abusos de la jerarquía eclesiástica que se alejó muchísimo de las enseñanzas del Maestro de Galilea, el cual simplemente ordenaba a amar al prójimo como a sí mismo. Me quedé sin amigos en la medida que ellos ambicionaron quedarse con la Presidencia de la República en 1865 y 1871, por lo que algunos se fueron al no estar de acuerdo conmigo y a otros los renuncié: allí está el ejemplo de Jesús González Ortega, Guillermo Prieto, Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada, José María Iglesias, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, Manuel Doblado, Porfirio Díaz y otros que no entendieron que el pueblo mexicano necesitaba mi mano firme. Nunca fui culto ni inteligente como ellos: pero aprendí pronto y mi firmeza para conducir la nave mexicana no tenía igual, menos en el desierto del Norte en que la República eran un carruaje y el Archivo de la Nación, que iba en carretas”.
Oiga don Benito –me atreví a decirle- cuénteme de su vida personal, la poca conocida, a lo que se arrancó diciendo que “a Margarita Maza la vi nacer, le llevaba yo más de veinte años, pero no era hija realmente de don Antonio Maza y de su esposa, sino que fue niña expósita a la que esa noble familia le dio su apellido, pero don Manuel me suplicó que nunca se lo contara a Margarita. Fue una gran mujer que me aconsejó en las horas más negras, que sufrió el exilio y la muerte de dos hijos varones nuestros en el frío de Nueva York.
La amé más que a nadie y para poder casarme con ella tuve que renunciar a mis amoríos con la negra Rosa Chagoya, quien me dio dos hijos, un hombre llamado Tereso (qué pinche nombre, pensé) y una mujer, a quienes jamás volví a ver pero que les mandaba su mesada a través de mi criado Camilo. Fui un desordenado para comer y beber, me gustaba la comida grasosa y el cognac, además de fumar habanos como chacuaco y nunca hice ejercicio, por ello mi pronunciado vientre. Mi acta de defunción dice que morí de angina de pecho pero también hay una buena dosis de cirrosis hepática”.

Conmovido por su franqueza le rogué que no se fuera de Madero 70 y, cambiando su semblante por el de un rostro pétreo como el de Huitzilopochtli, se encaboronó más y se despidió secamente diciéndome que no podía seguir en ese edificio donde en el despacho que fue su oficina dizque despacha un secretario del Trabajo que no trabaja y que además las autoridades actuales nada más se acuerdan de su natalicio porque les sirve de puente vacacional a los muy huevones y no porque le tengan admiración por ser el fundador del Estado nacional mexicano y autor de la segunda Independencia nacional. En esas estaba cuando abruptamente se abre la puerta de la oficina y la intendente del palacio se sorprende de verme allí y solamente me dijo: “con su permiso”.

* Doctor en derecho, Cronista de Querétaro

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