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LOS GIRASOLES LLORAN AL ATARDECER

Por domingo 15 de abril de 2018 Sin Comentarios

ROGER LAFARGA

De cualquier manera/ el golpe de la civilización/se sucede/ sobre la Tierra;/ el ruido sigue, discordante/ y la guerra/ acribillando el arte. / Vivimos empavorecidos/ bajo la amenaza/ de un dedo que toca/ el botón cibernético/ de los bramidos nucleares;/ pero yo te amo/ en el cruel desasosiego/ de imaginar que vamos/ estallando como besos/ de fuego.
Aquel era solo un fragmento, escrito en esperanto, única lengua primitiva que se conservó entre algunos científicos como rareza de prehistoria clonal. Azid se acariciaba el mentón y, al mismo tiempo, miraba lejos, más allá de las gigantescas cúpulas de cuarzo.
“Quizá alguna vez tuvo un importante valor evolutivo, cuando la reproducción sexual era posible; sí… quizá el mentón tuvo que intervenir con el estrés de la cópula, con los sentimientos…” Pensó sentimientos como tratándose de algún peligroso secreto de
Estado; volvió a sintonizarse en frecuencia cerebral delta, quería hurgar en su pasado. ¿Cómo pudo ocurrir un cambio tan drástico? Afuera, la lluvia de ácido sulfúrico continuaba, enrareciendo cada vez más el paisaje. Omegatrón era una estructura flotante, absolutamente inexpugnable; como una inmensa célula cibernética, capaz de incorporar para sí, cualquier tipo de energía que su complicado sistema de girasoles – radar percibiese. Desde lejos, Omegatrón semejaba un fascinante cristal verdeazul, enmarcado en pedruscos grisáceos y vapores amarillentos. Los conceptos biósfera, estratósfera, ozonósfera, eran especulaciones aburridas que algunos instructores sentimentales manejaban en sus clases de telepatía básica para niños en etapa neonatal. Alguno de aquellos instructores tuvo la infeliz ocurrenciade pensar qué en épocas remotas, hombres sin escrúpulos ecológicos habrían conseguido matar el planeta que muchísimo tiempo atrás fue habitado por la raza humana y que ahora, asteroide, servía de sustrato para clones y mutantes. “…existieron mares, ríos, nubes y vastísimos sistemas inimaginables, muchos de ellos destruidos por la voracidad humana antes siquiera de haber sabido de su existencia…”
Tal actitud pudo bastar para enviarlo al Centro de Recuperación Psicocerebral, perdiendo por ello la oportunidad de reclonarse. Azid intuía verdades terribles, pero conseguía evitar que sus pensamientos fuesen registrados por las fitosensorias, vegetales entrenados como espías psicoemocionales. “Alguna vez todo sucedió cíclicamente, la lluvia no era ácida y su duración era breve, este asteroide fue un gran planeta, eso ni negarlo; tendría polos, eje, ecuador, nubes de agua limpia y velocidad de rotación aproximada a los 709 -5 irks.
La reproducción debió ser eminentemente sexual; así, reprimir el instinto sexual o condicionarlo a retorcimientos penitenciarios, debió ocasionar trastornos extremos de comportamiento, con el consiguiente pánico existencial como antesala de la Guerra; esto pudo ocasionar…” Un zumbido fino, casi imperceptible, lo sacó de sus deducciones.
Se trataba de Lonek, supervisor general quien había logrado desarrollar, a través de millares de clonaciones, la facultad de estar en varios sitios a la vez; en ese momento, reintegraba la proyección de su cuerpo. “¡Capitán!” –Pensó- “Sus pensamientos de abstracción inocua le son permitidos por que es usted valioso para Omegatrón, pero no abuse de esa deferencia; considere que podría trastornar el sistema en su perímetro; por favor, limítese a funcionar en armonía con el Plan de Justicia Ecológica y dedíquese a obtener mejores especímenes de sustancia estrogénica, que es lo que nos mantiene con vida.”
El mencionado Plan consideraba dos posibilidades de eutanasia: haber cometido un crimen elevado al rango de lesa ecología o por la necesidad ineludible de reclonarse para ceder su sitio al descendiente; esto último lo dictaminabas el Consejo de Paternidad Original. La imposibilidad de reproducción sexual era cuestión indiscutible, por lo demás, la mujer solo existía hipotéticamente como fósil evolutivo.
Sin embargo y contra toda científica evidencia, en el asteroide existía otro núcleo sapiens: en relación estrecha con las corrientes de fluidos carbonatados, sentaba sus reales Termocibernia, matriarcado absoluto.

En su laboratorio, Ekko fue sorprendida en plena concentración alfa, emitiendo la imagen de una flor rudimentaria. “No nos está permitido crear estructuras vivas, – le reclamó la comandante de sección –Puede ocasionar una alteración en nuestro estatus y todas pereceríamos por alguna virosis incontrolable; somos la última variedad sapiens en lo que queda del Universo y debemos preservar la vida hasta sintetizar nuestro antagónico complementario o terminaremos degenerando; la partenogénesis no es una garantía de supervivencia eterna. Si, por otra parte, algo hiciera estallar la burbuja termocibernética que nos protege, no seríamos capaces de adaptarnos al agreste ambiente exterior, ¿Entiende usted esto,
Ekko 16-639? No pierda su tiempo tratando de revivir añoranzas genéticas y entrégueme su presupuesto sobre síntesis de testosterona.” Le ruego me disculpe, no volverá a suceder, en un momento le traigo el informe.” Ekko había logrado, por fin, después de muchas clonaciones intentándolo, establecer contacto telepático con Azid y ambos lograron mantenerlo en secreto. Ella dedujo la existencia de una variedad sapiens compatible con las de su génesis y con enormes posibilidades reproductivas a nivel sexual; localizarlos sería el acontecimiento más importante de los últimos trescientos leks. Un vago presentimiento la hizo conmoverse.
Utilizando rutas de frecuencia secreta, acordó con Azid que los descendientes de ambos debían reproducir generaciones adaptables al ambiente exterior, para poblar el asteroide. Cada quien se dedicó a trabajar por su cuenta; todos los parámetros debían ser acuciosamente investigado. Cada cincuenta lek atardecía; el evento era especialmente esperado, ya que permitía ajustar los ciclos interestelares en relación con el comportamiento humano, porque los suicidios adquirían entonces elevadas proporciones.
Ekko sabía que ese fenómeno era causado por asociación de pánico con la representación de cataclismos muy antiguos. “Debemos aprender a sobreponernos” – se repetía a menudo- “Aun así, sólo se suicidan que son incapaces de continuar.” Azid se colocó dentro de un túnel de cristal y esperó; le fueron colocados electrodos para efectuar un rastreo de rutina; se sumió en un estado más profundo que Theta y el tiempo pareció suspenderse.
Pudo percibir a su clono, idéntico, pero con otro brillo en la mirada. Cuando Azid cobró conciencia, estaba solo en su bloque de estudio y frente a él, una gran caja de cristal con un cuerpo palpitante, hecho ovillo, dentro del extraño líquido viscoso. Junto a la caja, se hallaba un artefacto con instrucciones, para entrenar al nuevo clono durante la niñez y hasta la pubertad.
Azid empezó en el acto, tenía el tiempo justo, antes de que Consejo de Paternidad Original entregara al pequeño clono en obediencia ciega al Estado, donde pasaría a los claustros de adiestramiento, hasta ser considerado un joven maduro y entonces detener su crecimiento biológico para evitar la vejez. Ekko observaba a su hija partenogénita; todo estaba listo: era el momento de presentarla al hijo de Azid, antes de que el Gran Matriarcado hiciera lo propio. “Hijo: este es Omegatrón, donde hemos sido creados. Ahora te espera una misión, la más grande, la más importante, conseguir la chispa de lo sagrado: la evolución; hasta ahora, esta se ha detenido y se considera un mito la reproducción sexual; pero tú saldrás de aquí, al encuentro de alguien y juntos, compartirán el nicho del enorme Wabi, un viejo venerable que renegó de nosotros. Él está enterado y los orientará; ahora… ¡Vete! El joven Azid se deslizó hacia las cloacas de desechos nucleares y fue deslizándose hacia abajo, como una raíz ansiosa de ser libre. Bestezuelas humanoides, los mutantes bajo la ciudad, se escondieron en la basura radiactiva, su cobijo y sustento a la par. La hija partenogénita de Ekko, se aproximó levitando a un valle desolado; algo, como un hormiguero colosal, hacía relieve en el paisaje; ella sobrevoló en lo que parecía la entrada y sintió una extraña presencia; por primera vez en su corta vida, experimentó el temor.

El hormiguero tembló y se deshizo, simplemente tembló y bajo este, apareció un hombre: Wabi, siete veces más grande que los comunes y de penetrante mirada, pero ciego. “¡Bienvenida, pequeña Ekko”, -Bramó la mente del enorme- “Éste es Azid” -los presentó-. La joven se turbó, ese nombre la estremecía favorablemente. “He logrado cultivar hongos totalmente nutritivos; coman ahora -intervino Wabi – tenemos que trabajar bastante”. Wabi narraba mucho; todo cuanto decía se antojaba imposible, tan lejos de realizarse. Evolucionar, este parecía ser el tema principal de toda charla. “El amor” – emitió el viejo- “Es una fuerza descomunal que adecuadamente dirigida, resulta invencible.” Toda sesión parecía el comienzo de algo nuevo; los temas eran inagotables y cada vez las preguntas eran más complejas. “Moriré pronto”, -Comentó Wabi; su mirada había cambiado, como libre de un enorme secreto- “Y ustedes deben prepararse a garantizar el futuro del género humano. ¡Síganme!” Señaló el milenario y los condujo hacia las grutas para descender con ellos hasta un fabuloso jardín interior.
Ekko dejó asomar una lágrima. “Es buen signo” – Sonrió Azid-. “Aquí habitarán hasta que su hijo tenga la fuerza suficiente” Dijo Wabi a modo de despedida y desapareció. El parto no tuvo complicaciones y el niño consiguió adaptarse al ambiente. Wabi entonces regresó por él y lo aleccionó para dirigir el destino del asteroide; luego descendió a lo profundo de su cementerio y murió. “Iremos a Termocibernia los tres.” –Emitió Azid- “Wabi nos indicó que hacer.” Termocibernia los recibió con reservas, pero obtuvieron la aceptación del Matriarcado. “Después de todo, Ekko cumplió con su deber” Concluyeron desde el Consejo del Matriarcado. Se trasladaron a Omegatrón; aquello fue todo un acontecimiento; la ciudadela estuvo de fiesta; el auténtico Homo sapiens vivía aquí y ahora. Luego de los protocolos de rigor y estudios preliminares, se procedió al apareamiento selectivo. Pronto hubo poblaciones a espacio abierto; resistieron, pero, disuadidos de su origen, considerándose superiores, decidieron asaltar Omegatrón. Los arcaicos comprendieron entonces cuál sería su destino: ceder el paso a quienes, de entonces y en el futuro, poblarían el asteroide.
La ciudad fue destruida y durante muchos lek, los girasoles continuaron funcionando asta que llegó la tarde y redujeron su función; sus mecanismos producían sustancias inútilmente hasta que las ruinas de ambas poblaciones se transformaron en una arcilla rica en nutrientes propios para generar la vida y así permanecieron. Ekko y Azid sobrevivieron juntos, con algunos clonos y partenogénitas en el jardín subterráneo de Wabi; sus descendientes poblaron el centro del asteroide. Los demás evolucionaron en el sentido que les marcó la selección natural; de entre ellos, algunos hallaron los restos de los girasoles y les rindieron culto, considerando a Ekko y a Azid como la pareja primigenia; nació así la primera religión.
Los restos de los mutantes quedaron clasificados como evidencia para justificaciones antropológicas y con ellos se estableció una gran parte de la historia natural.

Miles de lek después, alguien escribiría en otra lengua:
Huyendo como peces/ perseguidos por un río/ de mercurio/ huyendo como focas / nacidas para ser asesinadas, / ciegos hacia ninguna parte/ me queda todavía, / el recurso milenario de amarte.

* Homeópata Sinaloense. IPN

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