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EL CULIACÁN FESTIVO ARRABALERO Y POPULAR 1905-1910

Por lunes 15 de enero de 2018 Sin Comentarios

GILBERTO LÓPEZ ALANÍS

Fueron famosas las fiestas de Tierra Blanca, pueblo al norte de la ciudad, dedicadas al santo patrono de San Antonio de Padua; el llamado obrador de prodigios, que era muy astuto para predicar, destacándose como el primer conferencista en teología; fue colega de San Francisco, ese patrono de los viajeros, que se le invoca en las hambrunas, lo es también de las mujeres estériles y de las que buscan novio, llegando estas últimas en su desesperado ardor a voltearlo de cabeza, para que con ese martirio el pobre santo les consiga el galán añorado.
Pero también fueron famosas estas fiestas terroblanquinas, por los lances a duelo personal entre los valientes del lugar y los serranos, no faltando los de otros pueblos cercanos como Mojolo, Paredones, Bacurimí, Tepuche, Imala y los vecinos de los pequeños ranchos de los alrededores.
Por lo regular eran cuestiones de celos, ya que les gustaba bailar con las bellas de la localidad, acompañados de los fierros, luciendo las puntas brillantes de los verdugillos, en una clara reminiscencia española de corte toledana, otros portaban truchas y machetes que los identificaban como peones de los ingenios o campesinos temporaleros que andaban siempre en el desmonte. Los más urbanos, vecinos e los barrios de Culiacán usaban navajas y algún desesperado lucía algún trinche, lo importante era no presentarse desarmado. El arma blanca fue parte importante de la cultura mestiza. Los duelos con esta arma fueron una práctica común y evento espectacular de intensidades vitales que llegaron al género del corrido en el medio rural de la provincia mexicana.
En el año de 1905, hubo abundantes lluvias y lo crecido del río no impidió la celebración de las fiestas antonianas que empezaban el 11 de junio y terminaban el 13, el mero día del santo patrono, con la consabida presencia de los genízaros o las guardias rurales, que recogían un arsenal en cada baile. No faltaban las carreras de caballos y al grito de ¡Uno, dos, tres, Santiago!, salían disparados los briosos corceles hechos la mocha con los flacuchos jinetes; en este 1905 que estamos comentando rifaron “El Arroz” y “Media Noche” de Navolato. Fue un año sumamente conflictivo, el precio internacional de la plata bajó considerablemente y el peso mexicano sufrió una devaluación del 50% con respecto al dólar. La neoliberalidad porfiriana hegemonizada por el ministro de hacienda Joaquín Yves Limantour Marquet, supo que la especulación en los mercados de las materias primas y de las inversiones ya eran parte del sistema financiero.
Porfirio Díaz, sólo pudo aguantar 6 años más para que se le derrumbara el aparato de poder y llegaran la plebada de barbaros del noroeste con su cauda de innovaciones a conquistar el México decimonónico de levita, calesa y ferrocarril .En este 1905, florecieron los rateros como una tremenda plaga, sobre todo en la Plazuela Rosales y la
Constitución, esta última hoy conocida con el nombre del caudillo de los 8,000 kilómetros de campaña revolucionaria, el general Álvaro Obregón.
Los amantes de lo ajeno se refugiaron en los prostíbulos y billares. Robaron en boticas, comercios y domicilios particulares, como las residencias de los Redo, los Zambada y los Zazueta. Mención especial mereció el ratero conocido como “El Cananea”, por sus habilidades y persistente constancia en el arte del dos de bastos. Las orquestas de Sabino Escobar, Feliciano López y algunos acordeones salían de gallo a dar serenatas, siguiéndose de frente en una francachela interminable, hasta llegar hechos un fiasco a sus casas; uno que otro amanecido, con el Sol ya muy alto y todavía con la aviada deambulaba por las calles de la ciudad recitando incoherencias, hasta que algún compadecido lo introducía a las sombras o tendajones del mercado para devorar un menudo para curar la cruel y espantosa resaca, cruda se le denomina por estas tierras.
Los consumos etílicos de la época eran muy radicales, los mezcales, los guarapos y los changuirongos, que junto con el local whisky “Kentoqui” de los Redo, hacían estragos en los bebedores contumaces de aquellos tiempos, por eso fueron famosas las boticas y las cantinas como medio de reanimar a tan sufridos ciudadanos de incipiente clase media. Dos o tres bandas se disputaban los espacios públicos para ofrecer audiciones, el director y los filarmónicos de la Banda de la Escuela Industrial y Militar, ya conocida como de Los Azulitos, se quejaron porque el estirado ayuntamiento no les alumbraba convenientemente la Plaza de Armas Constitución, cuando ellos participaban y si lo hacían cuando otros grupos musicales de más caché en la localidad, las artes siempre han estado sujetas a las diferencias sociales. Hoy existen arquitectos diocesanos, otros de asociación cívica profesional, algunos más de servicio social universitario, sólo para señalar un caso de estratificación cultural y social en esta disciplina.
Aparte de la plaga de rateros que azotó la ciudad, hubo una de perros, lo que obligó a la policía a emprender una campaña de envenenamiento y en un solo día 48 canes pasaron a mejor vida, esto no fue bien visto por la población de escasos recursos; el perro, es parte importante de los hogares de Culiacán, y el mote de cuicos mata perros, se hizo lugar común en la ciudad.
Ya existían los striker, esos bañistas desnudos del río Tamazula, que hacían musarañas a las viejas gasmochas que se asomaban con la esperanza de sólo ver; y se quejaron por las soeces manifestaciones de la plebada desde la otra banda. Siempre existe la necesidad de llamar la atención para que el público demande ciertos productos o asista a ciertos espectáculos, por ello en 1905 una bola de fingidos apaches apareció de repente corriendo por las calles del Comercio (hoy Ángel Flores) y Rosales, lanzando estridentes gritos con ademanes y contorsiones que alarmaron a la población, pero todo quedó en claro, era un circo que en esa forma anunciaba su pronta presencia, sin embargo a cierto columnista del periódico El Mefistófeles, le pareció aquello como de mal gusto, para una “ciudad culta como Culiacán”, recomendando que esa forma de promoción se hiciera en los ranchos y lugares apartados de la misma.

*Director del Archivo Histórico del Estado de Sinaloa

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