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FRAGMENTO DE LA NOVELA LA VIUDA (CUARTA ENTREGA) RUPERTO FÉLIX

Por domingo 31 de diciembre de 2017 Sin Comentarios

TEODOSO NAVIDAD SALAZAR

Apenas encontrado su cuerpo esa mañana, se corrió la voz en el ejido; Ruperto Félix, el hijo de la viuda, había sido asesinado. Los curiosos nunca faltan y pronto, chamacos, hombres sin oficio y mujeres mitoteras se dieron cita para cerciorarse por sí, sobre el suceso.
Algunos llegaban en ropa de dormir, otros envueltos en cobijas o abrigados con chamarras, exhalando vapor, tiritando, frotándose las manos para entrar en calor. Aquello era algo inusual, ya que desde las muertes violentas de Severo Suárez y Gabriel Cobián, hacía poco más de cuarenta años, todo había transcurrido en paz. Sólo gentes de mayor edad recordaban el trágico acontecimiento que enlutó al ejido en aquellos años, pues los muertos habían sido apreciados en vida.
El primero de ellos murió una tarde de abril a manos de los hermanos Alfonso y Regino Corrales, quienes habían llegado al ejido huyendo de un rancho por el rumbo de Tamazula, Durango. Se contaba que habían matado a dos mineros que estorbaban los planes de cierto personaje dedicado a la siembra de enervantes, en la región. Nadie tenía mayor información sobre origen y pasado de los hermanos Corrales, pero se decía que “debían varias”. Verdad o mentira, cierto es que los hermanos Corrales nada hicieron por acallar aquellos comentarios y pasar inadvertidos. Todos sabían que la discordia con Severo Suárez, había sido un pleito sin importancia en un baile en el ejido. Así lo confirmaron testigos presenciales, sobre la forma en que Severo Suárez fue provocado por ellos y la manera prudente que éste, evitó el pleito. No obstante verse agredido no hizo intento de contestar sus bravatas.
Al término del baile ellos quisieron impedir que se fuera; forcejearon y al tratar Severo Suárez de esquivarlos, fueron a dar al suelo, pues apenas y se podían sostener.
Severo se retiró, mientras ellos siguieron la parranda mascullando su rabia al haber sido objeto de burlas entre los presentes. Nadie imaginó que el incidente trajera mayores consecuencias, porque después del altercado siguieron tratándose, aparentemente como si nada hubiera pasado. Sin embargo, sucedió que cierta tarde, casi al oscurecer, cuando Severo Suárez regresaba de Culiacán, los hermanos Corrales lo esperaron en el paradero de camiones para matarlo. Sabían que vendría desarmado, ya que éste no acostumbraba portar su pistola cuando viajaba a la ciudad. La tarde del crimen se apostaron entre unos árboles cercanos a la carretera. Las gentes que pasaban ocasionalmente por el lugar, los vieron platicando entre sí, sin imaginar la tragedia.
Al detenerse el camión de pasajeros, los matones cruzaron miradas y hablaron brevemente entre sí. Tocaron sus armas como para cerciorarse de que aún permanecían en su sitio. Del autobús únicamente Severo Suárez bajó, cargando un par de pequeños cartones con encargos que le habían hecho su mujer. El transporte reinició su marcha rumbo a Eldorado; entonces Alfonso y Regino Corrales quedaron a la expectativa.
Hacía algunos minutos que el sol había desaparecido del horizonte y un viento fresco se dejaba sentir, aunque ellos sudaban copiosamente y un temblor invadía sus cuerpos.
Severo Suárez los divisó y encaminó sus pasos por el bordo del canal de riego, rumbo a su casa. Al pasar cerca de ellos, saludó sin sospechar nada. Por la distancia entre él y los asesinos, no alcanzó a percibir el nerviosismo propio de los cobardes. Los hermanos Corrales contestaron el saludo con un grito, como se acostumbraba, y simularon estar platicando entre ellos y dieron la espalda a su víctima.
Cuando Severo Suárez se enfiló rumbo al caserío de manera despreocupada, los hermanos Corrales avanzaron con sigilo, hasta tenerlo a tiro de pistola; observaron hacia todos lados antes de desenfundar. Luego vino la descarga cerrada. Los disparos de las escuadras 38 y 45 hicieron blanco en la vigorosa humanidad de aquél, que segundos antes habían saludado. A los primeros balazos y la muerte dibujada en el rostro, Severo Suárez giró lentamente sobre su cuerpo, como buscando la dirección de los balazos.
Permaneció de pie, tambaleante; sus ojos vidriosos ya no registraron la imagen de sus asesinos que, con este acto, ponía fin a su bien guardado.
Se dijo después que los asesinos al observar que Severo Suárez se resistía a caer, dispararon hasta agotar las cargas de sus pistolas, hasta que Severo Suárez, dejó de mover las manos que inútilmente intentaban tapar los orificios hechos por los disparos y por donde la vida se le había escapado. La sangre empapó su camisa blanca y el pantalón de mezclilla y cayó pesadamente hacia atrás, cuan largo era, con los brazos en cruz; los dos pequeños cartones que Severo Suárez traía quedaron muy cerca de su inerte cuerpo, mientras que el aire frío de aquella tarde se fue llevando su sombrero tipo “Panamá”. Había recibido por lo menos 14 impactos en distintas partes de su humanidad.

Cometido el crimen y con las armas humeantes, Regino y Alfonso Corrales cruzaron la carretera como alma que lleva el diablo. Observando hacia todos lados; con manos temblorosas cambiaron los cargadores vacíos de las armas y amparándose entre aquel oscurecer, emprendieron la fuga por el bordo del canal de riego en sentido opuesto al poblado, montados en una motocicleta que con dificultad pudieron poner en marcha. Minutos después, los hijos de Severo Suárez descubrieron el cadáver de su padre, cuando fueron a su encuentro, como hacían cada vez que iba de compras a la ciudad. Al escuchar los llantos y gritos de los muchachos, fueron llegando los vecinos que estupefactos observaron la tragedia.

La segunda muerte suscitada en el ejido, como ha quedado dicho, fue la de Gabriel Cobián, motivada, se supo después, por un viejo problema derivado de un gane a sus socios, en la venta de un cargamento de marihuana, según la información proporcionada por autoridades del municipio de Batopilas, Chihuahua, a sus homólogos en Sinaloa. Los antiguos cómplices y asesinos intelectuales de Cobián habían caído en manos de la justicia y así lo manifestaron en su declaración ante el Ministerio Público Federal. Cobián originario de Cabicachi, antigua ranchería indígena cercana a Batopilas, Chihuahua, llegó al ejido Emiliano Zapata junto con su familia y se adhirió al grupo de solicitantes de tierra, considerando que ahí estaría a salvo, para dar paso a una nueva vida y evadir sus compromisos.
Todos en el ejido lo consideraban hombre reservado y muy servicial.
La noche de su muerte, Gabriel Cobián regresaba de Culiacán en la última corrida del camión de pasajeros. A esa hora el autobús venía casi vacío. El estruendo de los balazos vino a romper la tranquilidad amenizada por una gran orquesta de ranas que exigían lluvia; muchos vecinos permanecían en las ramadas de sus casas, soportando calor y los mosquitos.
No hubo claridad en su muerte. Unos decían que le dispararon desde el interior del mismo camión, cuando apenas había bajado; otras versiones señalan que el, o los asesinos estaban detrás de unos arbustos, protegidos por las sombras de la noche, esperándolo. Lo cierto es que recibió más de veinte balazos de grueso calibre por la espalda.
Desde entonces la vida en el ejido transcurría sin mayor relevancia, hasta el deceso de Ruperto Félix, cuyo cuerpo, como ya ha quedado descrito, se descubrió esa mañana a orilla de la carretera; muerte que se había prolongado por razones que más delante se sabrán.

Ruperto Félix era de piel muy blanca, de uno setenta metros de estatura, aproximadamente. Apenas cumplidos los treinta y cinco años, parecía un viejo, debido al tren de vida que se daba; sobre todo en los últimos años. Vivió aprisa y así acabó. Debe decirse que no fue un chamaco común. Muy joven fue boxeador. Se le auguraba futuro promisorio en esa disciplina deportiva. Tuvo peleas de cierta relevancia que le ganaron respeto de propios y extraños. Participó en otros eventos en el puerto de Mazatlán, Culiacán, La Paz, Baja California Sur y Los Mochis, aunque llegó a ser seleccionado nacional con algunas peleas en Tijuana, Guadalajara y la Ciudad de México, no se supo por qué, se retiro de los cuadriláteros. Por muchos años conservó un cuerpo atlético; parecía un potrillo fino. Temprano corría en el campo deportivo del ejido y entrenaba por las tardes en su casa, ante la concurrencia que seguía todos sus movimientos con admiración y orgullo. Se alimentaba sanamente. Cerveza y drogas estaban lejos de su dieta. Entrenaba hasta el cansancio sin ningún método, hasta que encontró a uno de los manejadores de El Finito Rosales, boxeador originario de Eldorado, muerto tempranamente en accidente carretero, cuando iba a Mazatlán en motocicleta, terminando sus días cuando empezaba. Ruperto Félix se dejó orientar y aprendió a boxear con más técnica. Instaló gimnasio y cuadrilátero en casa, donde acudían chicos y grandes para observar sus entrenamientos. Otros chamacos como él, se contagiaron de su vitalidad y amor por este deporte. La Viuda, mote por el que se conocía a la madre, muerta años antes, se emocionaba, cuando por las tardes lo veía ponerse vendas y guantes para entrenar.
Otra faceta fue su afición por el canto y la guitarra que pulsaba con habilidad. Por las noches en los patios de la escuela donde solían reunirse los muchachos del ejido, la voz melodiosa de Ruperto Félix destacaba entre las demás.
También fue buen jinete, y tuvo un caballo favorito que competía, sin llegar a grandes apuestas. No obstante su carácter vanidoso y burlón, Ruperto, como ya se ha dicho, fue ejemplo para otros, pero la droga lo transformó todo.
Su carácter burlesco cambió. Ya no reía de los demás tan fácilmente y sus aficiones también desaparecieron.

…Por las características que presentaba el cadáver de Ruperto Félix, se apreciaba que había muerto en las primeras horas de ese día, según se dijo. Estaba boca arriba, calzaba unos viejos zapatos que no eran de su número, un pantalón que alguna vez fue azul y como era costumbre en él, una camisa desabotonada y desteñida que dejaba al descubierto su pecho lampiño, quemado por el sol, donde se apreciaban los impactos de bala. Su rostro era una mueca. En su boca entreabierta se podía observar la carencia de algunos dientes. Fue una muerte que se había retardado, después se supo por qué. Alertados por el comisario municipal del ejido, dos horas después del hallazgo se presentó el personal de la agencia del Ministerio Público, la partida de la Policía Judicial, con base en la sindicatura de Eldorado, así como personal de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Estado; en total sincronía también los empleados de una empresa funeraria.

*La Promesa, Eldorado, Sinaloa, diciembre de 2017
Sugerencias y comentarios a teodosonavidad@hotmail.com

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