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EL EMPIEZO (Fragmento de la novela La Viuda: Segunda parte)

Por miércoles 15 de noviembre de 2017 Sin Comentarios

TEODOSO NAVIDAD SALAZAR

Con la cabeza a punto de estallar, Ruperto Félix creyó morir. Con pesadez dio media vuelta en la cama deseando dormir; no pudo. Su corazón latía acelerado. Tembloroso, hizo a un lado las cobijas; sudaba copiosamente. Las náuseas lo obligaron a ponerse en pie. Tambaleante fue al baño, tratando de vomitar. No lo logró; de nuevo el impulso, sintió que echaba “las tripas”; sólo expulsó espesa flema amarilla que lo llenó de asco. Sintió que se ahogaba.

Quedó hincado con la cabeza casi dentro de la tasa de baño; las nauseas de nuevo y de nuevo flemas amarillentas. Desde su cuarto, Carlota Aldana (La viuda) lo escuchó. Ella también había tenido mala noche. Los dolores del terrible cáncer de mama, eran cada vez más fuertes. Como pudo, fue a la cocina y trajo un vaso de agua; Ruperto Félix bebió un poco; sus ojos desorbitados no vieron con qué dolor lo contemplaba su madre.
Bebió de nuevo, y parte del agua resbaló por la comisura de sus labios y casi de inmediato se inclinó para expulsar el agua que había logrado beber. Su madre fue por un café cargado. A su regreso lo encontró acostado, recién bañado y envuelto en una toalla. Con dificultad se incorporó y bebió algunos sorbos del café y volvió a acostarse. Cerró los ojos e intentó dormir. La Viuda lo contempló largo rato. Ruperto entró en un sueño agitado.

Ruperto Félix conoció a fondo el  negoció de las drogas, y en poco tiempo se convirtió en consumidor. Caro pagaba las consecuencias; vivía prisionero en su propio infierno. Cuando La Viuda se dio cuenta del problema, fue tarde. Tiempo atrás, Ruperto había realizado algunos viajes a Tijuana, acompañando a Gumersindo Aboyte, a quien todos conocían por el mote de El Surtidor. Lo hizo sólo por andar en la vagancia, porque su madre le cumplía cualquier capricho. Cierto día El Surtidor lo recomendó al alto mando a Ruperto Félix, como posible contacto en la zona fronteriza. Ruperto rindió malas cuentas del primer y único envío. Aboyte pagó la deuda y así comprometió a Ruperto Félix a continuar en el negocio; para eso eran amigos.
Aquello fue el principio del fin, y así, aquel infeliz cavó su propia tumba. Ruperto Félix no pudo oponerse a esa invitación. Por primera vez pensó en su madre y el paso que había dado. Sin embargo no pudo, o no quiso dar marcha atrás.

Los antecedentes de Gumersindo Aboyte y de Jorge Cermeño Urrutia, no le eran ajenos; sabía de lo que eran capaces. Conocía los códigos que manejan quienes se dedican a eso; en ocasiones fue testigo cuando El Surtidor, instruía a Cermeño Urrutia para cobrar a quienes quedaban mal. En ocasiones había escuchado: arréglame a fulano. Esas palabras encerraban la sentencia inapelable; no obstante que Aboyte decía ser, también amigo de aquellos que no cumplían, por ello no haber corrido la misma suerte cuando le informó a Gumersindo Aboyte su fracaso, en el primero y último de sus viajes, en cierta medida le hizo creer que en
verdad Aboyte, sí era su amigo.
Por supuesto que la madre, no estaría de acuerdo en los pasos en que andaba el hijo. Ruperto lo sabía, así que nada dijo, pero con el tiempo La Viuda, en quien ya se reflejaba el mal que a la postre la llevó a la muerte, lo intuyó, pero ya no tuvo fuerzas para oponerse. Gumersindo Aboyte siempre estuvo pendiente de que Ruperto pagara a tiempo. De manera regular enviaba a Jorge Cermeño Urrutia por el producto de la “venta”, como hacía con otros “vendedores”. La demanda fue mayor, pero de las ganancias, Ruperto Félix jamás vio nada. Su pago eran dosis semanales para consumo personal. Los viciosos empezaron a hacerse presentes por la finca a cualquier hora. Carlota Aldana preguntaba a doña Chuy Quintana, por qué buscaban a su hijo.

La mujer respondía con evasivas a las preguntas de La Viuda, aunque todos en el ejido sabían la actividad de Ruperto Félix y su relación con Gumersindo Aboyte. Carlota Aldana había bajado casi por completo, el ritmo de trabajo. Pasaba más tiempo en reposo que atendiendo sus negocios. Todo marchaba por inercia. Aunque tenía gente leal que rendía buenas cuentas, no era lo mismo: hacía falta su presencia y autoridad. Desde casa daba visto bueno a gastos; compra de insumos y semillas, pago de preparación de tierras; venta de productos de la leche; vacunas y baños para el ganado así como venta y compra de animales.
En el jardín y la huerta se notaba su ausencia. Cuando su ánimo le permitía salir, la llevaban a recorrer siembras, y revisar ganado. Daba la impresión  de que ese paseo la revitalizaba, pero era momentáneo, luego venía el agotamiento.
Gumersindo Aboyte supo esperar pacientemente. Cuando La Viuda cayó en cama para no levantarse más, empezó a exigirle a Ruperto Félix abonara a la antigua cuenta que él había pagado, cuando fracasó en el primero y único envío de droga allá en Tijuana. Ruperto entregó primero algunas reses. Aboyte aclaraba que únicamente eran abonos a intereses de la deuda. Así, aquello se volvió impagable. Pronto hubo merma en la manada; equipos agrícolas, tractores y otros bienes se esfumaron. La cuenta estaba viva y para entonces Gumersindo Aboyte, ya sabía quién estaba en posibilidad de pagársela. La Viuda ya no vio eso, para entonces pasaba sus días postrada. El cáncer había hecho estragos en su antes bella humanidad; los últimos tiempos ya no salía de su habitación, donde era atendida por doña Chuy Quintana su dama de compañía.

De manera calculadora Gumersindo Aboyte empezó a surtir dosis de cocaína y marihuana. Todo sobre pedido. Ahora un mandadero en motocicleta se encargaba de llevar lo que los viciosos solicitaban a Ruperto Félix. El pequeño vehículo no paraba, ni de día, ni de noche; con dinero siempre en efectivo, Ruperto Félix recibía la mercancía.
Epílogo
Los gallos anunciaron con escándalo y rigurosa exactitud, la llegada del nuevo día.

Las actividades iniciaban, en la mayoría del poblado. En las rústicas cocinas, el aroma de café recién  hecho se mezclaba con olores de los guisos.
Frente a las hornillas hechas de lodo, blanqueadas con cal y muy cerca del calor que proporcionaba el fuego de leña de mezquite y retama, desayunaban quienes iban a trabajar. El frío de enero calaba. Aún estaba oscuro, pero todo era movimiento en aquel caserío hecho de madera y palma. El escándalo de los gallos era mayúsculo; ladridos, rebuznidos, gritos de vaqueros y relinchos lejanos de algún caballo que se incomodaba al sentir la silla. Las vacas esperaban la hora de la ordeña, entre el tintineo intermitente de cencerros y balidos de las crías.
Por las calles del ejido hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, caminaban aprisa, cubeta en mano, ataviadas ellas, con vestido y pantalón; con gruesas camisas manga larga, sombrero y pañuelos; listos para el corte de hortalizas; otras, para el empaque de las mismas. Hombres en bicicleta o motocicleta, con palas y machetes, salían aprisa rumbo a campos agrícolas cercanos, mientras que los camiones de personal estacionados en el paradero, esperaban a trabajadores. La temperatura había bajado a los siete grados centígrados. Se había anunciado la presencia de heladas en el valle.

Agricultores ordenaron quema de llantas y riego en cultivos, para proteger plantíos con aquella espesa humareda, que hacía más denso el amanecer. Todos llegaban presurosos a la carretera para subir primero a destartalados camiones, intentando, ganar el mejor asiento. Aquella mañana, no fue como otras. No todos habían subido a los transportes.
Delante del paradero de camiones, algunas personas se aglomeraban en torno un cuerpo que yacía entre la hierba a orillas de la carretera. Hacía ya rato que un trabajador lo había descubierto mientras orinaba cerca del muerto; el resplandor de luces de los carros que pasaban a esa hora por la carretera confirmó el macabro hallazgo, asustado y sorprendido, llamó a los demás. Quienes se habían retrasado preguntaban extrañados, qué sucedía.

El círculo de curiosos se hizo cada vez más grande. Alguien que llevaba linterna de mano, se abrió paso y echó la luz directamente al rostro de aquel cuerpo, esto permitió apreciar sus rasgos y más de alguno exclamó -parece Ruperto-. Sí, es Ruperto -expresó otro; sí es él- dijeron a coro, otros más, empujándose entre sí, para apreciar mejor el horrendo espectáculo. Ruperto ya no tuvo para seguir pagando. Acabó con todo lo construido por La Viuda. (continuará)

*La Promesa, Eldorado, Sinaloa teodosonavidad@hotmail.com

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