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Abrir las ventanas para que el elefante salga

Por sábado 30 de septiembre de 2017 Sin Comentarios

Por: Miguel Alberto Ochoa García

abrir las ventanasTengo la fortuna de coordinar dos círculos de lectura que, quién sabe por qué razón, está lleno de gente grandiosa.

Esta semana ocurrieron temblores en diversas ciudades de la República Mexicana que causaron estragos, muerte y unión entre las personas de buena intención. Las réplicas son muchas, y me atrevo a decir que han echado raíces en la mente de las personas, y esto lo digo porque en ambos círculos de lectura no pudimos entrar bien en sesión si no hasta que hablamos del tema, abrimos la ventana, dejamos que ese gran tópico en el ambiente encontrara su forma de elefante, y saliera por fin.

“Abreacción” le llamó Freud al acto de descargarse de emociones reprimidas mediante el habla. Y, aunque en ocasiones utilizó el termino sustituyendo a “Catársis”, no significan lo mismo. La catarsis purifica el alma, las emociones y el cuerpo usando los sentidos; mientras que la abreacción lo hace con la palabra.

Sin embargo, la cuestión aquí no es psicoanalítica, la cuestión es la preocupación colectiva, afectando a miles de kilómetros de distancia. Muy distante mis cavilaciones a asegurar que es bueno o malo estar atento a lo que pasa en el sur del país, este apunte viene a recalcar que cierta ingesta de noticias causa un estreñiminento creativo. Algo así como si los integrantes de los círculos se hubieran comido un elefante, provocado por las noticias de la perrita Frida o por la niña Frisa Sofía y que la única manera de purgarse, sea hablando. Y sí que lo hicimos. Hablamos de los terremotos.

Antes de iniciar las sesiones del círculo de lectura, se procura hacer un escaneo personal donde los integrantes puedan compartir su experiencias semanales para que compartan sus actividades culturales o personales. Iniciaban comentando de su semana, qué habían hecho, y cada integrante, lo puedo jurar, tenía pegadas a sus palabras el inicio de una oración que no se animaban a usar.

Tenían en la punta de la lengua, y reprimían y no trataban de hablar de sus lecturas o si miraron alguna película, pero no, algo les ganaba: querían hablar del terremoto. Pero no como si ese tema fuera una piedra en el zapato que los hiciera sentir incómodos hasta que se detienen, se sacan el zapato y remueven la piedra, no, más bien como si fuera la decisión para tomar algún atajo en la carretera para llegar más rápido al destino, una cierta urgencia por comentar lo que había pasado y lo que podría suceder.

Pero yo digo “Abreacción” porque el tema se agotó: tomaron la salida, se quitaron la piedra y abrieron la ventana para que el gran elefante en la habitación saliera a tomar aire. Evidentemente no olvidaron lo sucedido, ¿cómo hacerlo si nuestros hermanos siguen sufriendo y necesitan nuestra ayuda? Pero al menos sonrieron al final de la sesión, hablamos de libros, de nuestra lectura —“Nada”, de Carmen Laforet; “Mentiralandia” de Edgar Keret—, proseguimos con nuestra vida y quedamos de ayudar en lo que podamos.

Hoy, más que nunca, tengo la certeza del gran poder de la palabra. De ese relámpago del que se enamoró el poeta Gonzalo Rojas al hablarnos de su experiencia, que anoto ahora:

Entonces oí de algunos de mis hermanitos esa palabra: Relámpago. Al decir mi hermanito “relámpago” —ese tretrasílabo esdrújulo—, paré la orejita de niño y me maravilló tanto como si esa palabra contuviera más significado para mí que el ruido, la fuerza, el zumbido y el destello del relámpago. Diríamos que la palabra relámpago me fue más relámpago que el relámpago. En ese momento descubrí el portento de la palabra.

* Coordinador Círculos de lectura CECUT y Director Pagina
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