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LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

Por miércoles 30 de noviembre de 2016 Sin Comentarios

Por: Jaime Irizar

Dicen algunos filósofos y conductistas que el hombre por naturaleza tiene una tendencia innata hacia la maldad. Dicen también que ésta, se logra controlar o abatir, por la influencia que ejerce la educación, la formación intrafamiliar, los principios y valores morales inculcados por las religiones, las leyes y el temor que les genera a los hombres el concepto del pecado, la soledad, la vergüenza y la pérdida probable de la libertad, al ser descubiertos y atrapados en un ilícito o conducta impropia. De no ser así, la lucha por la vida sería casi instintiva. Todo se resolvería con el uso de la fuerza, garras y dientes, lo cual haría casi imposible la convivencia armónica, excepción hecha para el reducido núcleo familiar, en el que hasta el más malo de hombres o de mujeres defendería hasta la muerte, porque es, o debería ser el clan familiar, uno de los vínculos naturales más poderosos y motivadores. Porque la familia es, para casi todos los que pertenecemos a la especie animal, la única, prioritaria y verdadera razón de lucha y defensa.

Por lo antes expuesto, se observa con muchas personas el hacer daño sin necesidad; se evidencia la gran perversidad de la maledicencia practicada en todos los círculos sociales; la proclividad a la participación en guerras; los desmanes producto de las rivalidades deportivas y la criminalidad como un inconcebible modus vivendi, sin olvidar, la apología que siempre se ha hecho a los guerreros, narcos o bandidos generosos. Para consuelo y tranquilidad de muchos, sólo cuando se ama de verdad, nos olvidamos por un corto tiempo de odiar y hacer daño a terceros. El nivel instintivo de maldad, se reduce a su mínima expresión cuando se está enamorado. No hay de otra, si aspiramos una mejor convivencia social, hay que inculcar valores, fortalecer la fe, y fomentar y practicar el amor como estrategia para alcanzar tal propósito.

Pero aun así, quisiera citarles que en el estudio de la carrera de Medicina se nos enseña a identificar los signos y los síntomas que evidencian una enfermedad subyacente en cualesquier órgano o sistema del cuerpo humano, de igual forma hay analistas, filósofos, economistas, sociólogos, psicólogos conductistas y otros especialistas de las diferentes ramas del conocimiento, que se han dedicado a identificar, los signos que preceden a la decadencia y a la descomposición de nuestro sistema social. Sin pretender ser catastrofista ni ave de mal agüero, quiero hacer una breve relatoría de esos signos sociales que, según expertos en la materia, son cíclicos y un claro preludio de una crisis de proporciones mayores a las que actualmente vivimos, si es que no se hace algo de trascendencia para revertir ésta tendencia. Les cito en primer término que las mayorías han dejado de pensar bien y leer, situación que las convierte en vulnerables para la manipulación y explotación por los gobiernos, los medios masivos de comunicación, los intereses del capitalismo, quienes para contentarnos nos dan a cambio sólo un miserable plato de lentejas y unas entradas al circo…Es una gran verdad que los que ostentan el poder ya no pueden garantizar la seguridad de los gobernados, la cual ha sido siempre la razón y el motivo principal que dio pie para la constitución de toda sociedad o agrupación a lo largo de la historia.

La pérdida y confusión de los valores y principios que daban cohesión y posibilidades mayores de construir una convivencia ordenada y armónica se ha recrudecido, en virtud de la debilidad, falta de interés, e irresponsabilidad de los líderes tradicionales, encarnados éstos en los padres de familia, maestros, gobernantes, médicos y líderes religiosos entre otros de igual importancia. En ese mismo sentido, el concepto de la culpa y el pecado se ha diluido a tal grado que ya no se le teme a nada en aras de lograr el status económico que le exige la sociedad de consumo en que se vive. La actual conciencia social orientada por lo regular sólo a la diversión, origina el abandono de actitudes reales de solidaridad, necesidad de cambio y lucha por ideales que favorezcan a los menos privilegiados, que son los más. Cada vez son más raros los jóvenes que se identifican con las causas sociales, y son más, aquellos que son manipulados por los medios de comunicación, los espectáculos, y el uso de las drogas, para hacerlos perder intencionadamente, la capacidad de asombro y reacción ante lo grave, el rumbo y la visión de futuro de la sociedad, al enfocarse mayoritariamente en actividades hedonistas, egoístas y desprovistas de un compromiso social genuino. Pese a las condiciones económicas por las que atraviesa el mundo y con los signos que se viven, la enorme mayoría de la población sigue conmemorando y celebrando los aniversarios de las revoluciones, cuando deberíamos estar abocados a construir una nueva, de ideas transformadoras, que sea verdadera, y que realmente vaya más allá del simple hecho de cambiar de manos, entre unos cuantos, el poder y el dinero.

Se está formando una perniciosa cultura entre los jóvenes, donde no cabe como prioridad, la idea del trabajo, el estudio, el esfuerzo y la inteligencia, como medios ideales para superarse y mejorar el estado de las cosas. En cambio, se está consolidando la idea del “dejar hacer, dejar pasar” y esperar soluciones mágicas o divinas a toda la problemática social que padecemos. Hay hambre, hartazgo social, violencia, inseguridad, falta de empleos dignos, corrupción extrema, malos ejemplos por doquier, drogadicción extendida, pérdida de valores, política mal entendida y peor practicada, un pobre nivel de educación, y con condiciones así, el pronóstico de la sociedad enferma tiene que ser malo, con mayor razón al constatar que existe también una pobre participación de los actores sociales tradicionales, quienes muestran en sus conductas personales sólo pasiones desbordadas y turbias, y sin ningún interés de beneficio común. Todo esto es, sin duda alguna, los signos premonitorios de una grave enfermedad social y un proceso hacia la decadencia. “Cuando las mayorías se contagien de prácticas decadentes, las minorías razonables serán consideradas como los anormales” y ante tal mal, cualquier tratamiento que se instituya será eminentemente paliativo.

Sería muy bueno que jóvenes y viejos entendiéramos que hay una responsabilidad y una deuda con las generaciones del futuro que tenemos que cumplir o abonar; que se requiere tenerse confianza y la autoestima muy en alto, para generar entereza y la seguridad necesaria para poder alcanzar metas e importantes logros, mismos que los pusilánimes, apáticos o aquellos que tienen sentimientos de minusvalía ni siquiera por asomo podrán imaginar alcanzar, porque viven temiéndole a todo. Al ser conscientes de ello y por el hecho de que algunos están mejor preparados, tengo la plena confianza de que, en los jóvenes razonables, optimistas y entusiastas, y con un claro compromiso social, está depositada nuestra esperanza de un mundo mejor, porque tengo por cierto que ellos harán las cosas que a otros parecen imposibles y les permitirá navegar también en aguas tormentosas y salir sin duda alguna, airosos de ellas. Hay quienes fincan también, el origen de todos nuestros males actuales, en el hecho de que unos cuantos, los dueños del poder y el dinero, apoyados por la soberbia, la intolerancia y la creencia errónea de que según su juicio son más inteligentes que el resto del mundo, y que por ello tienen el derecho divino de marcar el paso, definir lo bueno y lo malo, así como establecer según ellos las formas de convivir que más nos convienen. Pero todo en la vida tiene sus límites. No hay que olvidar que por más inteligente que uno se crea, en realidad no se puede llegar al extremo absurdo de pensar que somos el hijo consentido de Dios, y por ende tener el derecho exclusivo para ser el único al que le está permitido medir con su metro personal, las conductas, gustos y preferencias de los demás.

La inteligencia les debe de alcanzar a estos pre juiciosos, para entender que todos los adultos en el mundo, legal y naturalmente, podemos hacer con nuestros cuerpos, sentimientos, pensamientos y acciones, lo que realmente deseemos y ayude a ser feliz, siempre y cuando nos lo permitan las reglas, leyes y costumbres que existen en la época y en la sociedad donde nos tocó vivir, y claro está, que lo hagamos principalmente sin afectar el derecho de terceros. Es una verdad, que oficialmente tenemos jueces, mismos que representan a la autoridad, algunos muy severos y competentes, otros no tanto, porque ser justos nunca ha sido una tarea fácil, mucho menos si se nada en el mar de la corrupción. En mi modesta opinión, Dios y los jueces honestos, son los únicos autorizados por nuestro sistema político social y religioso para emitir juicios críticos y sanciones cuando alguno de nosotros transgrede lo establecido y propicia que se altere la convivencia pacífica y armónica de toda la comunidad. Desafortunadamente los egos exaltados, el egoísmo, los prejuicios y la ceguera social inducen a muchos a erigirse en semidioses y como duros jueces del resto del mundo, pensando erróneamente que son ellos el encarne de la perfección y el modelo a seguir por quienes de manera directa e indirecta tienen contacto con sus personas. Nada más apartado de la realidad. Si en verdad tienen más neuronas funcionales que el resto del mundo como ellos suelen creer, les debería de alcanzar esa gracia o privilegio genético, para entender que todos, desde el momento mismo de nuestro nacimiento, tenemos, al margen de nuestro color, sexo, credo, ideología política, aficiones, hobbies, pasatiempos, o preferencias sexuales, un derecho divino y terrestre de expresarnos como más convenga a nuestro propósito de ser feliz en este efímero paso por el mundo.

Sin embargo, duele saber y observar que aún existe en ciertos núcleos sociales personas intolerantes que se manifiesta abiertamente en contra de quienes son diferentes a ellos en cualquier aspecto, concluyendo según su juicio y su particular diccionario, que ser diferente es sinónimo de maldad. La intolerancia es hija de la soberbia, de la ignorancia, la petulancia, del egocentrismo, además de no haber aprendido a tiempo que la vida es una oportunidad única, irrepetible y finita, sin olvidar que tienen una personalidad muy limitada en su forma de pensar y de vivir, que ven y sienten como una amenaza a su intelecto y estilo de vida, todo aquello que no compagine con su tabla de valores. Ser tolerante, comprensivo y respetuoso son, entre otras cosas más, características importantísimas en los perfiles de los seres que aspiran ser felices. Si coincides que el mundo se nos está yendo de las manos por tantas guerras, violencia indiscriminada, hambre, corrupción, impunidad, ataques al medio ambiente por privilegiar la industrialización y el consumismo, las drogas y la delincuencia, así como muchos otros factores y circunstancias más, no sufras ni te preocupes, mejor ocúpate en cumplir con la obligación moral que tenemos con las generaciones que vienen para intentar dejarles un lugar donde se pueda vivir en paz, armonía y con salud.

¡Deja ya de especular y juzgar! ¡Piensa, asómbrate de nuevo y actúa¡¡Arregla y vive tu vida primero, después construye la oportunidad para que los que vienen detrás, la puedan vivir con posibilidades reales de alcanzar la felicidad, hagamos la tarea!.

*Médico y autor

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