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Guru Fidedigno

Por miércoles 30 de noviembre de 2016 Sin Comentarios

guru

Por: Oscar J. Rodriguez

Yo, al igual que la mayoría de la gente, ignoraba el verdadero significado de la palabra yoga. No fue sino hasta que conocí a mi maestro espiritual, A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada, cuando comprendí que el yoga no tienen nada que ver con la complacencia de los sentidos, el desarrollo económico, el bienestar corporal, sino que la palabra yoga deriva de la palabra sánscrita yug, la cual significa vínculo, relación directa con Krishna, la Suprema Personalidad de Dios.

En el verso 47, capítulo 6, de la Bhagavad-gita Tal Como Es se afirma que el yoga es algo semejante a una escalera. En los primeros peldaños está el hatha yoga, al ascender un poco más está el jñana ryoga, luego esté el astanga yoga, y al final de la escalera está el bhakti yoga. En el significado de ese verso, Srila Prabhupada declara que todos los diferentes procesos mencionados no son más que eso, procesos que conducen al bhakti yoga o amoroso servicio devocional a Krishna el Señor Supremo. En ese significado, Srila Prabhupada, de manera muy enfática, puntualiza que el verdadero yoga es el bhakti yoga.

Por las declaraciones expuestas anteriormente se concluye que el verdadero yoga es el bhakti yoga y esto fue difundido hasta que mi maestro espiritual A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada vino a occidente en 1965. Antes de que eso sucediera, la gente ilusamente pensaba que yoga es una serie de machincuepas, ejercicios respiratorios, ejercicios físicos que nos permiten tener mejor cuerpo, ser más hábil en los negocios, tener más capacidad sexual. Sin embargo, la enseñanza primordial del bhakti yoga es que nosotros no somos el cuerpo, que nosotros somos almas espirituales y que actualmente nuestra alma se haya prisionera del cuerpo material, y lo que se pretende al practicar el yoga es deshacernos del concepto del cuerpo material.

Srila Prabhupada se valía de una analogía o de un ejemplo para ilustrar este hecho. Si sacamos a un pececito de su habitat natural -un charco de agua- y lo colocamos en el Pent House más sofisticado de la ciudad, rodeado de todas las amenidades imaginables: una botella de cognac, música de Vivaldi, manjares exquisitos, a pesar de todas esas amenidades, el pececito morirá. Por otra parte si al mismo pececito lo echamos en cualquier charco de agua, él se sentirá a sus anchas, pues el agua es su hábitat natural.

¿Qué demuestra la analogía o el ejemplo antes mencionado? Que de acuerdo con las sastras –sagradas escrituras de India- somos espirituales no materiales y que por lo tanto no podemos ser felices en el plano material, que nos corresponde vivir en el plano espiritual, que por más esfuerzos que hagamos por ser felices en el plano material no lo vamos a lograr.

LA BENDITA IGNORANCIA

Corroborar que somos almas espirituales, que no somos el cuerpo, es fácil. Supóngase que usted visita la casa de su compadre Toño y que en ella se halla a la mujer de Toño, o sea su comadre, llorando a moco tendido. Usted de manera respetuosa le pregunta: “¿Qué le pasa, comadre, por qué llora?” “Hay compadrito…. se fue Toño.” Por el rabillo del ojo usted puede ver el cuerpo de Toño, quien hasta hace unos momentos era su compadre, se encuentra inerte, tendido sobre el sofá de la sala. Usted trata de consolar a su comadre diciéndole: “Ay comadrita, por favor deje de llorar…Estoy viendo a Toño que está tendido encima del sofá de la sala.” Pero ella, desconsolada, responde: “No, compadre, ese no es Toño, ese es solamente el cuerpo de Toño”.

De este ejemplo tan sencillo podemos concluir que no somos el cuerpo, que cuando el alma se sale del cuerpo, el cuerpo no vale nada; probablemente a cambio de la cal o de alguna otra sustancia que contenga el cuerpo alguien nos pueda dar 5 o 10 pesos, pero mientras el cuerpo tiene vida vale millones y millones de pesos. ¿Por qué? Porque a pesar de que los cuerpos de los changos, los cuerpos de los perros, los cuerpos de los peces son valiosos, ningún cuerpo es tan valioso como el cuerpo humano. El cuerpo humano es el vehículo idóneo para inquirir sobre el misterio de la vida. Los changos y a los perros no tienen en absoluto ningún interés en discutir acerca del tema que estoy tratando en este artículo. A un perro lo podemos vestir con toga y birrete, ponerle un cetro en la mano, sentarlo en un majestuoso trono pero si enfrente de él aventamos un pedazo de carne, el perro abandona toda su majestuosa indumentaria y se abalanza en pos de ese hueso.

Nosotros –las entidades vivientes- nos distinguimos de las especies inferiores porque tenemos un cerebro superior. Nosotros nos preguntamos: ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos en esta plataforma material? ¿Por qué sufrimos? Nadie quiere sufrir, sin embargo, mientras estemos en este cuerpo material todos, absolutamente todos, desde el presidente de la República hasta el hombre más rico del mundo tiene que sufrir cuatro miserias: nacimiento, vejez, enfermedad y muerte.

EL ALMA ES INMORTAL

Adentro del cuerpo, en el corazón, se halla el alma. El alma es sat-cit y ananda. Sat significa eternidad; cit significa conocimiento y ananda significa bienaventuranza. Nosotros, las entidades vivientes somos eternos, llenos de conocimiento y felicidad. Entonces ¿Por qué sufrimos? Sufrimos porque nos identificamos con el cuerpo. A diferencia del alma, el cuerpo es asat, o sea temporal, puede que vivamos 70 o si bien nos va 90 años pero morimos. El cuerpo es ignorante. Pues en este cuerpo ignoramos más cosas de las que sabemos. Podemos tener amplio conocimiento acerca de la agricultura, o de la electrónica, pero somos completamente ignorantes en todo aquello que tiene que ver con la poesía o la música. Ignoramos más cosas de las que sabemos. Respecto, a la felicidad, todo el día fluctuamos entre la felicidad y la infelicidad. Eso se conoce en la sabiduría de India como suka –felicidad- y duka –infelicidad. Si una chica nos guiña el ojo nos ponemos felices, en cambio si alguien nos insulta o nos roba el coche nos enchinchamos.

La verdadera tarea del yoga consiste en trascender el concepto material de la vida y no en mejorar nuestra condición material. El yogi verdadero está frustrado de esta vida material. El trata a través de diversas y dolorosas austeridades de salir de la plataforma material y fundirse en la efulgencia corporal (brahmayoti) de Krishna. Hay yogis más avanzados que perciben que Krishna, el Señor Supremo, se encuentra alojado en el corazón de todas las entidades vivientes. Y en los peldaños más avanzados de la escalera del yoga se encuentran aquellos yogis que se dedican al amoroso servicio trascendental del Señor Supremo.

El siglo pasado, antes de que Srila Prabhupada difundiera alrededor del mundo, y principalmente en occidente el propósito fidedigno del yoga, muchos comerciantes o yogis bogis de India veían en occidente un terreno fértil para hacer negocios. A través de sus enseñanzas ellos se dedicaban a esquilmar a sus seguidores. Les vendían la idea de que a través del yoga uno puede ser feliz en este mundo material. Los occidentales conocimos el verdadero significado del yoga hasta 1965, año en que arribó al muelle de Bostón Massachusetts procedente de India el buque Jaladuta trayendo a bordo al embajador del bhakti yoga, A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada. El no traía la intención de embaucar al ingenuo público occidental con enseñanzas de un yoga espurio. El vino a cumplir con la consigna de su maestro espiritual, Bhaktisiddhanta Goswami maharajá, quien, en Calcuta, en 1922, le dijo a Srila Prabhupada: “tu eres un muchacho inteligente y tienes buen dominio del idioma inglés, te pido que difundas en occidente las enseñanzas de Caitanya Mahaprabhu y así salves a todas esas almas de las garras de la energía ilusoria.

*Narrador

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