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El principio de incertidumbre y el olvido de lo democrático.

Por lunes 31 de octubre de 2016 Sin Comentarios

el principio de incertidumbre

Por: Francisco Tomás González Cabañas

Tanto el axioma, también conocido como relación de indeterminación, es aplicable a la física (al punto que es el punto de partida de la partición entre la clásica y la cuántica) como la frase, de poesía filosófica, que retoma una de las aporías filosóficas modernas, del Olvido del Ser, no dejan de ser analizables, coordinadas, como elementos que surcan nuestras cotidianidades occidentales.

Cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimientos lineales y, por tanto, su masa y velocidad. Este principio fue enunciado por Werner Heisenberg en 1925 y es conocido como el principio de incertidumbre. Asimismo el contundente olvido del ser, pronunciado y profesado por el también Alemán, Heidegger, cuestiona en forma sustancial y elemental la propia historia de la metafísica, por no decir la historia misma.

No existiría base de sustentación alguna, por la cual podamos afirmar que pisamos sobre terreno firme, sin que en tal construcción de la superficie, establezcamos, parámetros, absolutistas y arbitrarios, para tal fin, que en definitiva, resulten mucho peores, en todo sentido, para la humanidad, que soportar, tolerar y asimilar que vivimos en la desesperación de lo que no tiene lógica o en el desmadre de la descontemplación de la orfandad más omnisciente.

Resulta de una extrañeza proverbial, sin embargo, que en el campo de las ciencias políticas, no entendamos que a nuestra institucionalidad democrática, también le cabe y corresponde las generales de la ley de su naturaleza incierta y que desde los griegos a esta parte, hemos caído en un sustancial olvido de lo democrático, hemos suplantado su teleología conceptual, por resultados cosificados que nunca podrán ser traducidos como tales.

En tiempos electorales, como situación democrática por antonomasia, en donde se acrecienta la aceptación de la mentira social (aquello de la hipocresía como parte de la educación como principio) o en donde todos hacemos de cuenta que participamos de algo que supuestamente es de todos, pero que en verdad es de pocos, algunos (los de ciertas inquietudes) tenemos la obligación de buscar las razones, los porqués, y bien podría ser la presente una expresión tan burda como la verdad; creemos que es inescindible la cuestión de que los seres humanos somos bisexuales por naturaleza y que por razones culturales nos engañamos ante esto, es decir ante nosotros, lanzando una mentira social en la que supuestamente comulgamos todos, como en la política.

No pretendemos comprobar nada, por ello ni siquiera nos preocupa dotar de rigor lo que afirmamos. Lo que sí tenemos por defecto es enumerar y enhebrar razonamientos que obran como argumentos ante lo que sostenemos; no decimos las cosas por alguna necesidad individual insondable, sino simplemente porque creemos que la razón nos asiste y hasta que no nos convenzan de lo contrario no cejaremos en dar a conocer lo que pensamos.

No existe ninguna razón científica o suscripta por ninguna rama de las ciencias que demuestre de forma categórica que la sexualidad del hombre (entendido como género) tenga que estar circunscrita a patrones aceptables o inaceptables, normales o anormales, sólo porque la unión entre células masculinas y femeninas (a través de una relación sexual) genere en ciertas condiciones un nuevo ser humano. Es decir, este hecho no significa que el universo de la sexualidad sólo tenga aplicación en el campo de la reproducción.

No podemos soslayar que la sexualidad ha trascendido las alcobas o las sábanas, es decir, los comportamientos sexuales son catalogados y anatematizados por aspectos puramente culturales. La antropología ha determinado como principio que la prohibición del incesto es un patrón universal en todas las culturas humanas. Bastó tal definición, hasta ahora demostrable por notables antropólogos y por años de investigación, para hacer mella en lo sexual, para de allí desprender cientificidad.

Es decir: todo lo que pudo haber acontecido en la Isla de Lesbos, en Sodoma, Gomorra en cualquier paraje Occidental o donde usted imagine en relación a lo sexual es meramente una cuestión cultural (salvaguardando que las personas en cuestión elijan, es decir, que no estén sometidas por la fuerza o por la falta de maduración en cuanto a la edad que determinan los códigos) y las calificaciones que se desprenden de tales comportamientos quizás signifiquen mucho para las habladurías de barrio o para el psicoanálisis, pero no mucho más.

Y aquí radica una de las claves, sino la única, no sólo en su vinculación con la política, sino en su definición más cabal: la sexualidad es un ejercicio, no es una cartulina que uno debe llevar de acuerdo a como la practique o con quién. El poder no se pregunta o cuestiona si el que lo está ejerciendo lo amerita hacer, tiene condiciones intelectuales o es idóneo en algo. El poder y el sexo ocurren, no precisan explicaciones, por más que a uno no se las pidan y al otro sí, por más que a un ejercicio se lo persiga casi inquisitoriamente y al otro se le permita todo.

Por lo general la práctica sexual que no es tan común, o que supuestamente no es conforme a la de las mayorías, son analizadas desde tamices culturales, religiosos, psicológicos y de todas las ramas imaginables. Pero con sólo variar la óptica daremos cuenta que en verdad, aquellos practicantes (sobre todo en nuestra cultura) de lo que consideran normal, permitido o heterosexual-aceptable, pueden estar perdiéndose la posibilidad de explorar sus facetas denominadas de formas varias, o ejercicios sexuales más allá de los límites que se ponen o que la cultura les ha puesto. Es decir: no se puede refutar que tanto el órgano sexual masculino o femenino, al ser estimulado, frotado o contactado de cierta manera y con cierta frecuencia en un período determinado de tiempo, devolverá como respuesta fluidos, interacciones neuronales y un estado generalizado de felicidad, independientemente de que esa frotación la produzca un hombre, una mujer, un aparato, o una flor.

Podríamos continuar hasta el hartazgo enumerando esta suerte de aserciones, pero la cuestión no es tal, sólo planteamos que tanto los homosexuales como los heterosexuales podrían estar perdiéndose experiencias, sea por decisiones personales o por tabúes culturales, pero no por ello deben estar catalogados sus comportamientos como antinaturales. Simplemente decimos que el hecho de que una mujer considere que el beso de otra mujer es parte de su sexualidad (lo mismo se aplicaría a los hombres), es de lo más evidente que puede suceder con el hombre como género y como sujeto, y que una cultura que se precie de libertaria o que vaya hacia ello debería garantizarlo.

Aquí nuevamente la política, casi con seguridad, no pudo aceptar la obviedad natural de la bisexualidad del hombre, por el temor cierto a que la organización familiar no se haya podido consolidar de la forma en que está consolidada. A ello debemos agregarle factores de poder como la religión y la ética cultural sustentada en la temeridad de lo inexplorado (tanto el homo como el hetero, lo son porque deciden no explorar).

Necesitamos engañarnos, crearnos y creernos felices en un relato en donde no somos grises, sino blancos y los que no cumplen los mandatos son negros, y debemos excluirlos, sea en cárceles o con denominaciones, en etiquetas, en señalamientos. Para ello también hemos creado la ciencia como las leyes: es un mundo que nos cierra, es un mundo cerrado.

En tal encierro, delimitado por los barrotes normativos, nos concedemos supuestos recreos, en donde nos facultamos o nos hacemos creer que elegimos, nuestro destino, nuestros gobernantes, nuestros proyectos o nuestras formas de ser en el mundo.

Si no podemos o no nos animamos a contar cómo ejercemos nuestra sexualidad, sino a vivenciarla de la forma natural en que deberíamos vivenciarla, cómo podemos pedirles a nuestros políticos que cumplan sus promesas o palabras que sabemos que las dicen con conocimiento pleno de que no la cumplirán?.

Existe una explicación simbólica de por qué el humano tiene una tendencia al pesimismo que se sostiene en que no existe niño en el mundo que no nazca llorando (salvo los que salen con problemas de salud) y más allá de que sólo sea simbólica, no deja de brindar una sensación de verosimilitud.

En este caso, podemos concluir que si de un comportamiento tan privado nos fabricamos un relato de manera tal que nos sea más fácil nuestro día a día, nada nos impedirá continuar usando la no-verdad o la mentira, como para construir socialmente, edificar sofisticados palacios supuestamente amplios y participativos en donde la palabra se cumple y en donde los más beneficiados son los más necesitados.

Tanto en la política como en el sexo, no sabemos qué va a pasar, pero pasa o queremos que pase, esto es con taxativa precisión el espíritu mismo del principio de indeterminación o de incertidumbre, es la prueba exacta de nuestros tiempos dentro de democracias inciertas.

* Filósofo y autor argentino

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