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GUARDAR UN SECRETO HASTA LA MUERTE

Por miércoles 31 de agosto de 2016 Sin Comentarios

silencioo

Por: Faustino López Osuna

Para Jesús Monárrez, con profundo agradecimiento.

Roberto Rodríguez Ontiveros, Presidente Municipal de El Rosario (1994-1996), asesinado hace seis días en su municipio, compartió conmigo un secreto que le confió Lola Beltrán durante un reconocimiento-homenaje que le rindió en marzo de1996, en el Club de Leones, el H. Ayuntamiento rosarense, un año antes de la muerte de la gran cantante. (En ese evento estuvieron, aparte de las autoridades municipales, representantes de El Sol de México y de Televisa, así como la señora Paloma viuda de José Alfredo Jiménez, la legendaria chilena Monna Bell, los compositores Martín Urieta y Jorge Massías en representación de la Sociedad de Autores y Compositores de México, Los Hermanos Ornelas, José Ángel Sánchez, director entonces de El Sol del Pacífico y, llegado de último momento, Juan Gabriel, además de alrededor de mil asistentes de casa. Roberto Rodríguez Ontiveros me invitó personalmente el 2 de febrero anterior en las Fiestas de la Candelaria en mi pueblo).

Jorge Massías (compositor chiapaneco autor de la balada que dice “Tropecé de nuevo con la misma piedra”) presionado por Martín Urieta, habló con Lola Beltrán para que yo interviniera y dije versos expresando por qué le canto a Sinaloa, concluyendo con los de la letra del vals “Lindo Rosario querido”, que compuse para la gran Lola: “Hoy que me encuentro tan lejos/ tierra de mi corazón/ vuelvo hasta ti con el viento/ en alas de esta canción./ Por donde quiera que he ido/ siempre te he llevado en mí,/ lindo Rosario querido/ suelo donde yo nací./ Sé que fuiste tú/ nido de luz/ para mi voz;/ tu Baluarte fue/ donde abrevé/ mi inspiración./ Si un día fatal/ llego al final/ y he de morir/ quiero regresar/ y reposar/ por siempre en tí./ Lindo Rosario querido,/ suelo donde yo nací”.

Hacía cosa de año y medio que el compositor cualiacanense Jesús Monárrez en el Distrito Federal le había llevado el tema a Lola Beltrán a su casa y el compositor sonorense Manuel Campos (que trabajaba en Discos GAS) nos platicó que la señora Beltrán había llegado un día al estudio muy motivada con el vals y que lo iba a grabar. Pero nunca se grabó. Enterado de esto, Roberto Rodríguez (que venía a ser sobrino político de Lola) le preguntó porqué no grababa la canción a su pueblo que yo le había compuesto. Y la vez que el Presidente Municipal platicó conmigo después del homenaje, haciendo énfasis en que se trataba de algo muy confidencial y que me lo compartía por involucrárseme personalmente, viéndome a los ojos, me dijo que Lola le preguntó: “¿Quieres que te diga la verdad porqué? Porque Ferrus me advirtió que no lo hiciera, pues sería tentar a la fatalidad y seguro moriría pronto si lo hacía. Que recordara a Jorge Negrete cuando grabó “México lindo y querido” y a José Alfredo Jiménez cuando grabó “Gracias”. Que eso me pasaría a mí si lo grababa. Por eso se sacó de la grabación el tema”.

En el Club de Leones, Rodríguez Ontiveros me invitó al día siguiente al aeropuerto de Mazatlán, a despedir a Lola Beltrán. Y fui. Ella iba elegantemente vestida con blusa, falda y un listón en la frente, a la moda Nueva Orleans de los años 20 del siglo pasado. Al verme, casi para tomar el pasillo de abordar, se detuvo brevemente a saludarme: “Precioso lo que dijo ayer. Gracias”, me expresó. Gracias a usted; buen viaje, respondí. Y ya no supe más de ella, hasta el desafortunado día de su muerte, al año siguiente. Todavía, después del aeropuerto, Roberto, pasados unos días, me invitó a comer (haciéndose acompañar por una gran maestra jubilada) en un poblado rumbo a Chametla, cuyo nombre olvidé. Nunca volvimos a tocar el tema que decidimos guardar caballerosamente. (Ni a Jesús Monárrez informé jamás porqué no se grabó la canción que le llevó personalmente a Lola).Tampoco dimos en frecuentarnos Roberto y yo. Por ello, no lo puse al tanto de que Ferrusquilla, cuando lo traté en Culiacán durante todo el último año del gobierno de don Alfonso G. Calderón (1980), me platicó, entre muchísimas cosas de su vida, que se la pasaba en casa de Lola Beltrán, en el Pedregal, a unas cuadras de Miguel Ángel de Quevedo, por Ciudad Universitaria. Que alguna vez estando con ella, llegó Tomás Méndez a mostrarle unas canciones y él, que estaba a espaldas de Méndez, de frente a Lola, moviendo la quijada de un lado a otro, le comunicó a ella que no tomara ninguna de las canciones que le cantó (“muy desafinado”, dijo). No fue sino hasta un año después (1981) que Ferrusquilla supo que yo era compositor, con motivo de que lo llevé a El Rosario a felicitar por su cumpleaños a don Carlos Hubbard. Ahí, en el patio familiar, de fiesta, me pidió que cantara una canción ranchera mía y canté también El San ignacense, acompañado por él y los Hermanos Falcón.

En 1980, Ferrusquilla me dijo que había regresado a morir a su tierra. Amigos en la ciudad de México me comentaron que al desaparecer el Banco Cinematográfico que dirigía Rodolfo Echeverría (emparentado directamente con su esposa, igual que su hermano Luis Echeverría) había terminado el apoyo que le brindaban con innumerables papeles de extra en el cine nacional y, también, que a la llegada de Roberto Cantoral y Armando Manzanero, había salido penosamente de la Sociedad de Autores y Compositores de México, donde había permanecido casi 30 años. Pienso que a ello se debía su determinación tan sombría para regresarse a la tierra. Mas, de pronto la vida le sonrió aquí, gracias a que Lola le había conseguido que le abriera sus presentaciones en la campaña electoral para gobernador de Francisco Labastida (1986).

Enamorado de mi tierra, desde que en 2006 empecé a escribir en El Debate de Mazatlán, luego en El Sol de Mazatlán y La Voz del Norte, pese a saber yo que había influido en Lola Beltrán para que no me grabara el vals que compuse especialmente para ella (cosa que Ferrusquilla nunca supo que yo lo sabía), siempre escribí bien de él elogiándolo. Ahí está lo publicado por mí. Un día de pronto me dijo que no se acostumbraba que un compositor elogiara a otro. Y le dije que yo amaba a Sinaloa por encima de todo. Y que reconocía que él representaba un valor dentro de la cultura de nuestro pueblo. Ya no volvió a tocar el punto.

Hoy, que ya murieron Lola y él y Roberto Rodríguez Ontiveros, menciono el asunto como tributo a la memoria de este último, quien, fiel a su conciencia, me confió el secreto que no quiso llevarse a la tumba. Sé que al final del tiempo, el fallo de la historia no me será más adverso que como me ha ido en la vida en los últimos años. Descansen en paz.

* Economista y compositor

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