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MISCELÁNEA DE GOLONDRINAS

Por domingo 31 de enero de 2016 Sin Comentarios

Por: Faustino López Osuna

Por pertenecer o relacionarse con los mitos, la golondrina es un ave mítica, en tanto que mito es cosa fabulosa, como el ave fénix cuyo sinónimo es leyenda. Según el diccionario, golondrina, del latín: hirundo, es un género de pájaros fisirrostros, de cola ahorquillada y alas largas. Los fisirrostros constituyen un grupo de aves que tienen el pico profundamente hendido. Pero no es este aspecto, del que gustan los amantes de la ornitología (zoología que estudia las aves), sino del ave en sí, presente en todas las culturas del planeta desde la antigüedad, lo que motiva este tema.

La golondrina huye del frío, que la mata. Igual emigra del Asia a África y a Europa y de ahí a América. Está en todos los continentes, según las estaciones del año, evitando el invierno. Lo asombroso es que con una sincronía exacta, la golondrina cruza casi 20 mil kilómetros del Atlántico o del Pacífico y llega puntual a su destino. Y no aparece solitaria, sino en bandadas de miles y miles. Hay lugares, como en Los Ángeles, California, donde los lugareños se reúnen el día del mes en que arriban desde siempre, para admirar su puntualidad, a modo de bienvenida.

A la manera de la mariposa monarca que viaja de Canadá a México guiándose, según se empieza a conocer, por el eje magnético de la tierra, la golondrina, dotada con un extraordinario equipamiento de navegación, se sirve y se posa, por etapas, de descansos, en trasatlánticos y, alzando como vela su ala triangular, de las corrientes marinas. Por ello se la relaciona con el mar y, con éste, con sus eternas despedidas. Es, según las canciones en que se cita, el ave del adiós y, como dice Pablo Neruda, de la tristeza de las despedidas: “Y de pronto entristeces, como un viaje”. La tradicional y hermosa danza mexicana es ejemplo de ello: “A dónde irá veloz y fatigada/ la golondrina que de aquí se va”.

Hay canciones en las que hace las veces de paloma mensajera: “Vuela hacia allá, agraciada golondrina,/ toma esta carta y a mi amada se la llevas;/ toma este pomo de olores y en el pecho se lo riegas, ¡ay!/que me mande de amor la contestación”. Casi rivalizando en belleza con “Las golondrinas” mexicanas, pero sin la popularización de éstas, están “Las golondrinas” yucatecas: “Así en la mañana jovial de mi vida/ vinieron en alas de la juventud/ amores y ensueños como golondrinas/ como golondrinas bañadas de luz,/ más trajo el invierno su niebla sombría,/ la rubia mañana llorosa se fue,/ se fueron los sueños y las golondrinas/ y las golondrinas se fueron también”.

De otra canción (aprendida en la infancia y que transmitía la radio de entonces), recuerdo: “Volverás golondrina de ojos negros/ que te vas cruzando el mar,/ volverás porque sabes que te quiero/ y no te puedo olvidar”. He de mencionar que el portal de mi casa de Aguacaliente de Gárate (construida por Juan José Gárate en 1862) es el hogar escogido por cientos de golondrinas todo el año. Pese a tanta casa con portales y techos similares en el pueblo, aquí duermen y viven felices, de toda la vida. Un enigma.

Desde los poetas del Siglo de Oro hasta los del Romanticismo, la golondrina es emblema de sus poemas. Como lo citamos anteriormente, Gustavo Adolfo Bécquer escribe: “Volverán las oscuras golondrinas/ en tu jardín sus nidos a colgar…” Y, versos más adelante, concluye: “Pero (las que surcaron nuestro cielo)/ esas no volverán”. El extraordinario Premio Nobel, también español, Juan Ramón Jiménez, en su inmortal “Platero y yo”, conmueve en su relato XIII, titulado “Golondrinas”:

“Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha, en su nido gris del cuadro de la Virgen de Montemayor, nido respetado siempre. Está la infeliz como asustada. Me parece que esta vez se han equivocado las pobres golondrinas, como se equivocaron, la semana pasada, las gallinas, recogiéndose en su cobijo cuando el sol de las dos se eclipsó. La primavera tuvo la coquetería de levantarse este año más temprano, pero ha tenido que guardar de nuevo, tiritando, su tierna desnudez en el lecho nublado de marzo. ¡Da pena ver marchitarse, en capullo, las rosas vírgenes del naranjo!

Están ya aquí, Platero, las golondrinas y apenas se las oye, como otros años, cuando el primer día de llegar lo saludan y lo curiosean todo, charlando sin tregua en su rizado gorjeo. Le contaban a las flores lo que habían visto en África, sus dos viajes por el mar, echadas en el agua, con el ala por vela, o en las jarcias de los barcos; de otros ocasos, de otras auroras, de otras noches con estrellas…

No saben qué hacer. Vuelan mudas, desorientadas, como andan las hormigas cuando un niño les pisotea el camino. No se atreven a subir y bajar por la Calle Nueva en insistente línea recta con aquel adornito al fin, ni a entrar en sus nidos de los pozos, ni a ponerse en los alambres del telégrafo, que el norte hace zumbar, en su cuadro clásico de carteras, junto a los aisladores blancos… ¡Se van a morir de frío, Platero!”.

* Economista y compositor

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