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La droga un goce del Otro“Una vez que se entra, no se sabe hasta donde se va.” Jacques-Alain Miller.

Por lunes 30 de noviembre de 2015 Sin Comentarios

Las drogas

Por: Carlos Varela Nájera

Es difícil frente a la legalización de la mariguana saber hasta donde se va a llegar, porque el placer somete y seduce a lo humano, ese placer no tiene miramientos siempre busca más, se ha dicho que la mariguana es la droga de los pobres, pero aún así, en el mercado deja grandes ganancias, ya que esta ramita que en sus inicios era verde instala en el sujeto una relación intoxicada donde el plus de goce es el valor agregado a la pequeña inversión.

Lo que si sabemos es que el sujeto con su nueva pareja, que no es una mujer, sino su tóxico, y la mujer o lo que queda de ella pasará a ser segundo termino en la producción de placeres, lo que si sabemos es que el encuentro del sujeto con el goce siempre irá en aumento. Lacan cómicamente mencionaba “de las cosquillas a la parrilla” para decir del embrutecimiento del sujeto, en este caso yo diría por el goce tóxico exiliándolo levemente en algunos territorios de placer.

La droga es una de las estructuras económicas del capitalismo, eso nunca se quiere decir, pero así es, el capitalismo inventa los paraíso fiscales y también las distintas modalidades de paraísos artificiales con la industrialización de las drogas, y esto sin lugar a dudas genera ganancias, el territorio donde se mueve el mercado de abasto de drogas esta bien definido y obedece a una lógica de mercado, donde existe la socialización del goce que genera el tóxico.

Estos mercados comunes con territorios bien marcados instalan un orden imaginario, donde las imágenes de satisfacción intoxicada invaden ese orden imaginario, y ahí, el adolescente se identifica con el placer del tóxico, mientras según él le llega el placer sexual, pero quedando atrapado en el tóxico mediante un lazo ominoso, una nueva erótica con la desexualización de la libido y el empuje a lo femenino lugar a donde lo conduce la droga. La feminización a la cual nos somete el tóxico, cuando son drogas mas complejas como la heroína genera un placer indescriptible para el orden simbólico quedando el sujeto en un paroxismo imaginario.

La felicidad del instante arropa al sujeto en una adicción y dependencia producto de la poca capacidad del sujeto a ser disuadido del placer, entre más placer más dependencia, es como si la droga en sí instalara una masturbación portátil con consecuencias paroxicas cuasi orgásmicas. Por otro lado, el placer del tóxico instala al sujeto en lo que el psicoanálisis nombró como pulsión de muerte, de hecho Freud menciona que todo es pulsión de muerte y el principio del placer fue sólo un pretexto para el sujeto de esta pulsión de muerte haciéndole creer que puede alcanzar la máxima felicidad y ser inmortal, eso sería la borrachera del tóxico, también de la religión, y de igual modo la ciencia intoxicándonos con la borrachera de la supuesta felicidad.

No hay que olvidar que el Estado quiere sujetos dóciles y estos los produce la drogadicción generalizada, por ello el Estado y todos sus aparatos ideológicos están encaminados a hacer politiquería del consumo, ya que es mejor un adolescente adicto que dos adolescentes luchando por cambiar sus condiciones de vida y cuestionando al Estado.

Es por ello, que con la droga se domestica el carácter contestatario del adolescente y en el estado de zombielización a la cual lo conduce el tóxico, es el ideal de adolescente que nada exige, que nada pide sólo su dosis o gramos, este es el sujeto cívico que el Estado pide, la droga consumida sume al adolescente a un silencio ensordecedor, donde la única demanda del adolescente es volver a repetir la dosis, intoxicando el cuerpo convirtiéndolo en un fetiche, en un desecho, donde la miseria del sujeto es volver al mismo lugar donde el consumo adquiere un férreo lazo que lo mata de placer.

“Los pacientes empezaron a apropiarse de la droga por su cuenta y se convirtieron en adictos a la cocaí na como antes lo habían sido de la morfina… Pronto se supo que la cocaí na utilizada de esta forma es má s peligrosa que la morfina. En lugar de un lento marasmo se produce aquí una deteriorizació n fí fí sica y moral rá pida, unos estados alucinatorios con agitació n similares al delirium tremens, una maní a persecutoria cró nica, que en mi experiencia se caracteriza por la alucinació n de pequeñ os animales que se mueven por la piel, y la adicció n a la cocaí na en lugar de adicció n a la morfina. Tales fueron los tristes resultados obtenidos al tratar de expulsar al demonio por medio de Belcebú ”. Sigmund Freud (1887): Anhelo y temor de la cocaína, en Estudios sobre la cocaína.

* Lic. en Psicología, doctor en educacion

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