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La droga ¿Exquisito delirio?

Por sábado 31 de octubre de 2015 Sin Comentarios

Por: Carlos Varela Nájera

“El infinito del goce pulsional se manifiesta en las adicciones queriendo siempre más droga, acortando los tiempos entre una ingesta y la próxima hasta que la sobre dosis o alguna otra experiencia cercana a la muerte imponen un límite”. Gerardo Requiz. Nueva Escuela Lacaniana-AMP.

Desde siempre el sujeto se ha drogado, la droga viene a mitigar penas, o bien es un intento de ir más allá… al más allá de la droga se instala en el lugar de la insatisfacción del sujeto, se supone que al consumirla el quita penas te hace despegar al paraíso artificial, desapareciendo la falta y su castración, haciendo creer que es posible alcanzar los cielos con la mano, basta con llenar el alma con un estupefaciente. El psicoanalista Eric Laurent, nos habla del objeto droga en la civilización, este objeto droga, que se intenta legalizar no es un problema, el problema es que hay sujetos que sueñan con su legalización siempre y cuando los ricos de siempre la comercialicen, ese fue y es el delirio de un Vicente Fox, comercializarla, y el verdadero problema no es su venta, o legalización, sino la adicción que genera al consumidor, sabemos que ese monto adictivo es el gran dolor de cabeza del capitalismo, y la adicción como secuela, se cuela enfermando adictivamente a los sujetos.

Laurent con su análisis agudo, menciona que la droga lejos de lo que suponemos, no es un objeto hedonista, más aún menciona este autor, no plantea la droga un hedonismo feliz, ya que se parte de un principio del placer, llegando a un más allá del principio del placer es decir al dolor por no tenerla, la droga por lo tanto convierte al consumidor en una suerte de servidumbre voluntaria, un esclavo al imperativo súper yoico de goza, goza hasta reventar, colocando al sujeto en el precipicio de su muerte, por ello el famoso slogan de la guerra contra las drogas es sólo eso un slogan político.

En la guerra contra las drogas se plantea también la cura, con políticas públicas de salud, los tratamientos por lo regular son intervenciones autoritarias que obedecen al amo del capital, pensando que el adicto es una rata experimental, imponiendo un moldeamiento militar desde la posición salutogénica de amo. Por otro lado, se trata desde el psicoanálisis no de curar sino de soportar los estragos de la droga sobre el sujeto, a nivel personal, familiar y laboral, y la posición que el objeto droga cumple a nivel de suplencia contra la miseria psíquica de las masas, reduciendo en lo posible la embestida que realiza la pulsión de muerte sobre el destino del sujeto y sus miserables placeres, recordemos que quien consume se otorga con la droga un plus de goce, y muchas veces es infructuoso su cura, algunos lo logran dirigiendo
la adicción a otra cosa pero sin dejarla. La droga coloca al consumidor en una súbita eternidad flotante, donde Dios queda reducido al gramo que consume, y esa eternidad remite sólo a la esperada repetición por la tarde o al día siguiente, esta eternidad flotante también se realizaría con la suspensión del propio sujeto, un estado alterado propiciado por puro placer, ya que el objeto droga nos anestesia los problemas colocándonos en un hedonismo feminizante, eso sería la eternidad flotante, que en su momento expresó Laurent. En algunos sujetos apegarse a su droga es con el fin de despegarse de sus parejas o de sus problemas económicos o familiares. La pretendida adicción es una suplencia mortífera para despertar de esa relación, durmiéndose en el sueño tóxico. Llega un momento en que la droga cumple una función específica, a saber, esta droga toma el lugar de lo extimo, lo más familiar, objeto droga, se vuelve tu peor amenaza, colocando al sujeto en un esclavo dócil al imperativo de los goces, ahí Dios no cuenta, curiosamente, qué función cumple Dios en el adicto… Dios desaparece, y aparece cuando la droga se hace necesaria, es decir, más fuerte que Dios es la droga en ciertos momentos de gravidez del adicto, aunque sobra decirlo en las comunidades de rehabilitación Dios se pone como consolador del adicto, haciéndole creer al poseído por el placer de la droga que Dios lo salvará, pero cuando está la malilla Dios estorba, y salva el gramo o la dosis de heroína, esa si es palabra de Dios, el gran consolador portátil.

 * Lic. en Psicología, doctor en educacion

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