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El cocho y el uso de la lengua

Por sábado 15 de agosto de 2015 Sin Comentarios

Por: Carlos F. Lavín Figueroa

En el Sureste Mexicano, especialmente en Chiapa de Corzo, se cocina un plato de lo más suculento, el cochito horneado, un manjar, sazonado con especias en delicada armonía, con sutil paladar similar al pibil yucateco, pero pibil no refiere a condimento, viene de pib que en maya es horno enterrado, de ahí que el original se cocina a similar manera de barbacoa. Eso de cochito, aquí, y en otros rumbos, pudiera entenderse de otra manera pero allá, la palabra –aseguro yo- es una contracción de cochinito, que es un lechón o cochino pequeño de semanas de nacido, que sólo ha mamado leche de su mama la cochina, y ello le da un sabor único -y mucho mejor si es hembra- platillo muy apreciado por los sibaritas y gurmés.

Pues, sucede que en el vecino Estado de Guerrero también se conoce como cocho –contracción de cochino- a ese mamífero, y así está registrado en el Diccionario de la Academia, pero por extensión así se les llama también a las personas pasaditas de peso.

Y en cierta ocasión, la policía de Guerrero traía una orden de aprehensión para un fulano que había cometido un delito en ese vecino estado, después de intensa búsqueda fue localizado en Cuernavaca; y le pusieron “campana” para detectar sus movimientos –campana es un policía que sigue a todos lados al investigado, que deduzco se dice así, en similitud a vacas y bueyes que se les pone una campana colgada al cuello para que puedan ser encontrados fácilmente- fue seguido varios días; una vez bien identificado, arribaron dos policías guerrerenses, se apoltronaron cerca de donde se escondía, esperaron pacientemente y cuando llegaba al lugar, fue señalado por “el campana”, ¡ese es! y fue abordado y detenido en apego a lo establecido en los cánones de las corporaciones policíacas mexicanas; uno de los judiciales guerrerenses, lo agarró de pantalón y cinturón por la espalda, jalando fuertemente hacia arriba para sacarlo de equilibrio al mismo tiempo que le torcía el brazo hacia atrás, mientras el otro le hundía la pistola en el voluminoso vientre, -era bastante gordinflón- ambos le gritaban, “estas detenido pinche cocho”, “no te resistas cocho, o aquí te carga la chingada”, a lo que el detenido chilango, sin oponer resistencia contestaba, “no jefes, yo no soy el cocho, me están confundiendo amigos, a mí no me dicen el cocho, yo soy el gato, así me conocen”; pues a ti te buscamos pinche gato cocho. Este fue un caso verídico ocurrido apenas hace unos años.

Pero por cocho, en algunos lugares se entiende también por tacaño; en otro sentido se le dice concha; o como escribe García Márquez con su realismo mágico, mezcla de fantasía y crudeza que definió como la ruptura de la frontera entre lo que parece real y lo que parece fantástico, como en su Crónica de una muerte anunciada, cuando uno de los personajes femeninos explicaba, “y me agarró toda la panocha” –que pienso ha de ser por eso de la melaza- y este nombre, en otros lados es sinónimo de mazorca, racimo de uvas o frutas, lo que es apropiado y similar a eso de papaya, palabra esta que en portugués se traduce en mamáo.

Y anécdotas de esos los hay un sinnúmero porque los localismos hacen caer en situaciones grotescas y más aún en los distintos países de habla hispana; en cierta ocasión con apenas tres días de haber arribado yo a un país de Sudamérica, entre risas y comentarios departíamos un grupo de conocidos, dentro de la plática, y porque venía al caso, yo me dirigí a una mujer con la expresión ¡yo, ya te caché! -que de México a Centroamérica, significa te sorprendí- ella, se puso roja, y retumbó un silencio abrumador; todos, asombrados y tiesos se volteaban a ver unos con otros moviendo sólo los ojos, pero es que en esos lares, cachar, viene siendo sinónimo de coger, lo que en México es la acción erótica y feroz en sentido sólo instintivo, o sea, sin hacer el amor, sino directo y al grano, ahorita y donde caiga, ¡eso es coger, no mamadas!, y que en otros lugares coger es simplemente agarrar lo que sea, incluso se usa para decir te cogí desprevenida. Ah que los regionalismos, por eso cuando se va a otro lugar hay que tener cuidado con lo que se dice.

Y ya en estos temas, yo no entiendo cómo es que al Monte de Venus se le llama así, si en Venus, no hay ni maleza ni melaza, o será por la concha de la Venus de Botticelli, o de la griega de la isla de Milos; sólo que, ambas la tienen tapada.

Un choro, como ese, en México, es un cuento aderezado con quimeras, y en todo el cono sur americano, un choro, es un simple mejillón; ahí, en El Callao están los exquisitos “Choros a la chalaca”, chalaco, es el gentilicio de los oriundos de El Callao, ¡pendejo!, es tonto y necio en todas las naciones hispanas, a excepción del Perú y Bolivia -que eran un solo país- ahí es todo lo contrario ¡pendejo!, es una persona muy inteligente, -razón por la que hay fuerte emigración a esos países. A ver, a ver, en que broncas metemos a la Real Academia de la Lengua, pero su presidente dice que los únicos dueños de la lengua somos los hablantes, como yo, y toca a ella registrar y regularizar este desgarriate.

Y en eso de la lengua, y, de, los, cochos… varios amigos, departían en animada tertulia organizando su próxima parranda para lo que decidieron contratar a las mismas muchachas de la anterior ocasión, de las que entre ellas dicen ser damas de compañía, llegaron a un arreglo de a mil por cada una, y en paquete
seria por toda la noche, y le llamaron por teléfono a su amigo Valente, que no estaba presente, le explicaron el plan y le dijeron que a él le tocaría Estefi;… ¡porque Estefi!…; había dicho, que ella iría a la reunión sólo si le tocaba con el Vale, y el Vale, como todo le vale y como buen cocho –por aquello de tacaño y gordito preguntaba quién era la tal Estefi, que no sabía quién era, ante su insistencia, le recordaron que era Estefi Herro, la mulata de tez estirada y brillosa, de esa que se había enamorado en la anterior juerga mimándola, dije mimándola, toda la noche cuando él estaba hasta las trancas. Ah que bromas de los amigos tan pesados y tan pasados.

Uno es verdaderamente libre cuando deja de sentir vergüenza de lo que dice. Friedrich Nietzsche

* Historiador y cronista de Cuernavaca

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