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MI TIA MAURA (o la otra zona azul)

Por martes 31 de marzo de 2015 Sin Comentarios

MI TIA MAURA

(o la otra zona azul)

Por: Miguel Ángel Avilés

Las zonas azules son lugares en el mundo donde las personas son más longevas, superando los 100 años de edad. Las cinco regiones identificadas y discutidas por Buettner en el libro Zonas Azules son Cerdeña, Italia, la isla de Okinawa, Japón, Loma Linda, California, la Península de Nicoya, Costa e Icaria, isla de Grecia cerca de la costa turca.

Esos dicen los expertos y los que han estudiado el tema de la longevidad. Yo les digo también que en Los cabos, hay una zona azul pintada por un mar interminable y sublime. También hay otra, al menos una más, en una casa situada en la localidad de Las Veredas porque en ella vive desde algunos años, mi tía Maura, quien recientemente cumplió 104 años de edad, no le hace que no viva en las cinco regiones identificadas y discutidas por el mentado Dan Buettner.

Maura Ojeda Viuda de Castro pudiera decirle ella si le pide su nombre y se presentará con usted de la manera más lucida y cortés, por más que algunas veces se le suba su apellido a la cabeza y sea cabroncita.

Yo la conozco desde que, siendo un niño, uno empieza a saber quién es quién en la escala de parientes y desde entonces la veo como si en su figura nunca hubiera transcurrido el tiempo.

En muchas ocasiones la vi llegar a casa cuando venía del rancho, a veces sola, a veces acompañada de otro pariente, pero siempre con un una sonrisa gozosa y pícara, como si fuera la aldaba para entrar por aquel zaguán de madera, que recibió a tanta gente para hospedarse por algunos días en ese domicilio.

Mi tía Maura se apeaba del carro-o del taxi- y caminaba unos pasos, como balanceándose, como si quisiera ir más de prisa, como si fuera la primera vez que nos viera y, luego de darnos un abrazo, hacia entrega de un bultito que contenía algún sabroso producto que con sus propias manos había preparado en el rancho para la ocasión.

Mi tía Maura, de baja estatura y abultada de cuerpo, se quedaba con nosotros por un tiempo y uno sabía que su presencia era un incentivo más para ser feliz en casa. La recuerdo recién levantada a la orilla de la cama, dándole el primer sorbo a esa taza de café de grano que le llevaba mamá: su ahijada dicho sea de paso. La recuerdo frente a la televisión, viendo, emocionada, una película mexicana del cine de oro o la telenovela del momento. La recuerdo también sentada en el patio, luego de bañarse y alisando su pelo blanco y largo. La recuerdo en el corredor, en esa mesa larga y de madera añeja, saboreando los caldos que le hacía exprofeso su ahijada. La recuerdo en sus infortunios y sus años venturosos. Más la recuerdo cuando se quedó con nosotros por largo tiempo, la vez que mamá hubo de ir a Guadalajara por razones que ya no me quiero acordar.

Mejor me acuerdo cuando, en broma, le propuse a mi tía un gran negocio. Es que mi tía Maura tiene un rostro bondadoso y una mirada apacible. Su cabello es blanco como la pureza y con los años se acentuó su amor por Dios. Sí: yo tampoco daba crédito a eso pero mi tía, por un tiempo, estaba igualita a Juan Pablo Segundo. Se lo dije y le propuse que fuéramos en busca de un pick up, lo pintáramos de blanco y le pusiéramos en la caja una carpa trasparente. Luego, ella se enfundaría una túnica blanca hecha con un par de sábanas y saldríamos a recorrer los caminos vecinales, como un homenaje al santo padre. Esto último lo diríamos para no ofender pero el cumplido no impediría que a su paso, los feligreses correspondieran a ese milagro, dándonos una parte de sus ahorritos, o un par de gallinas, o carne seca o dulce de Pitahaya o mantequilla o queso recién hecho.

Ella río de buena gana y se levantó para ir a calentar más café porque yo estaba jodiendo por otra taza. Ya de grande, a mi tía Maura Solía visitarla en vacaciones cuando yo iba un par de semanas a La Paz y deseábamos ver a toda esa gente querida que habitaba los dos primeros ranchos, casi a la entrada del Ejido Las Casitas, ese punto de sangre donde había nacido mamá y al cual nos aquerenció desde que éramos niños.

Esas visitas ya no fueron tan frecuentes y a mi tía la dejé de ver por algún tiempo. Pude enterarme que salió del Rancho y se fue a vivir a Las Veredas, una localidad muy cercana a San José del Cabo.

Pese a la distancia no le hemos perdido de vista y sé cómo ha estado ella: mi tía sigue ahí, sorteando sus infortunios y disfrutando sus años venturosos. No hace mucho que fue coronada como la reina que es, en esa zona azul rodeada por el mar.

Mi tía, como esa zona azul, también está rodeada de mucha gente que la quiere. Todavía tiene la fuerza de ponerse frente a la televisión y ver, emocionada, una película mexicana del cine de oro o la telenovela del momento. También se sienta en el patio, luego de bañarse y alisa su pelo blanco y largo. Por si fuera poco, escucha las noticias en la radio y, si usted le marca, ella misma puede contestarle en su celular.

A principios de año le marqué porque estaba de fiesta: había cumplido su 104 años y hay quienes dicen que pueden ser más. Se acordó de muchas cosas, pero, particularmente, se acordó de aquella vez que mamá hubo de ir a Guadalajara y ella se quedó con nosotros por largo tiempo. “Ahí andabas como pollito atrás de mí por toda la casa” dijo y se rio de buena gana.

Mi tía se notaba contenta y con su lucidez a flor de piel. Gozaba como una niña de 104 años cabales que recibe cada mañana el mejor regalo de su vida: la vida misma.

Pareciera que me dijera lo que alguna vez diría la legendaria actriz María Casares: “Vivir es sentir sin amargura todas las edades, hasta que llega la muerte”.

Esa noche, mientras me la imaginaba feliz, bailando a la luz de la luna, yo me puse a escribir esto.

* Lic. en Derecho, escritor y Premio del Libro Sonorense

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