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Más de los “arrieros del piaxtla”, del “tio” Genaro y de sus “sobrinos” San Javiereños

Por domingo 23 de noviembre de 2014 Sin Comentarios

“Apuntes  relacionados con la serie de artículos que “la voz del norte” publicó  sobre el tema “los arrieros del Piaxtla”, los cuales quedaron pendientes de redactar  y que tienen que ver,  en cuanto a su contenido, con hechos anecdóticos, que al narrarlos ahora, complementan aquella historia de carácter regional protagonizada por hombres recios y arrojados  que enfrentando todo tipo de peligros, representaron la esencia humana del sistema comunicante que significó la arriería en México como responsable de realizar a lomo de bestias,  el tráfico de toda la mercancía, artículos alimenticios, medicinales  y otros más, sobre todo, el hacer llegar el azogue y el mercurio a los fundos mineros, que eran elementos fundamentales para la obtención de los metales preciosos , aparte del proceso tradicional conocido como  fundición”. El Autor.

Por Salvador Antonio Echeagaray*

pag 5 SALVADOR ANTONIO ECHEAGARAY PICOS1El que se llamó “Camino Real” que se transitaba  aún en los años cuarentas, entre el pueblo de San Javier y la cabecera municipal de San Ignacio, tiene como antecedente “romántico-musical” aquella afamada canción conocida a nivel no sólo nacional sino también en el extranjero, que en la parte que nos interesa  dice: “Ca- mii- noos- de Saan- Ignacioo,- Ca –mii –noos- de Saan-Jjavieer,- no dejees- amoor- pendientee-como eel- que dejaste ayeer, nostálgico tema musical debido a la inspiración del connotado Profesor Romeo Zazueta, precisamente originario del citado pueblo de San Javier, distinguido músico-compositor y arreglista que fue el creador de la famosa banda de viento “Los Guamuchileños de Culiacán”, de gratísimos recuerdos románticos para los culiacanenses que disfrutaron de  la tranquilidad y paz comunitaria  en la época de los años cincuentas.  Este camino no era usado sólo por jinetes. En esa época, también transitaban regularmente los llamados “tranvías” de pasajeros, que habían sido adaptados  con la colocación del “techo” y bancas  a partir de la cabina del conductor y su infaltable auxiliar, así como las  lonas impermeabilizadas a los lados para protección de los pasajeros, en caso de lluvia en tiempos de “aguas” y desde luego, el uso de camiones de carga así como automóviles particulares, toda vez que este camino significaba la ruta más directa entre la cabecera de San Ignacio, pasando precisamente por San Javier y que continuaba por los pueblos ubicados en las orillas del rio Piaxtla, hasta conectar con el “Camino Real”, que pasaba entre el asentamiento  de Ixpalino y el pueblo de  Camino Real,  ruta que llevaba a los centros urbanos del norte mexicano, los cuales  debían su prosperidad a la actividad minera, como lo fueron: Cósala, Álamos, El Fuerte y los fundos metalúrgicos de Sonora y la frontera con los Estados Unidos de Norte -América, teniendo como destino final “El paso del Norte”, hoy conocido como Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua. En cuanto al tema referente a los “Arrieros del Piaxtla”, permítanme contarles que el citado líder de los arrieros, don Genaro, durante la despedida la noche previa de su partida, sentados todos alrededor de una fogata que nos proporcionaba calor y alejaba los molestos zancudos, al terminar de contarnos una interesante leyenda que esa noche versó sobre un tesoro nunca localizado, escondido en alguna cueva de la intrincada sierra por los famosos “Lauréanos”, asaltantes de caminos que operaban en el territorio comprendido entre los sureños Municipios de San Ignacio, Cosala y Elota, se levantó de repente con la agilidad que le caracterizaba, para hurgar en  aquella famosa bolsa de piel llamada “Cantina” que terciada sobre la cabeza de la silla de montar, usaban los jinetes que emprendían largas jornadas, y nos entregó a cada “sobrino”, una moneda – “como un recuerdo del “tío” arriero”-, nos dijo. A mí, me dio un peso de plata 0720, acuñado en 1938, que resplandeció con la luz de la luna que esa noche brillaba espléndida. Al terminar el “vivac”, Caminé a mi casa acariciando la brillante moneda, admirado de su belleza,  que hasta entonces desconocía. Aún la conservo. A veces la limpio con el trapo de gamuza donde la guardo, sintiendo la sutil presencia del personaje que me la regaló, siendo yo, apenas un niño. Tiempo después de obtener el título de abogado, celebré esponsales con el amor de mi vida, Alma Divina Sánchez Cárdenas, realizando, tras prolongada ausencia por tiempos de estudios superiores, en la Universidad Nacional Autónoma de México, la pospuesta visita a San Javier. Llevamos con nosotros a nuestras dos hermosas hijas, llamadas Alma Divina y Ana Gabriela; poco después nos llegarían, Salvador Antonio y Helga Dinorah.

Estuvimos varios días disfrutando del bello pueblo de donde soy originario, y que tanto gusta a quienes lo visitan y admiran en sus construcciones y casonas señoriales su estilo colonial, con remembranza de la tradicional arquitectura española, lo que se explica toda vez que San Javier, fue fundado por la orden de los Jesuitas, según unos cronistas en el año del señor de 1564, y otros, asientan que nuestro pueblo, como San Agustín, Guaymino, San Ignacio, Santa Apolonia y San Jerónimo de Ajoya, se fundó en 1640.

Lo cierto es que San Javier, y lo que escribo está documentado, fue un “Asentamiento Español” y “Sede” de una Misión Jesuita que logró importante impacto en la región Norte y Sur del Piaxtla, no sólo en el ámbito de lo religioso, sino también en el orden cultural, educativo y en la enseñanza de talleres y oficios varios, que preparó a los jóvenes indígenas de la región que en su momento, desempeñaron los diversos oficios que se requerían en la próspera misión de los Padres de la Orden de San Ignacio de Loyola, y la cual, se afirma, comprendía entonces, toda el área territorial que actualmente comprende los pueblos de Camino Real, Ixpalino y Cabazán, según testimonio de la tradición oral. Lo señalado en el párrafo anterior, también lo prueba, la construcción de la iglesia monumental que existe en San Javier, la cual es admirada tanto por turistas nacionales como extranjeros, extrañados de que en un pueblo de menos de 350 habitantes, exista un templo de tamaña proporción. En relación al primer día de mi estancia en el querido terruño, con satisfacción recibí las gratas visitas de mis amigos que fueron compañeros en la Escuela Primaria. Aprecié que pocos se decidieron por estudios Universitarios o Tecnológicos. La mayoría se quedaron a sembrar, ayudando a sus padres en las labores agropecuarias que la costumbre o tradición familiar imponía. Sólo tres estudiantes de la primaria, dejamos el pueblo en la búsqueda de un destino diferente. Dos se graduaron de Maestros y yo, de Abogado, como lo señalé párrafos  atrás. Fue evidente como la mayor parte de aquellos muchachos que habían convivido con el personaje inolvidable de nuestra niñez, sepultaron en los recovecos de la memoria, debido a diversas circunstancias, aquella oportuna y útil recomendación que aparte de nuestros padres, nos planteó el líder de los Arrieros del Piaxtla, allá por los años cuarentas del siglo pasado, cuando nos aconsejó que estudiáramos alguna carrera ya  en Culiacán o en Mazatlán, que nos permitiera obtener las herramientas del conocimiento, de la ciencia o de la tecnología necesarias, para enfrentar con éxito nuestro  futuro.

*Notario público y autor.

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