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Solo para locos

Por domingo 5 de octubre de 2014 Sin Comentarios

 “Si algún día sueñas con ser invisible, vuélvete pobre y sin poder”
“Jorge, El tigre de Pericos”

Por Jaime Irizar Lopéz*

En el café al que acostumbro asistir, me tocó en suerte escuchar una conversación entre dos parejas de jóvenes que analizaban con mucha libertad, ligereza y poco afecto la conducta de sus padres. Al participar discretamente como “metichazo” en calidad de oyente casual, quiero decir que me calaron hondo los señalamientos crudos con que definían esos muchachos a sus progenitores. Sufrí pena ajena, aunque tengo por cierto, lo quiero aclarar desde el principio de este articulo, que yo no soy, ni he sido, a mi juicio el mejor de los padres, ni espero nunca que por esta condición o ninguna otra parecida, vaya a recibir un reconocimiento favorable de parte de nadie, pero no por ello renunciaré a mi derecho de externar mi opinión al respecto, de ahí que el tema que abordaré en esta entrega a LA VOZ DEL NORTE, lo haré solo en forma de abstracción pura, sin pretender enjuiciar a nadie, y mi reflexión versará sobre las obligaciones que los padres tenemos para con los hijos y viceversa. Trataré de tocarlo solo con la solvencia que me brinda el hecho de mis experiencias, y de las conductas poco propias que en ocasiones tuve en mi calidad de padre. Ojala que este ejercicio catártico me libere de algunos sentimientos de culpa e invite a la reflexión aunque sea tan sólo a uno de mis lectores.

En mi defensa recuerdo y les digo que un día leí en relación con los vicios y las virtudes, que nadie podría hablar con más propiedad de lo “malo” que aquel que ha cruzado personalmente el pantano de los vicios y de los errores y ha salido de él para encauzarse en una nueva vida. Porque las personas con esta condición hablan de bulto, con los pelos de la burra en la mano y las experiencias negativas que han tenido ponen las palabras correctas en sus bocas y les construyen sus discursos alusivos apegados a verdad. Los demás, los mojigatos, moralistas o santurrones, tan sólo hablan de oídas, teorizan sin practicar nada de ello, pues no tienen aún en su balanza mental, de primera mano, todos los elementos de información para darle peso a sus juicios. Con lo que antes les señalo, no vayan a creer que apruebo o celebro que el caminar intencionalmente el sendero del vicio y la maldad sea una buena opción para aprender a ser y vivir mejor, Dios me libre, sino que lo hago, un poco para defenderme y otro tanto para reconocer a quienes en su juventud y en la etapa de adulto joven, tuvieron desviaciones y errores que al final superaron bien  y se convirtieron en ejemplos claros de vida. Recuerden que el perdón de los pecados y el arrepentimiento, han sido y son partes importantes de la filosofía cristiana, misma que anima en su esencia a corregir rumbos.

Sólo se es joven una vez, porque el mundo no soportaría la carga de una generación siempre joven tan llena de desorientaciones y equivocaciones. Solo en esta etapa se debería de estar permitido la tolerancia y el perdón a los errores, excesos y vicios, siempre y cuando ello les deje vivencias que los formen y templen y abandonen con oportunidad las malas prácticas.

Señalaba Bertrand Russell, que nada que atente contra tu salud, tu equilibrio emocional, o dañe a las gentes que te rodean y quieren, puede ayudarte a ser feliz, de ahí que no hay que condenar a la hoguera permanente a quien en su paso por la juventud se equivocó en algunas de sus conductas y decisiones, pero tampoco por ello, los adultos de esta generación, debemos dejar a nuestros hijos menores de edad en el libre albedrio y desprovistos del afecto orientador, porque es por todos conocido, que si no hay autoridad firme en el seno familiar que enseñe el camino, ese vacío lo puede llenar cualquiera y tal vez ese cualquiera, no sea siempre la mejor opción o la conveniente para la formación futura de nuestros hijos.

En la charla inicialmente descrita, de jóvenes para jóvenes, todos menores de dieciocho años, que se suscitaba en el café, escuché decir los planes que para la tarde-noche tenían esos plebes, de la cual destaco por su importancia, que dentro de su apretada agenda del día, sólo mencionaron las acciones necesarias para conseguir drogas, tener sexo y divertirse sin freno alguno hasta el amanecer. El problema más serio planteado en el seno de esa mesa, era como sacarles dinero a sus padres para cumplir a cabalidad su cometido y burlar su “vigilancia”. Por lo que alcancé a oír, los padres eran sólo las herramientas para asegurarles el medio seguro para un “buen vivir” y la autoridad inmediata de la que se tenían que cuidar. Lo antes expuesto me hizo reflexionar sobre el papel que como padres en nuestra sociedad moderna debemos asumir. Pensé que deberíamos todos replantearnos el papel de padre, hacer una gran pausa para meditar y para imprimirle  mayor interés y energía a nuestra responsabilidad. Además para  buscar sobre todas las cosas, a quienes nos puedan orientar con bases claras y sólidas al respecto para recuperar la autoridad paterna que día con día se va diluyendo. Necesitamos recuperarla a toda costa, para intentar construir unas relaciones que a todos por igual nos satisfagan y tratar de conquistar de nuevo la felicidad familiar tratando de mantener el equilibrio en todo.

Pero antes permítanme recordarles que si de alguna cosa podemos estar orgullosos de nuestra sangre latina, a diferencias de otras culturas, es el hecho de tener tan en alto valor y estima a la familia. Por siglos mantener su integración, su defensa y su formación adecuada, ha sido uno de los mayores anhelos, aspiraciones, motivos  y gustos a los que un padre  de familia “normal “desea alcanzar. Pero la globalización, la copia de modelos y estilos de vida extranjeros, que ni siquiera han demostrado ser a través del tiempo de  los mejores para buscar y encontrar la felicidad, ha ido orillándonos por temor a nuestros hijos y por culpas obvias, a construir una sociedad extremadamente permisiva y tolerante. En nuestros hogares por necesidades de subsistencia u otras razones, dejamos en otras manos la formación de nuestros hijos menores, especialmente en las etapas importantes de sus vidas. Ha  influido también en esta situación, la pobre participación de vecinos, maestros y familiares como antes lo solían hacer, en la formación e inculcación de principios, valores y hábitos que propicien una vida feliz y sana, y que desencadene todo ello en una convivencia armónica.

Tiempo atrás, recuerdo bien, todos éramos actores autorizados por los padres para auxiliar en la implementación de sanciones formativas en la edad adecuada de nuestros hijos. Hoy, hay un gran temor a la hora de ejercer la potestad y un gran vacío social de autoridad. Los estudiosos de filosofía o de administración señalan que todos los vacios, alguien los tiene que llenar, y muchas veces por negligencia, desconocimiento, falta de interés o indolencia, los padres actuales permitimos, sin darnos cuenta a veces, que ese vacío lo llenen personas de la calle, con una clara influencia nefasta en las conductas futuras de nuestros descendientes. Es más fácil inclinarse por la diversión y el entretenimiento que por el trabajo o el estudio. Y los padres ya casi no hacemos nada por revertir esta tendencia. La ley del menor esfuerzo ciega a nuestros hijos y los hace sentirse sólo merecedores de derechos con cero obligaciones. Y seguimos sin hacer casi nada al respecto. En nuestro entorno social tenemos muy pocos y claros ejemplos a seguir por ellos. No hemos reparado en la importancia de esto.

Los gobiernos y los políticos no son por lo regular ejemplos de nada bueno y ellos mismos están propiciando con sus modelos educativos implementados, los grandes vacios de autoridad en todos los ámbitos. Creo pues, que tristemente pertenecemos a una sociedad frágil, extranjerizada, prendida con alfileres, que se desmorona cada vez que un padre no cumple con su roll; se pulveriza con cada gramo de coca que se consume, o con cada cigarro de marihuana, legalizado o no, que se queme; se viene a menos también por la corrupción extrema existente y por el cinismo de quienes públicamente anuncian su lucha frontal contra ella pero medran bajo su sombra; con cada manifestación violenta de maestros en las calles, cualesquier acto de barbarie y salvajismo cometido por algún miembro de nuestra comunidad así como con la indiferencia de las mayorías hacia la cultura, se daña también el presente tejido social. Nuestra sociedad está también debilitada por  la indiferencia de las iglesias y religiones que se adaptan por conveniencia a todo lo rentable y se olvidan  de cumplir con mayor interés y fuerza su cometido social.

Es pues una sociedad ubicada en un tiempo que sólo puede ser bien sobrellevada por los “locos”. Hago un paréntesis para decirles que tal vez tanto medicamento que estoy tomando tengan como reacciones secundarias la tendencia al pesimismo, realismo o catastrofismo, como ustedes le quieran nombrar, y eso es, se  los digo honestamente, muy contrario a mi actitud siempre optimista y positiva, pero la charla de esos jóvenes ha dado pie a este sentimiento y a la actual reflexión. Por tal razón y para diluir este estado de ánimo que me embarga, ya para finalizar y ejemplarizar este tema, déjenme contarles la versión modificada de un cuento que hace mucho tiempo leí: había un reino que tenía tan solo dos abastecimientos de agua para consumo humano. Un pozo era de uso exclusivo para el Rey, del otro tomaba todo el pueblo incluyendo también los miembros de la corte. Por razones desconocidas el “pozo del pueblo” se contaminó y la población entera, con excepción del rey, empezó a tener conductas francamente antisociales, psicóticas que atentaban en todo momento contra su fe, sus normas y costumbres y con todo aquello que les pudiera ayudar a ser feliz. A tal grado llegó la “locura de las masas” que empezaron a fraguar el linchamiento y la muerte del Rey porque lo consideraban “anormal y loco” porque no actuaba como todos ellos. Este Rey, muy preocupado, solicitó al extranjero ayuda especializada; un experto encontró que la causa de la locura estaba en la contaminación del pozo popular y le recomendó al Rey dos cosas: tomar de la misma agua, perder la cordura, conservar la vida y el reino, o seguir bebiendo del mismo pozo y exponerse a morir.

Es obvio que la ansia de poder y dinero  nos hace tomar las decisiones y realizar las acciones más raras. Tengo por cierto que es más fácil aceptar la pérdida de amigos y familiares cercanos muy queridos (incluyendo padres y hermanos) que desprenderse de riquezas o del poder. Es por ello que la conclusión final de este  relato resultará demasiada obvia para ustedes; ¡claro que el personaje central siguió reinando y todos  volvieron a ser “estadísticamente normales”. Es una gran verdad que cuando las grandes mayorías tienen conductas similares, ellos se consideran a si mismos como los “normales”, y tienen por “locos verdaderos” a aquellos que son diferentes, los que a veces son quienes  quieren realmente cambiar el estado de las cosas. En esta etapa de esquizofrenia social, la solución probable, a cómo va la tendencia actual, es que todos los padres de familia de este moderno reino, tendremos que tomar agua del mismo pozo.

*Doctor y autor.

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