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Tomas Mejía… Los últimos alientos del 2º Imperio (2da Parte)

Por domingo 24 de agosto de 2014 Sin Comentarios

Por Andres Garrido*

pag 12 andres garrido1Regresando al sitio de Querétaro escribo que solamente la autoridad militar de Tomás Mejía Camacho y la eclesiástica del canónigo Manuel Soria y Breña mantenían el orden en la ciudad –que no en el campo- ya que en éste las depredaciones eran espantables al grado de hacer que los hacendados se concentraran en la población. El padre Soria y Breña, también era abogado de profesión, gobierna la sede que dejó vacante el obispo de Gárate, teniendo como catedral –desde el 25 de julio de 1865- el templo de San Francisco, abierto al culto por petición de los queretanos a Maximiliano.

Maximiliano llegó a Querétaro el 19 de febrero de 1867. Las tropas imperialistas reunidas en Querétaro ascendían a nueve mil hombres, y su organización fue la siguiente ya que hubo una ligera variación respecto a lo anunciado por Maximiliano en San Juan del Río unos días antes: Fernando Maximiliano de Habsburgo, general en jefe; Leonardo Márquez, cuartel maestre general; Miguel Miramón Tarelo, general en jefe del cuerpo de infantería; José Tomás Mejía Camacho, general en jefe del cuerpo de caballería; Mariano Reyes, comandante general de ingenieros; Manuel Ramírez de Arellano, comandante general de artillería; y Ramón Méndez, jefe de la brigada de reserva.

El 1 de marzo revisa Maximiliano la organización del ejército a detalle, no nada más en los primeros niveles, y dispone que con el general Miramón van el general Severo del Castillo, el coronel Farquet, el coronel Calvo, el general Moret, el general Manuel Escobar, el general Herrera y Lozada, el general Pedro Valdés, el general Silverio Ramírez y el general Casanova; con el general Tomás Mejía van el coronel Félix de Salm Salm, el general José M. Gutiérrez, el general Mariano Monterde y el coronel Julián Quiroga (hijo natural de Vidaurri).

Estaban dispuestos a conseguir por sí mismos y con nueve mil hombres, lo que no pudieron conseguir treinta mil soldados franceses, belgas y austriacos: derrotar a Juárez!.

Estaban en Querétaro trece generales imperialistas y de éstos, cinco pasaban de los sesenta y cinco años, además de estar enfermos cuatro, uno de los cuales era el importantísimo Tomás Mejía, que siendo el más popular imperialista en Querétaro conocía perfectamente la ciudad, ya que además había sido gobernador del Departamento tres veces.

Tomás Mejía y Ramón Méndez envidiaban a Miramón, llamado “el Campeón de Dios” y por eso lo odiaban, eran sus enemigos, pero más aún de Miguel López.”, aduce el conservador Fernando Díaz Ramírez.

El sitio de Querétaro comenzó el 6 de marzo de 1867 cuando las tropas republicanas de Ramón Corona y Nicolás Régules se apostaron al occidente de la ciudad, frente al cerro de Las Campanas, bajo el mando del general Mariano Escobedo que se apostó en el norte, en el cerro de San Pablo. Después de un escarceo importante por San Gregorio el 14 de marzo, se intenta un ataque definitivo de los republicanos sobre la hacienda de Casa Blanca el 24 de marzo, la batalla más famosa del sitio junto con la del 27 de abril, que está a punto de caer en su poder.

Tomás Mejía, que veía el combate desde la azotea de su casa, se dio cuenta de la emergencia que se cernía sobre la hacienda sureña; se confesó con el padre Agustín Guisasola y a mata caballo, con las entrañas mordidas por el dolor que apenas puede sostenerse en la montura, se integró en el lugar de los hechos entre sus jinetes y al grito de “muchachos, así muere un hombre” arrebata una lanza a su ayudante y se pone a dirigir la carga de caballería que los llevó al triunfo.

Luego de la jornada intensamente vivida el 24 de marzo, el general Tomás Mejía no volvió de hecho a combatir más. Virtualmente postrado en cama por su dolencia, apenas asistía a los consejos de guerra con sus colegas y el emperador, donde exponía verbalmente su parecer, signaba documentos y se retiraba.

Casi definitivamente, el general Tomás Mejía o “Jamás Temió” seguirá en cama; se dice ahora que la tuberculosis ha tornado su morena piel en amarillenta y su de por sí magra figura se ha debilitado tanto que da un lastimoso espectáculo. Pero eso no obsta para que de vez en vez acuda a visitar a sus tropas en  Casa Blanca –donde están acuarteladas desde el inicio del sitio- y las prepare para futuros encuentros levantándoles la moral con su gran autoridad. Varios jefes y oficiales van a visitarlo a su lecho en la calle del Descanso y le piden consejo para futuras acciones.

También Miramón se encuentra enfermo, tal parece que se le recrudece un viejo padecimiento hepático –que nada tiene que ver con el alcohol- y le provoca picazón en la palma de una de sus manos, molestia insistente que a menudo lo saca de quicio. Ambos generales enfermos son atendidos por el médico Vicente Licea, “el que más tarde se cruzará con ellos en la morgue”.

Márquez había salido de Querétaro desde el 22 de marzo para buscar ayuda en México, y ante su tardanza los sitiados se desesperaron. Maximiliano, después de leer con cuidado un parte informativo del Macabeo y Ramírez de Arellano, decide quedarse en la plaza queretana y no evacuarla, para ser parte de la gloria o la desgracia, y enviar a México al valiente Tomás Mejía el 13 de abril con quien habla del proyecto y a quien ha dado plenos poderes para destituir a Márquez del que no saben que está en la ciudad de México sitiado por Porfirio Díaz.

El oriundo de la Sierra Gorda le pide tres días más a su emperador para restablecerse un poco más de sus dolencias y poder montar a caballo y para ello consulta con el médico Licea. Finalmente el bipolar archiduque cambió de opinión y le encargó la misión a Salm Salm que tampoco salió de la urbe.

El día 19 de abril, recibe en su casa Tomás Mejía a dos subordinados suyos, el coronel Silverio Ramírez y el comandante Adame, quienes le llevan una carta a nombre de la soldadesca en que pintan con colores vivos y un realismo espantable la situación de la plaza; ahí mismo le piden interceda ante Maximiliano para que éste entre en tratos con Mariano Escobedo a fin de que cese el sitio, toda vez, según dicen, que no es posible la conservación del imperio en México, debiéndose por tanto dar por vencido para que acaben las penalidades de miles de seguidores y de la población misma.

Recibió “Jamás Temió” (Tomás Mejía) la misiva y la importante petición y releyó todo concienzudamente; después tomó una resolución que se aproximaba a lo que se le había pedido: enviar la carta a Maximiliano para que éste conociera el sentir de los que a diario se mueren en la raya sosteniendo un moribundo imperio. Apenas recibió la misiva el archiduque montó en cólera, vivamente indignado contra los autores de la misma y –contrariando su costumbre de bondad y serenidad- da una disposición terminante: que se arreste y encarcele a éstos y a varios jefes y oficiales que pensaban como ellos y aguarden el juicio correspondiente por traición, porque según él, ya no tiene confianza en los suyos. Entre la tropa, estupefacta por lo que ocurre, se dejan oír palabras de apoyo a la hora del arresto, que fue a las tres de la tarde, para Silverio Ramírez y para Adame, argumentando la plebe que en las sesiones del consejo de guerra se ha propuesto lo mismo por los generales superiores y no pasa nada “¡Y tienen razón los que piensan así! “Lo que en el pobre es borrachera, en el rico es alegría”, dice el pueblo mexicano.

El 15 de mayo cae la ciudad en manos de los sitiadores, tras setenta y un días de asedio, acompañando esa madrugada Mejía al archiduque desde la plaza de Armas hasta el cerro de Las Campanas donde finalmente se rinden después de preguntarle el austriaco al general Mejía si había escapatoria hacia la Sierra Gorda para de ahí embarcarse a Europa por Tampico. Con su escalofriante serenidad Mejía solamente contestó que era difícil pero si su soberano se lo pedía él no tenía inconveniente en intentarlo a costa de su vida.

*Doctor en Derecho y Cronista del Estado de Querétaro

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