Nacional

De los nombres prohibidos…

Por domingo 23 de marzo de 2014 Sin Comentarios

Por Horacio Valencia*

Si en un principio fue el caos, también lo fue el verbo, la palaba. Del asombro de ver y escuchar sobrevino la angustia de expresarse y la necesidad inaplazable de bautizar las cosas.
Alonso Vidal.

Según la Biblia, en el principio de los tiempos (Génesis), Dios le dio el poder a Adán para nombrar todas las especies de la tierra, del cielo y del mar. Así lo hizo el primer hombre. Después, Dios puso a dormir a Adán para crear un ser semejante a él. El resto es historia pura y dura.

Pero resulta que en donde vivo han mudado de nombres: dicho por ley. Y esto ha llamado la atención del país, y de tres o cuatro lugares del mundo, no más. Claro, llamarse Batman o Rambo, no es cosa común. Habrá que tener el valor y la estirpe muscular para cargar los nombres de ambos héroes. Leí la noticia y me partí de risa. Les leí la noticia a varios y se partieron de risa. El documento oficial apuntó un listado censura. Recordé los libros que por censura fueron quemados. Mi conciencia no pudo más que asociar nombres en pira y libros en listados negros. Esto me llevó a pensar en el texto Una historia del libro de Alberto Manguel, donde dedica varias páginas a las lecturas prohibidas: letras en el juego del fuego.

En donde vivo no te puedes llamar: Calzón, Circuncisión, Facebook, Hitler, James Bond, Virgen, Rocky, Rolling Stones, Twitter, entre otros que provocan el chiste, y que ahora se cocinan ese juego fascinante. No conozco personalmente a un tipo con el nombre de Escroto (también en el listado), pero no puedo no imaginar a un niño con el rostro de saco y envoltura. Todos los nombres anteriores y posteriores fueron copiados de actas reales. Por ahí, en esta realidad irreal, respira un Terminator entre nosotros. No en el pasado bíblico o en el futuro ficticio. Aquí, donde vivo.

Un amigo español, en España, me cuestionó un día: ¿Por qué en México existen personas que se llaman Bryan o Jonathan? ¿Qué no son católicos en tu país? ¿Por qué no darles un nombre católico? Ante las interrogantes, mi ignorancia. No lo sabía de cierto, no a ciencia exacta. Mi respuesta fue: “porque vivimos en la frontera con los Estados Unidos”. Pero esa no era la respuesta, creo. Me quedé con las dudas en algún cobertizo de mi memoria. Luego, pasaron los años. Hasta el momento justo que leí la relación de apelativos que, con fundamento en el artículo 46 de la Ley del Registro Civil, vigente para el estado de Sonora, se publicó, no hace tanto. Entonces Bryan o Jonathan me parecieron familiares, frente a los curiosos Christmas Day o Yahoo.

Según la Real Academia de la Lengua (si uno desconoce hay que consultar) prohibir es un verbo que proviene del latín, significa vedar o impedir el uso o la ejecución de algo. Simples los significados, todos los significados son simples. La práctica es la señora, gorda, polémica y estridente. Y en esa corpulencia y estridencia está la ley que reprueba ciertos nombres. Adán, nuestra raíz, protestaría desnudándose. Por lo menos así lo imagino.

Que donde vivo el exotismo está en las conciencias de los ciudadanos padres, quizá. Que la censura de ciertos funcionarios es siempre la señora pesada y disonante, también. Pero que una buena intención por evitar la burla se asoma en esta ley civil, quizá también. Pero, ¿qué es la burla? Me pregunto desde otro cobertizo de mi pensamiento.

No puedo evitar no recordar, cuando de niños, la profesora De Graff nos hacía leer a Quevedo (que entendíamos poquísimo), para ejemplificar un concepto retórico, la hipérbole (que entendíamos menos, pero intuíamos la burla): “Érase un hombre a una nariz pegado…”. Eso que leíamos era una burla auténtica, una afrenta de poeta a nariz, y de Góngora nariz a Quevedo.

Y de aquel recuerdo, Gerardo, en mi colegio era el “Ñoño” (que por desgracia no se le dedicó ni siquiera un verso). En otro asunto, uno al marcar el teléfono de casa preguntaba por el “Cabezón”. La madre no hacía más que pasar la bocina del teléfono al personaje compañero. Imagino el rostro de la madre entregando el aparato a su gran retoño. Un rostro de enfado y de renuncia. He olvidado su nombre, o nunca lo supe. Sé por mi padre que en su escuela nadie tenía un nombre (Adán se quedó dormido, esperando a otra Eva). Pero orgullosamente todos poseían un apodo, entonces los nombres eran lo de menos. Un Adán misterioso era el que bautizaba a mansalva.

Pero la prohibición está ahí y no te puedes llamar como tus padres desean llamarte, claro, antes de que tú tengas conciencia y puedas usar las armas de la defensa. Pero, no pasa nada, la ley te protege. El que pretenda registrar a su hijo con All Power, Email o Fulanito, que se vaya a la esquina del aula y lo piense dos veces, que para eso están Juan, Jesús o José. Nombres católicos y aceptables, pero que rayan en el anonimato. Ya son tantos que da lo mismo.

“En el nombre de uno se lleva la luz y la sombra”, me lo dijo un día una psiquiatra. “¿Por qué te llamas cómo te llamas?” En una tarde de sesión me preguntó. No lo sabía con certeza y no respondí. Luego me di a la honesta tarea de indagar. Después de saber, ya no me agradaba tanto mi nombre. Sí sabía de la existencia del famoso poeta romano, pero no de mi tío niño que había sido envenenado por una señora desconocida. Les dicen secretos de familia. Pero no me espantó tanto el origen de mi segundo nombre. El primero es más doloroso aún.

Los malditos y los benditos nombres. Luz y sombra de las personas. Ahora, algunos, han mudado de piel en definitiva. Quizá sea que no sobreviva ninguno y que los apodos nos bañen con su agua sagrada. Pero imagino ese futuro donde también manden al juego del fuego a los apodos. Entonces no habrá como bautizar a las cosas y a los seres. Y daremos comienzo al inicio de los tiempos, ya que todo inicio es una búsqueda por nombrar lo que somos. Por fortuna, los apodos son libres y expeditos.

*Lic. en Literatura, poeta, director de Altzor, Hermosillo Sonora.

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