Nacional

ALEJANDRO HERNÁNDEZ Migración o el drama de lo humano

Por domingo 22 de diciembre de 2013 Sin Comentarios

Por Iván Escoto Mora*

Alejandro-HernandezJulieta González, al referirse a Los hermanos Karamazov, señala que para Dostoievski: “esa supuesta ley natural de que el hombre ame al género humano no existe en absoluto”. Esta brutal frase no sólo se circunscribe a la descripción hecha dentro de una novela psicológica, por terrible que parezca, es también la característica de una percepción que rechaza los límites de la moral, ante la necesidad imperante de satisfacer los valores del consumo contemporáneo. Quedando proscrita la moral, no hay espacio sino para la a-patía o la completa in-diferencia (González, 1997).

Una abrumadora indiferencia parece extenderse y abarcar todo lo humano, produciendo océanos de vacío en los que todo es posible y al mismo tiempo, nada vale ni tiene sentido. Éste es el telón de fondo en que se puede leer la novela de Alejandro Hernández, Amarás a Dios sobre todas las cosas (2013).

Pasan los ojosos sobre la historia de Hernández como por pantanos asfixiantes. Resulta imposible dejar de sentir una mezcla de indignación y soledad. Con la precisión de un estilete afilado en la trinchera periodística, el autor da cuenta de los dramas que giran alrededor de la migración, presentando escenas vergonzantes que descubren la crueldad en su expresión más siniestra.

La narrativa de Hernández va de lo poético a lo dramático en un ritmo que, al igual que el tropel de la Bestia, no se detiene sino al llegar al abismo. Todo inicia con el sueño común de una familia en El Salvador. Bien podría tratarse del sueño de cualquier hombre en cualquier rincón del mundo, hombres cuyo único pecado es tratar de encontrar trabajo, esa escasa materia que algunos defienden como derecho fundamental, rasgo esencial de la dignidad humana, y otros castigan con la muerte cuando se busca en territorio ajeno. Describe Hernández:

“El hambre estaba apretando a la familia, la estrechez ahogando la mesa, la pobreza reduciendo la alegría. En Estados Unidos siempre habría patrones buscando trabajadores, empresas contratando gente, sembradíos necesitando quién los cosechara…”

Sin embargo, lo que no siempre existe en el hombre es la voluntad de compartir. Al hermano se le rechaza, a la sangre le niega, el otro se convierte en rival, un extraño insoportable. En unas cuantas líneas Hernández presenta claramente el problema:

“Cuando se pasa el Suchiate uno está en México, nuestro vecino poderoso, alguna vez amigo y solidario. Y últimamente hermano orgulloso y gringuero que quiere parecerse cada vez más a los gringos y menos a nosotros. El gigante económico, el país inmenso, el hermano mayor de una familia rota.”

Habría que verse el día a día de quienes se aventuran a pasar sin documentos por nuestras tierras. Su reto luce imposible y sin embargo, para ellos, la ilusión arde inagotablemente. Armados de sueños resisten el hambre, la sed, la voracidad de traficantes de hombres, la corrupción de autoridades, la indiferencia de una Bestia que se alimenta de sangre y miembros mutilados.

Cuánta soledad y distancia tendrán que enfrentar los migrantes para llegar, si es que llegan, a otra frontera y luego a otra y otra. Para ellos siempre es un constante huir, sortear peligros, evadir la muerte, soportar la explotación. Tal vez algunas de las escenas más duras de Hernández ocurren en vagones de tren, ahí aparecen como figuras fantasmales, grupos golpeados, sedientos, violados, hambrientos, con rastros de ropas colgando de famélicos cuerpos, van secuestrados. Algunos aún conservan la esperanza de que sus familiares paguen el rescate y con ello, su arribo a la tierra prometida se haga posible. La mayoría sabe que sus días están contados.

En uno de los muchos cautiverios en que los migrantes son confinados por decisión de las mafias y complicidad de las autoridades, Walter, el protagonista de la historia, reflexiona al ver a sus compañeros y encontrarse reflejado en su dolor:

“Yo los veía y me preguntaba cómo es que se puede aguantar el cautiverio, cómo se puede estar así, lleno de miedo, sin esperanza, dormitando apenas, esperando solamente no ser golpeado tan fuerte, nada más seguir vivo mientras la vida transcurre, sin voluntad, atado a los caprichos de desconocidos sin madre, cómo se puede respirar nada más por la fuerza del recuerdo, la imaginación puesta en la casa que has dejado, en los tiempos infantiles, en la mamá que llama a comer y en los hermanos que bromean, en la novia que espera, en los hijos que corretean o lloran. Cómo pueden estos migrantes, cómo puedo yo mismo seguir vivo, humillado, insultado, encerrado entre paredes ajenas, con un arma siempre en la frente.”

Amarás a Dios sobre todas las cosas es una historia aterradora que invita a la reflexión. ¿De verdad el ser humano es incapaz de sentir amor por su prójimo? Sin duda muchos ejemplos podrían demostrar lo contrario, pero también son incontables los casos que hacen suponer que esta macabra interrogante es algo más que obra de una ficción literaria. El drama migrante es asunto complejo, exige recobrar la dimensión de lo humano y con ello, el amor por el otro, no sólo como posibilidad, sino como determinación necesaria, urgente.

*Abogado y filósofo/UNAM.

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