Nacional

HAY ABUELAS QUE NO SE VAN AL CIELO

Por domingo 17 de noviembre de 2013 Sin Comentarios

Por Miguel Ángel Avilés*

Hay-AbuelitasPara Diana…y para Diana. Hay abuelas que no se van al cielo: se quedan para siempre con nosotros. Como la mía; más bien la de mi mamá pero yo también le digo así. ¡Abuelita¡ le grito y corro para abrazarla y me gusta que haga lo mismo porque me aprieta fuerte y así me dice lo mucho que me quiere. Ella tiene casi ochenta años pero no parece. Es alta y bien guapa como esas actrices de antes. Hasta para ir al mercado se pone elegante y no hay día que no se guapee. Dice mi mamá que le encanta que se lo digan y nomás se ríe, como una niña traviesa, porque bien sabe que es cierto.

Mi abuelita nació en un rancho de un ejido que se llama “Las Casitas” por allá en la delegación de Miraflores B.C.S. Fue un 7 de septiembre de 1934 y le pusieron de nombre Rufina. Rufina Castro de la Peña se llama ya con todo y apellidos y ella lo pronunciaba firme, con un tono muy orgulloso. No les voy a contar ahora por qué, pero mi abuelita se crió con sus abuelos y aunque creo estudió hasta el cuarto de primaria nomás, sabe muchas cosas. Sobre todo sabe muchas cosas de la vida. Sabe de animales, de plantas, de lluvias, de remedios, de curaciones, de los días y de las noches y de comida. Uyy, de comida más y prepara muchas cosas bien buenas.

Cuando era jovencita se vino a La Paz a trabajar en el restaurante que tenía un tío suyo y aquí se quedó a Vivir. “Tío Jesús” le decían y aunque fue su tío lo veía como su hermano. El restaurante se llamaba “La Preferida” y era de los más famosos de la ciudad. Vendían Comida Mexicana y su especialidad era el hígado encebollo de caguama, cuando en aquellos se ofrecía, sin restricciones, como cualquier platillo. Ahí fue donde conoció al cantante Luis Pérez Meza, con quien romanceó por algún tiempo, luego ser pretendida por éste cuando, en sus giras, iba y remataba la velada con un buen plato de menudo que también era toda una tradición. Con razón mi abuelita hace tan buenas enchiladas y chiles rellenos, caldos, y arroz y bistec ranchero; mole, tortillas de maíz, salsas y… mejor ni le sigo porque ya me dio hambre.

Al tiempo se casó con mi abuelito Ramón. O sea el abuelito de mi mamá pero yo también le voy a decir así, qué tiene. Él era de San Antonio, aquí nomas tras lomita. Trabajó de policía, de taxista y de prefecto en la escuela Normal Urbana pero un día se enfermó mucho del corazón y se fue al cielo. Eso me dicen pero para mí que tampoco se fue, porque a los que uno quiere mucho, nunca se van.

Antes de eso (ni modo que después) tuvieron cinco hijos (bueno, seis, pero una se murió antes de nacer y se fue también al cielo luego de que mi abuelita, como consecuencia de una gran susto por el accidente en un caballo del tío, perdió a la criatura. Era una niña y se llamaría María de los Ángeles pero como mi abuelito Ramón, se fue al cielo. Ah no, no se fueron porque a los que uno quiere mucho y no olvida, nunca se van, aquí se quedan). Mi abuelita era muy fuerte y valiente porque mi abuelito ya no estaba y ella solita se hizo cargo de todos mis tíos. Ramona Guadalupe, Jesús Nicolás, Manuela Guillermina (que es la mamá de mi mamá, aunque los haga bolas), José María y Miguel Ángel. Esos son los hijos de mi abuelita y aunque viven en La Paz, desde chiquitos siempre los acostumbró al Rancho a pasar vacaciones para no desligarse de sus raíces y me cuentan que esos días eran días inolvidables. Ahora seguimos yendo y no queremos regresarnos de lo bonito que está y de lo maravilloso que la pasamos.

¿Ustedes conocen la colonia “Los Olivos” aquí en La Paz.? Ah pues en esa colonia está la casa de mi abuelita. No crean que es muy grande y lujosa, más bien es pequeña y muy sencilla, pero cuando voy ahí soy muy feliz. Mi abuelita me ve y yo corro para que me abrace y nos abrazamos las dos. Hay un patio grande donde jugamos todos sus nietos, unos árboles bien altos de sombra o frutales, muchos Almendros ,gallinas, un perro que se llama “Beethoven” y un montón de matas que mi abuelita riega todas las mañanas cuando se levanta y toma café con su “Comy”, doña Elisa. El olor del café llega hasta la calle porque está recién molidito en ese molino que tiene al fondo de la casa atornillado en un horcón. Por eso están las matas y las flores que dan, están bien bonitas como ella. También hay dos gatos que se llaman “Mayo” y “Junio”. Los gatos nunca faltan porque a mi abuelita siempre le han gustado. Los agarra, les da besos y les hace cariños en sus “nicheres”, como ella le llama con ternura a la nariz. Debe ser porque a mi abuelita le sobra amor y lo quiere repartir. Les dio amor a sus papás, a sus hijos, a mi abuelito Ramón y a todos sus nietos y bisnietos.

Por eso y por muchas cosas más yo le quería contar sobre mi abuelita. Ella el año pasado se puso mala. Me seguía abrazando pero ya no tan fuerte porque le dolía la panza y estaba débil; de todos modos me gustaba que me abrazara. Mi mamá me dijo hace unos meses que mi abuelita no se pudo aliviar y que se fue al cielo. Yo abrazo a mi mama como abrazo a mi abuelita y le digo que no es cierto: PORQUE HAY ABUELITAS, COMO LA MIA, QUE NO SE VAN LA CIELO. Porque a los que uno quiere y no olvida, nunca se van, aquí se quedan. Por eso yo estoy seguro que hoy, este día, aquí está mi abuelita. Es más: mi abuelita estará aquí, con nosotros, para siempre.

*Lic. en Derecho, escritor y Premio del Libro Sonorense.

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