Nacional

La pluma atómica de Alberto Blanco

Por domingo 11 de agosto de 2013 Sin Comentarios

Por Víctor Roura*

Recuerdo al poeta Alberto Blanco en su piano en un auditorio de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Era septiembre de 1983. Su grupo de rock se denominaba Las Plumas Atómicas, si bien ya había conformado otro grupo –en los tiempos de Avándaro, hacia principios de la década de los setenta–, el mítico La Comuna, que destrozara, heroicamente, sus cintas previamente grabadas delante de su director artístico, que les imponía presentarse, como fundamento básico para concretar la salida de su disco, en el programa “Siempre en Domingo” del emporio de Emilio Azcárraga Milmo. Nadie, en ese entonces, se había atrevido a hacer la altanería de esta banda. Por el contrario: el objetivo era aparecer en esa serie televisiva porque era el idóneo trampolín para saltar, luego, a la ansiada fama.

Pero Alberto Blanco es poeta, y con un poeta, cuando es de veras, las convicciones no se juegan.

El quinteto de Las Plumas Atómicas lo integraban dos científicos y tres poetas, de ahí que su lírica haya estado muy adelantada en su época, acaso sólo comparada con ese otro grupo señero Naftalina, creado por el biólogo, dibujante y narrador Federico Arana. Sin embargo, pese a su categoría (la de ambos, tanto Naftalina como Las Plumas), estas agrupaciones han sido poco reseñadas en la historia del rock nativo.

¿La razón?

Tal vez la propia inopia de la crítica musical mexicana. O porque, justamente por insignes, las dos bandas no podían compararse con ninguna otra. La primera experimental, la segunda humorística (no desmadrosa, como Botellita de Jerez, muy otra cosa). Un soneto de Alberto Blanco estaba incorporado en su repertorio:

Detuvimos el auto en el camino
para observar a la Luna a la distancia;
las estrellas muy lejos de nosotros
y muy cerca la música del mundo.
Aquí estamos en medio de la vida
y la noche no dice sus secretos
–pues no tiene ninguno –no lo sabe,
y nosotros tampoco lo sabemos.
Y vemos las estrellas repartidas
en formas que parecen misteriosas
a fuerza de mirarlas tanto tiempo.
Las luces de los autos –para el caso–
Nos revelan lo mismo que los cielos:
sigue tu viaje al fin, sigue tu viaje…

Alberto Blanco continúa componiendo música, para sí. Y se ha ido puliendo como poeta, al grado de que hoy es uno de los grandes del país, con una obra numerosa y diversa (incluso exhibiendo su arte visual, como lo hizo hace poco en Estados Unidos en una decorosa retrospectiva). Y se asoma por múltiples ventanas del verso, ya medido, ya libre, pero siempre musical. Paisajes en el oído (Aldus / Universidad Autónoma de Coahuila) es su poemario, digamos, roquero:

No pasa nada:
pasa la noche
como un gato.
Una gota de agua
que te recuerda
tras el cristal.

El anterior poema, inspirado en una letra de Dr. John, Y otro, ahora tomando la sustancia de Nick Drake:

Para los pájaros del verano
el cielo abierto
luz y abundancia de grano.
Para los pájaros del invierno
el grano escaso
y la nieve del silencio.

En su nuevo libro: Todo este silencio (Ediciones del Ermitaño / Centro Cultural El Juglar) reúne todos sus haikús –108 en total elaborados hasta ahora:

La boca abierta
los párpados cerrados
¿estás despierta?

Un ejercicio de ventilación imaginaria. Y no dudemos de que en estos breves versos (cinco-siete-cinco sílabas, inequívocamente) también caigan centellas roqueras:

Los poderosos
acumulan el peso
y otros lo cargan.

Pareciera, su poesía, un “coro de lobos”, como él mismo bellamente apunta, que “a la mitad del bosque” semejan “risas de niños”.

Porque, aunque ya no delante del público en el piano, Alberto Blanco sigue haciendo música solitaria en sus poemarios con su poderosa pluma atómica.

*Periodista y editor cultural.

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