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Hablar para relacionarnos

Por domingo 4 de agosto de 2013 Sin Comentarios

Por Juan Diego González*

Hablar-Para-Relacionarnos2Fui al Oxxo por un litro de leche. Mientras esperaba en la cola para pagar, me llamó la atención un niño de unos tres años que tenía dificultades para escoger un dulce. De hecho, la tardanza para el cobro era porque el papá esperaba a su hijo y así cubrir el importe de las compras. Por fin, el pequeño se decidió por una paleta y se la mostró satisfecho al desesperado progenitor: “No, guey, esa no”. El niño bajó la vista, dejó la paleta e intentó tomar una cajita azul. “Cómo eres guey, agarra algo bueno”. El niño, con su carita inocente y triste, tomó una bolsita de gomitas. “Ándale, guey, ya ves ¿qué te costaba?”… El hombre aquel pagó y salió de la tienda. Recuerdo que el niño evitó sujetarle la mano.

Semanas después, en otra cola, pero ahora del banco, dos niños vestidos igual me hicieron recordar a mis hijos. Uno tendría como 9 años y el otro siete. En esa edad, Diego y Fernando (mis hijos) usaban el pelo cortado a máquina (dos rayas) como esos niños y también los vestía igual, como cuatitos. Dos personas delante mí estaba el padre. Lo supe porque al levantarse los pequeños del sillón para deambular por el banco, les llamaba la atención y con un gesto les indicaba volver a su sitio. Al parecer era policía, lo digo por el corte de cabello, su posición en descanso militar y además, saludó con amistosa confianza a dos policías uniformados (quienes hacían cola para el cobro de la quincena). El más joven de los hermanitos se acerca a preguntar algo. “No guey, ya te dije que no y vete a sentar”. Esa fue la respuesta. Le habla al más grande para reprenderlo: “deja de hacerte el guey y ve a cuidar a tu hermano”. El niño va con su hermanito y lo jala al sillón. El hombre hace su trámite y salen del banco.

Hablar-Para-Relacionarnos3Estos hechos comunes y cotidianos me hacen pensar hasta que punto se han deteriorado las relaciones intrafamiliares. Hice un esfuerzo de memoria por recordar cuándo mi abuelo Pancho o mi padre Diego se dirigieron a mí de esa forma. Jamás. De mi tata aprendí el valor de la responsabilidad y el respeto a la palabra empeñada. De mi padre aprendí que el trabajo honesto y la lucha por una causa justa son la tranquilidad de la vejez. Si me atengo a la definición que se hace de la palabra respeto, por ejemplo: “1. actitud considerada hacia las personas o las cosas; 2. consideración que algo debe ser respetado por su dignidad” (K Dictionaries Ltd. © 2013), o esta otra: “Consideración y reconocimiento del valor de una persona o de una cosa” (Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.); amén de todos los libros escritos sobre el tema, es fácil notar como este valor se ha perdido casi por completo en las familias contemporáneas.

Es sencillo quejarnos como la juventud está perdida, no tiene valores, no respeta nada. Por desgracia para nosotros como seres humanos, el respeto se adquiere. Hay elementos de la persona que son heredados como el tipo y color de pelo, la forma de los ojos, las orejas y hasta el timbre de voz… pero el respeto no. El respeto como valor se enseña de padres a hijos. Remarco lo de “padres a hijos”. ¿Y si los niños que mencioné antes, le contestan así al papá, se imaginan?: ¡Ay apá, como eres guey, el celular tiene internet! ¡No guey, ya te dije que si llego temprano! ¡Qué guey eres Pa, poniéndome en vergüenza delante de mis compas!… De verdad estoy atrasado, si esa forma de hablar ya la usan, ¿dónde la aprendieron? De seguro en la escuela, porque en las escuelas de ahora no enseñan como antes…

Claro, lo más cómodo es desviar la responsabilidad hacia otra parte, en este caso, la escuela. Según Piaget, “el lenguaje se da en la primera infancia, en la cual, el individuo aprende a socializar”. 1 Como decía mi maestra Francisca Carrasco en cuarto de primaria: “A la 1 Desarrollo del lenguaje oral y escrito, 2011, http://letgom.blogspot.mx/2011/05/piaget-lenguaje-y-pensamiento.html. escuela se viene a instruir, la educación es en casa”. Sabia mujer. Y si piensan, lector, lectora que los responsabilizo de la forma de hablar y conducirse de sus hijos, claro que sí lo hago. Porque nuestros hijos son la responsabilidad más grande que tenemos como padres.

Hablar-Para-Relacionarnos1Basta de quejarnos de la situación actual, de la sociedad decadente, de la violencia. Eduquemos a nuestros hijos. Y empecemos con el respeto en la forma de hablar, pero no de ellos, más bien de nosotros. ¿Qué es eso de aplaudir y presumir cuando el niño de dos años dice tremenda grosería? Cómo si eso fuera el mayor logro del pequeño. El lenguaje es la forma que tenemos de conocer el mundo. Entonces si nuestro mundo está vacío de valores y específicamente de respeto, eso es lo que trasmitimos a los hijos y nietos.

Hijo, ¿me pasas por favor la cuchara?”. Se oye bonito verdad. “A ver guey, la cuchara”. Si, suena feo, muy feo. Pero estamos tan metidos en esa ignorancia y falta de respeto que apenas nos damos cuenta el daño que generamos al dirigirnos así con nuestros hijos. La palabra, la comunicación oral, es un vínculo emocional. De ahí la importancia de saber cómo nos relacionamos en la familia, las palabras y frases que nos dirigimos. “Las palabras puñal no son golpes, pero hieren y duelen tanto o más que los golpes. Las palabras puñal generan odio, resentimiento, culpa, ira y rencor.” (Myriam Moya T. 2013, http://www.enminusculas.com/2013/05/las-palabras-punal.html).

¿De quién depende un cambio radical en nuestra sociedad? De nosotros, los padres. Para que esperar una ley o un decreto presidencial, un terremoto o el calentamiento global. El respeto se enseña en casa y se empieza por el habla, por acercarnos a nuestros hijos o nietos y hablar de manera respetuosa, positiva, tranquila. Usar más el por favor, gracias, te amo.

*Escritor, docente sonorense y Representante Legal de escritores de Cajeme A. C.

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