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“Trata Mal Para Que Te Quieran Bien”

Por domingo 7 de julio de 2013 Sin Comentarios

Por Jaime Irizar Lopez*

Trata-Mal1Es algo frecuente que en mi hablar y en mis escritos saque a colación una sentencia, dicho o refrán que encierre todo un pensamiento de fondo, la sabiduría de un pueblo sintetizada o la graciosa ocurrencia de un personaje que trata de definir con pocas palabras una experiencia en particular. Aclaro que tengo a bien utilizar dichas sentencias y frases porque ayudan a dar sencillez y ligereza a el tema, y además en ocasiones le aportan una pincelada de humor al artículo que pretendo desarrollar. Cierto es que de todas las frases conocidas que he leído y escuchado, la que encabeza este articulo, es la que en realidad más me ha costado para explicar la verdad que encierra y asimismo para aceptar francamente su aplicación. De siempre la he comprendido como una clara alusión a un tipo de relación sadomasoquista, que si bien es cierto que en términos generales se admite su existencia en el plano sexual, en otro tipo de relaciones humanas no fácilmente es entendida como válida. Algo que ha logrado captar mi atención, es que en cualquier tipo de relación, ya sea familiar, amorosa o política, existe por lo regular una desigualdad en la correspondencia de los afectos y/o en la reciprocidad de los tratos. De manera regular hay cierta inequidad; una de las partes involucradas en una relación, no queda del todo satisfecha con ella y a sabiendas de que la califican para sus adentros como injusta, el más perjudicado, no hace mucho para darla por terminada o por lo menos hacer el intento de luchar para dignificarla y rescatar su respeto. Más extraño aún, me parece observar que en algunas personas el afecto, la admiración y el respeto, se prodiga de forma más generosa a quien más mal los trata. Quiero creer que tal vez el miedo disfrazado de necesidad, el masoquismo que se oculta tras una personalidad en apariencia normal, la dependencia sicológica, afectiva o económica sean la base principal de la permanencia y el fomento de esta forma de relacionarse con los demás. Es muy común ver en cualquier estructura administrativa, la actitud asumida por ciertos individuos quienes tienen que pasar la prueba de fuego que encierra el servilismo, para requisitar el perfil de adulador, y poder de esta manera consolidar la aspiración de obtener una deferencia de su jefe o líder, la cual lo lleve a un mejor nivel de confianza y afecto por parte de su superior, para que éste le abra en consecuencia nuevas puertas y alcanzar un mejor status. Ocurre esto en todas las esferas, pero es más común verlo en la política, en ella se ve con frecuencia como estas personas sacrifican ideas propias y, dignidad en aras de escalar. Por otro lado, para nadie pasa desapercibido el hecho de que el hijo rebelde o grosero, o que menos respeta las reglas y costumbres domésticas o sociales, es el que más cuidados y atenciones merece de los padres, y es por esa sola razón, el objeto mayor de todas sus consideraciones y tolerancias. Conozco igualmente múltiples ejemplos de políticos a quienes premian por su indisciplina, rebeldía y altanería, y son los que utilizan como mandamiento personal la sentencia popular de que “cochi que no chilla, no mama”. Misma que ha funcionado y seguirá funcionando mientras no tengamos una consciencia social más madura. Los prudentes por- lo regular son mayoría-, temen a estas rabietas de inmaduros y dejan que la sociedad o los padres en lo particular premien sus conductas con sobreprotecciones y cedan a sus berrinches, retroalimentando con nuestra indiferencia su actitud, misma que al ser rentable, será refrendada en todos los actos futuros.

No es propio de una sociedad madura seguir tolerando este tipo de relaciones que lastiman la dignidad. Pero pese a lo difícil de creer, es bien cierto que existen individuos que propician y respaldan la amplia aplicación de la frase con que se titula el presente artículo. Sin el ánimo de despertar una polémica entre el género femenino, quiero decirles que me ha tocado conocer parejas en las que los golpes y los malos tratos son los signos que los identifican ante sus vecinos y familiares, mismos que Trata-Mal2tratan de explicarse inútilmente la razón de la permanencia en esa relación a todas luces irregular y que en ocasiones alguno de los testigos presenciales, ha querido ser el mediador o conciliador de la situación violenta con el más pobre de los resultados. Cuán difícil ha de ser para los seguidores de Abraham Maslow, quien definió la jerarquía de las necesidades humanas mediante la pirámide motivacional, el tratar de explicar el por qué ciertos individuos en el camino del desarrollo humano y de la madurez mental, se estancan en la base de dicha pirámide, contrariando así su legítima y natural aspiración de respetarse y ser feliz.

De igual forma lo ha de ser también para los psicólogos humanistas que lidera Carl Rogers, el entender la conducta de estos individuos, pues son los especialistas de esta corriente psicológica quienes esgrimen con firmeza el axioma central que dice entre otras cosas que “todo ser humano, por el solo hecho de serlo, es digno del respeto incondicional de los demás y de sí mismo”. Recuerdo bien que en las charlas de sobremesa que se daban en la casa de mi madre, en las que participaban todos los miembros de mi familia, misma que dicho sea de paso estaba conformada por 10 hombres y 8 mujeres, todas ellas sin excepción, defensoras de la equidad de género y de recio carácter, en ocasiones se tocaba el tema de la violencia doméstica, mismo que en términos generales dividía opiniones y generaba gran polémica en cuanto su origen, rara aceptación, los daños inherentes a la familia y a la sociedad entre otras aristas que propiciaba el tema.

Trata-Mal3Cabe mencionar que como fuente inspiradora de estas charlas domésticas, era el hecho de que conocimos varias parejas en calidad de vecinos, ejemplos de que este tipo de relaciones existen y que estos maltratos físicos y psicológicos eran los elementos que construían “los afectos” y daban solidez a estas relaciones. En estas reuniones, no faltaba el imprudente entre mis hermanos, que decía para provocar la ira de las mujeres presentes, que a más de alguna de esas esposas “les gustaba” que las golpeara el marido, que eso era obvio, pues no aceptaban de momento ni ayudas o intervenciones solidarias; ni tampoco al día siguiente, daban las más mínimas señales de querer terminar con la relación perniciosa, por más consejos que mis hermanas con espíritu quijotesco les regalaran, sino todo lo contrario. “Los golpes ingren”, dicen en el rancho. Frase que textualmente, en dichas ocasiones, repetía el más machista y bromista de mis hermanos para exaltar la ira de mis hermanas. Baja estima, masoquismo, sadismo, machismo, abuso, ignorancia, dependencia económica, afectiva, y otras cosas más saltaban a la mesa del análisis familiar para tratar de explicar conductas y sancionar lo injustificable. Ninguno de esos conceptos sirvió para dar a entender plenamente los motivos y las bases de tan raras relaciones.

Quiero terminar diciendo que una baja estima siempre termina dañando a quien la posee, misma que le limitará en todo momento su desarrollo y potencial; pero también es cierto que un ego exaltado dañará a quienes le rodean y afectará a la sociedad en que vive. Ni una, ni otra condición nos sirve para ser feliz y hacer feliz a los que queremos. Volvamos a recordar a los filósofos clásicos que siempre han aconsejado “el justo medio” para regir todas nuestras conductas y acciones, y traigamos a la memoria una vez más, la sentencia de B. Russell que dice: “para que una relación pueda considerarse como muy buena, tiene que satisfacer plenamente a las partes involucradas en la misma”. Recordar que aplica a todo tipo de relación humana.

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