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Salvador Díaz Mirón, ¿Ángel Caído?

Por domingo 7 de julio de 2013 Un comentario

Por Faustino López Osuna*

Salvador-DiazEn una ocasión, al preguntarle a Amado Nervo en una entrevista en Montevideo quiénes eran, según él, los más grandes poetas hispanoamericanos en ese momento, el vate nayarita contestó sin modestia alguna: “Somos tres; Rubén Darío, Salvador Díaz Mirón y yo. Cada uno con un enorme defecto: Darío es el más grande alcohólico que han tenido las musas. Díaz Mirón, el más grande asesino. Y yo, el más grande ladrón.” Nervo trabajaba en el Servicio Exterior Mexicano y nunca se supo de su afición por lo ajeno. Pero dijo la pura verdad sobre los otros dos genios de la poesía.

Salvador Díaz Mirón nació en el puerto de Veracruz, el 14 de diciembre de 1853 y murió, también en Veracruz, el 12 de junio de 1928, hace 85 años. Sus padres fueron don Salvador Díaz Mirón y doña Eufemia Ibáñez. Lo más seguro es que tomó el homónimo de su padre, debido a que fue bautizado como Salvador Antonio Edmundo Espiridión y Francisco de Paula Díaz Ibáñez.

Díaz Mirón realizó estudios de manera irregular en Xalapa. En 1865 entró al Seminario, donde permaneció más de un año. A los 14 años se inició en el periodismo. En 1872 su padre, periodista y político, que fue gobernador de Veracruz, lo envió a Estados Unidos, para alejarlo de sus “malas amistades”. Hizo progresos. Regresó hablando inglés y francés y con nociones de latín y griego.

De carácter irascible, temperamental y sumamente violento, tal vez siguiendo los pasos de su progenitor, Salvador Díaz Mirón incursionó en la política, sólo que de manera por demás lamentable. Pero donde se consagra y alcanza la gloria como uno de los más grandes poetas de habla hispana, es en la poesía. Su obra poética se divide en tres etapas: la primera, de 1874 a 1892, la segunda de 1893 a 1901 y la tercera de 1902 a 1928.

Una tenaz sombra tan inmensa como su numen, lo acompañará de por vida. Nadie creería que el autor de versos de hermosa perfección, como “Hay plumajes que cruzan el pantano/ y no se manchan: mi plumaje es de esos”, a los 25 años de edad, en una balacera, sufrió una herida en la clavícula que le inutilizó el brazo izquierdo; situación que lo llenó de complejos y resentimientos. Influenciado de los ideales propugnados por la Revolución rusa, vaticina en Lex: “Sabedlo, soberanos y vasallos,/ próceres y mendigos:/ nadie tendrá derecho a lo superfluo/ mientras alguien carezca de lo estricto”. No obstante, en 1883 había ido a prisión por matar a un tendero, siendo absuelto alegando legítima defensa.

Díaz Mirón casó con Genoveva Acea Remond, con quien tuvo una hija, Rosa, que murió a los 15 años de edad. En su incursión política, en 1878 fue electo diputado en la legislatura de su Estado y en 1884 fue elegido diputado al Congreso de la Unión.

Precursor del Modernismo, por su obra de altísima factura, es elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Sin embargo, en 1895 Salvador Díaz Mirón pasó 5 años en prisión por haber matado a Federico Wólter. Nadie se explica este hecho de alguien que escribiera, exaltado del más limpio romanticismo: “Somos en este momento/ en que el amor nos consume/ dos flores de sentimiento,/ separadas por el viento/ y unidas por el perfume”. En 1901 publicó Lascas, su obra cumbre, y tuvo un gesto de solidaridad: donó sus quince mil pesos de regalías para equipar la Biblioteca del Colegio Preparatorio de Xalapa, donde había sido docente.

Perseguido por su sino sombrío, en su desafortunada incursión en las lides políticas, pese a haber elogiado a Porfirio Díaz en un poema a Miguel Hidalgo en evento por el primer centenario de la Independencia, en 1910 Díaz Mirón volvió a ser encarcelado 5 meses, ahora por atentar contra la vida de un diputado. Obtuvo su libertad al triunfar la Revolución precisamente contra Porfirio Díaz.

Salvador Díaz dirigió el primer periódico moderno de México, El Imparcial, pero, políticamente, su desempeño fue catastrófico. Primero se enemistó con Francisco I. Madero. Luego, a la muerte de éste, elogió a Victoriano Huerta, siendo deportado a Cuba por el gobierno constitucionalista. Allá, ejerció el magisterio, registrando la historia que, casualmente, tuvo como alumno a Alejo Carpentier.

Agobiado por las enfermedades de la vejez, pidió regresar a morir a Veracruz, retirado absolutamente de la vida pública, autorizando su retorno, por ser una gloria nacional, Venustiano Carranza. Cuando los personeros que intercedieron en su favor con Carranza, le pidieron que le escribiera un poema de agradecimiento, no tuvieron que ir lejos para recibir su respuesta a su modo, ríspida: “¿Doblegar mi frente altiva/ ante torpes soberanos?/ ¡Yo no acepto a los tiranos/ ni aquí abajo ni allá arriba!”

Salvador Díaz Mirón, a quien me recomendó su lectura en Bachillerato en el Instituto Politécnico Nacional el profesor Isidoro Enríquez Calleja y a quien debo el dominio del verso, siempre anduvo, como ángel caído, con su propia sombra a cuestas, en lucha permanente. Y con ella descansa en la Rotonda de las Personas Ilustres de México.

*Economista y compositor.

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Un Comentario

  • Josè Luis Aguirre dice:

    Querido Faustino:

    Felicidades por lo del vate veracruzano Salvador Diaz Miron, explendido hombre de contrastes, lo mismo maton, perseguidor del bandido Santanon, que tierno poeta de Paquito y vehemente de gloria, el primero «yo soy Paquito…», el segundo «Tu como paloma para el nido, yo como leon para el combate….»

    Un abrazo por la buena investigaciòn literaria que documentaste.

    Jose Luis Aguirre

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